De amor y de casualidad

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Libros
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A la hora de leer

22 abril 2013
 
 
En general, los mismos niños marcan el camino hacia las historias que más les interesan. Los cuentos tradicionales son bellos y hasta han sido tema de sendos libros -desde el clásico de Bruno Bettelheim hasta el maravilloso Mujeres que corren con los lobos, que hace un análisis de los cuentos populares desde la psicología jünguiana, escrito por Pinkola Estés-, y en sus historias vemos arquetipos sociales que ayudarán a los niños a diferenciar lo bueno de lo malo. Por eso en los cuentos populares los buenos son buenísimos y los malos, malísimos.
 
Claro que tienen cuestiones que pueden no gustarnos, en mi caso, me molesta el sexismo de algunos cuentos tradicionales. Pero también lo veo como una gran oportunidad para explicar cómo las sociedades han cambiado y por qué hoy en día el rol de la mujer es distinto.
 
Es cierto que hoy por hoy hay una gran diversificación del material editorial para niños. Personalmente, me gustan los libros bellos, con historias que abran el juego de la imaginación. Pero también historias que le muestren al niño mundos distintos al propio, como manera de abordar la cuestión de la otredad y el extrañamiento que nos producen las diferencias culturales.
 
La nota completa, en el Número 1 de Mots Revista Digital. Podés leerla acá.
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Lecturas

Lecturas

14 enero 2013
Ayer, después de dos años de sostener una intensa relación de amor/odio, pude terminar con "Crónica del pájaro que da cuerda al mundo" de Murakami. Obvio que en el medio leí otras cosas. Lo dejé muchas veces convencida de que ya era suficiente, sin pensar en retomarlo (hay una parte MUY TEDIOSA!). Hace un par de semanas Lucía, en una charla sobre libros, me dijo "no me acuerdo de qué trata, pero sé que me gustó leerlo". Yo naturalmente aún recuerdo de qué trata (probablemente lo olvide en los próximos meses) pero puedo decir que fue una buena experiencia leerlo, sobre todo la segunda parte, que disfruté un montón. 
No sé si lo conté acá, pero ese libro tiene una narración que considero increíble y es la historia del Teniente Mamiya, un tipo que vio cómo desollaban vivo a otro. Si bien me sentí mal durante una semana, tengo que decir que la forma en la cual se narra el suceso es deslumbrante. Creo que es una de los mejores fragmentos narrativos que he leído en mi vida. 
Lo que me jodió de la novela esta (y no es algo que aparezca en sus otras novelas) es la permanente alusión a "lo otro", "lo siniestro", "ellos", sin ponerles nunca un nombre (pueden ser aliens o "gente mala que vive en otra realidad" o "gente de los sueños" o zombies o lo que quieras). Digo, es una apuesta inteligente como narrador, pero hincha un poco que sea reiterativo. Fue un libro árduo de terminar. Y ojo, que soy muy partidaria de dejar los libros abandonados si me aburren, pero este ejercía sobre mi un extraño poder, del tipo "tengo que terminarlo".
Hace unas semanas, pedí recomendaciones de libros porque recibí algo de dinero en navidad, estos fueron algunos de los libros que  se mencionaron:

La historia del amor (Nicole Krauss)
La voz dormida (Dulce Chacón)
El lápiz del carpintero (Manuel Rivas)
Los galgos (Sara Gallardo)
El libro del hambre (Nothomb)

Cuando fui a la librería no conseguí ninguno, así que aposté a lo que sé que me gusta y compré uno de Paul Auster y otro de Siri Hustvedt. Tengo también "Mujeres tenían que ser" de Pigna. Por ahora, esas serán mis lecturas de verano. 
Me causa un enorme placer dormir a mis niños a las 10:30pm y tirarme en la cama a leer hasta tarde. Estoy disfrutando mucho de esa actividad de "vacaciones". 
Creo que esta noche empiezo el de Paul Auster.
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Memorias de una joven formal (20/365)

10 octubre 2010
Memorias de una joven formal (20/365)


"Siempre me había debatido contra la opresión del lenguaje; ahora me repetía la frase de Barrès: '¿Por qué las palabras, esa precisión brutal que maltrata nuestras complicaciones?'. En cuanto abría la boca, les daba donde asirse, y me encerraba de nuevo en ese mundo del que había tardado años en evadirme, donde cada cosa tiene sin equívoco su nombre, su lugar, su función, donde el odio y el amor, el mal y el bien son tan identificables como el negro y el blanco, donde de antemano todo está fichado, catalogado, conocido, comprendido e irremediablemente juzgado, ese mundo de aristas cortantes, bañado de una implacable luz, que la sombra de una duda no roza jamás."

Simone de Beauvoir, "Memorias de una joven formal", Sudamericana, Barcelona, 1998. Pág 198

De uno de mis libros preferidos. Lo llevé para sacarme la foto porque es parte de mi, de las cosas que disfruto y terminé leyéndolo nuevamente y saltando de una página a otra. Y encontré esas palabras. El irremediable camino de intentar entendernos por medio del lenguaje ¿podremos?

(la foto forma parte de mi proyecto 365 de autorretratos)
(y no, no leo así...me despatarro bastante jajajajaja!)
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Fragmentos de mi vida diaria

Fragmentos de mi vida diaria

10 septiembre 2010
¡Qué día feo! Llueve y estoy con un terrible ataque de alergia: me lloran los ojos, me chorrea agua de la nariz (ah, perdón por ser tan escatológica!) y estoy sin ganas de nada. Por suerte dormimos una linda siesta de dos horas. Me levanté boleada y me puse a cocinar una torta de limón. La comimos, tomé mate y ahora siento que el día me pesa, solo pienso en todas las horas que faltan para poder descansar un rato. Guille está rayando todos sus juguetes con las fibras, bueno, no solo los juguetes...también ligó el perro. Aprendió a decir "agaña" (araña) y señala insectos inexistentes por toda la casa. 

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Estoy haciendo el e-course de Decor 8: Blogging your way, por eso estuve alejada del blog. Me encanta, ojalá pueda hacer de este espacio un blog tan lindo como los que muestran algunos de mis compañeros :-) La verdad es que cuando empecé el blog nunca pensé que era una actividad que iba a gustarme tanto y me costó mucho asumirme como "blogger" ¿y saben qué? si hoy tuviera que escribir mi actividad en un cuadradito de formulario pondría: docente y blogger. 
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También estoy con dos proyectos escolares que vamos a presentar con mis alumnos el 2 de octubre para la Fiesta de la Identidad. Es la fiesta anual de la escuela en donde trabajo, este año cumple 20 años. Con los chicos de primer año hicimos libros artesanales, cosidos a mano y encuadernados por ellos mismos, para completarlos hicieron adaptaciones de los Cuentos de la Selva de Quiroga en forma de historieta. Con las adaptaciones estamos algo atrasados, recién vamos por los guiones (la sorpresa que me llevé cuando por fin entendieron cómo se hacía un guión! están quedando espectaculares...perdonen que me queje, pero enseñarles a estructurar un guión de historieta me costó sangre, sudor y lágrimas). Bueno, cuando terminen los guiones, hacemos los bocetos de la historieta y de ahí ya pasa al librito artesanal :-)
Y con los de segundo año estamos haciendo animaciones en stop-motion con historias generadas por ellos mismos. Se engancharon mucho y espero que podamos llegar a presentar los videos para el 2 de octubre. Lo más difícil de la docencia es luchar con la falta de motivación (la ajena y la propia) y uno ve lo fácil que es enseñar cuando los chicos disfrutan de lo que están haciendo. Como sea, prometo mostrarles todo cuando esté terminado. 
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Marido parece haber ahuyentado por fin su crisis empezando a estudiar fotografía. Vamos al mismo lugar, él de 16 a 18 y yo de 18 a 20. Está bueno porque nos intercambiamos a Guille en la puerta :-) Me dice la profe "¿Y se va así sin nada, sin llorar porque vos te quedás?", le digo "Obvio! Si se va con el padre!", profe "Yo nunca vi una criatura que se separe de la madre así sin llorar ¿Cómo hicieron?", yo "Le dimos todo el amor que necesitó". Ahora pienso que sonó como muy romántico o como frase hecha, a veces le das mucho amor y los pibes lloran igual...andá a saber cómo fue que lo logramos, ¿no? La verdad es que es algo que yo también me pregunto. Lo cierto es que no parece resignada cuando se va con el padre saludándome con su "cáuf mamá!". Supongo que le gusta estar con el padre o que es una conjunción de muchas cosas ;-)
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Resulta que falta poco para que llegue la primavera -después de tanto sufrir el odioso invierno- y yo veo los catálogos de Etsy o los muros de Pinterest y me dan unas ganas locas de que venga el otoño, jajaja! ¡Qué loca! 
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(ahí está mi hija levantando el faldón del sofá y gritando agnaña!! jaja, y lo más probable es que sea cierto!)
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Estoy leyendo La elegancia del erizo y me parece ex-tra-or-di-na-rio. Muy recomendable.
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¿En qué andan ustedes?
¡Buen fin de semana para todos!
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"Ahora te toca correr"

22 agosto 2010
blog


Después de dos semanas leyendo en forma maratónica, entrando en trance muchas veces, llorándome la vida, el miércoles pasado terminé de leer Mujeres que corren con los lobos. No puedo decir mucho, es un libro que se resiste a un análisis determinado. Sí tengo que decir que cambió mi vida, o al menos la percepción de mi vida como la conocí hasta ahora.
Pensaba, mientras lo leía, que había algo en mí que tarde o temprano me iba a arrojar a leerlo. Algo que me iba a hacer parte de la estirpe. Sin ese algo nunca hubiera llegado a él. Sin ese algo todas esas preguntas y respuestas sobre mi lactancia frustrada, mi cesárea, mi infancia, mis padres, no hubieran existido. Eso, que no hubiese podido hacerme ninguna de esas preguntas si no hubiera estado destinada a formar parte de la manada, del gran clan de la cicatriz.
Pero ese algo lo tenemos todas. El tema está en si queremos pasarnos la vida justificándonos o si tenemos ganas de mirarnos de frente y por detrás y de costado! Y llorarnos las angustias y perdonarnos al tiempo que empezamos a perdonar a los otros por lo que no nos dieron. ¿Queremos crecer o es más fácil que papá/marido/doctor/familia nos digan qué tenemos que hacer? Qué otra cosa más que la comodidad justifica ese sometimiento. Y no se trata de feminismo o no. Se trata más bien de seguir a nuestro verdadero yo interno, al alma. La lectura de este libro fue un viaje intenso del que salí muy movilizada. No podía creer que lo había terminado y que tenía tantas cosas por afrontar. Porque en un sentido, esa lectura es un comienzo. Leí hasta los agradecimientos intentando conservar la ilusión de que no lo había terminado. Ayer, empecé a releer las partes que fui marcando con lápiz y al final leía todo el fragmento. Es un libro poderoso. Y, como bien dijo el hombre araña (ja-ja): "grandes poderes implican grandes responsabilidades". En ese sentido creo que es crucial preguntarme qué hago ahora con esto, hacia dónde lo arrojo, cómo lo uso para transformar-me.
Creo que se viene una época muy larga de ir ajustando pequeñas cosas, ir dejando atrás otras, marcar aquellos lugares de mi vida en donde algo murió y otra cosa nació, buscarle el sentido último a todo lo que sucedió, tender sobre mi cabeza el gran manto de momentos duros y volver al camino habiendo perdonado aunque sea un porcentaje de cada uno de mis errores y de los errores de los otros. Y claro que este viaje también va a atravesar el blog. Porque es imposible que permanezca al margen y porque es algo que quiero escribir y este espacio me motiva a hacerlo.
Nunca podré insistir demasiado en que lo lean. Nunca. Lo que puedan, lo que lleguen a leer, lo que aguanten. Hay momentos en la vida en donde tal vez no nos llame la atención o nos genere rechazo (como le pasó a Carolina), habrá momentos en donde sólo podamos con fragmentos o con breves párrafos, no importa: volvamos, intentemos, sigamos adelante. Es una lectura dolorosa, pero necesaria.
Mi insistencia para mi vida será de ahora en más la misma que la de su autora. Me repito como un mantra:

"Sal al bosque, sal enseguida. Si no sales al bosque, jamás ocurrirá nada y tu vida no empezará jamás"

En: Clarissa Pinkola Estés, Mujeres que corren con los lobos, Zeta, Barcelona, 2009.
(esta edición la conseguí en Cúspide el año pasado a $35, se sigue consiguiendo en Yenny o El Ateneo, no sé a cuánto)

*el título de la entrada se refiere a una breves palabras que escribió Ale Galván en mi FB cuando le agradecí por recomendarme el libro. Y yo no puedo estar más de acuerdo...ahora, me toca correr.
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Otra semana empieza

09 agosto 2010
De entre casa


Foto para Photographic Project

Tengo Fan Page es Facebook. No es para que me idolatren, no (jajaja) es porque acepté a mis alumnos en mi FB personal y como que me siento un poco incómoda compartiendo todas las entradas con ellos. Así que ahí puedo poner los links a las fotos de flickr, los artículos del blog y los links de otros blogs que leo y me encanta compartir.
Los espero por allá :) Pueden unirse -> aquí. (apretando en el "aquí"...para las que no lo encontraban! jaja)

Yo sigo leyendo Mujeres que corren con los lobos, me van a tener en estado de shock un buen tiempo ;-)
¿Ustedes en qué andan?
Que tengan una hermosa semana.
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Laura Gutman no es el "cuco"

Laura Gutman no es el "cuco"

22 junio 2010
Hace algún tiempo leí en un blog a una mamá reciente que decía algo así como "por suerte no leí a Laura Gutman", me dio gracia porque cuando lo leí sentí que esa mamá creía que Gutman era algo así como un "cuco", un personaje de libro que se atrevía a proponer cómo criar a nuestros hijos. También pensé que en realidad era una lástima que no la hubiera leído...porque tal vez hubiera tenido mejores herramientas para atravesar ese momento duro por el cual estaba pasando.
Yo llegué a Laura Gutman de pura casualidad, lo compré un día pensando que era un libro de autoayuda (detesto los libros de autoayuda, pero en ese momento estaba tan mal que necesitaba uno) y me llevé tamaña sorpresa. Hoy, después de haber leído todos sus libros, ya he tomado distancia. Con esto quiero decir que he llegado a un punto en el cual puedo criticar algunas cosas de su pensamiento. Pero eso no la hace perder el valor que tuvo para mí. Destaco para mí, porque lo que le sirve a una puede no servirle a otra. Pero de algo estoy segura: Laura Gutman no es un "cuco", no hay que tenerle miedo. Te puede gustar o no, lo podés necesitar o no. Hay mamás que están muy conectadas a sus bebés y no necesitan ningún libro. Yo lo necesité...estaba muy desconectada de esa bebé que era Guille. La amaba, era super feliz, pero en algún lugar el vínculo estaba dañado. Después de leer "La maternidad y el encuentro con la propia sombra" desandé caminos, revisé legados, revisé mi historia y pude encontrar ese lugar que no le había dado a mi hija, ocupada como estaba en llorar mi propio desamparo. No es un camino fácil. Pero es el que nos tocó transitar. Tengo mucho que agradecerle a Laura Gutman y otro tanto que agradecerme a mi y a mi hija.
Aquí un video hermosísimo en el cual Laura Gutman habla de algunas de las ideas sobre las cuales trabaja en sus libros. Habla de la fusión emocional con el bebé, de la necesidad de contacto físico de los niños y de la importancia de que los adultos seamos conscientes de nuestras emociones y demos lugar a las emociones de nuestros chicos. Nuestros hijos no son seres a quienes disputarles algo (el tiempo, mirada, cobijo que no recibimos nosotros mismos), sino personas que deben ser criadas con respeto y amor genuino. Mírenlo, es un video hermoso ;-)



Gracias a varios de mis contactos que lo publicaron en el FB, esta vez se lo robé a Ale Elena de Liga :)
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Lecturas que sirven ;-)

Lecturas que sirven ;-)

18 mayo 2010
sem



mayo 612


Estos son algunos de los libros que he leído sobre parto respetado. Mi preferido es Parir en libertad de Raquel Schallman, se los recomiendo muchísimo a todas/os los que estén interesados en los aspectos fisiológicos y emocionales del parto y la atención del parto (tanto en el hogar como en institución). Como algunos saben, tuve la oportunidad de conocer a Raquel en un seminario del cual participé la semana pasada y en donde me ocurrieron cosas que aún estoy procesando. Ya contaré algunas.
Cuando nos despedimos, Raquel me dijo: "Tenés que aprender a confiar más en vos". Una persona muy intuitiva y generosa. Bueno, ¿ven los libros de la foto? Aunque me llegaron tarde (es decir, luego del nacimiento de mi hija), me ayudan a tener la confianza que necesito. Porque la información fidedigna es central para poder evadir la rutina institucional en la atención al parto. Entonces, el primer paso hacia un parto respetado lo tenemos que dar nosotras, las mujeres. Informándonos para decidir.
Mañana, una lista completa de diferentes recursos acerca de este tema que podemos encontrar en la web ;-)

Aquí, la agenda de actividades para la Semana Mundial del Parto Repetado 2010.

¿Y ustedes qué libros recomiendan?¿Los leyeron antes o después del parto?¿Les ayudaron o no a definir su búsqueda?¿Leyeron alguno de los de la foto?¿Les gustaron?
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Nuestro Mundo

Nuestro Mundo

14 abril 2010
Y acá está mi libro, en formato digital sí...pero igual de valioso para mí. Yo era una nena super tranquila, me pasaba horas (HORAS!!!) mirando libros. Y estas páginas eran mis favoritas :) Me maravillaba observar las nubes e intentar ser un "buen meteorólogo". La vida en el faro era sosprendente, un flash....ahhhh, soñaba con ser el dibujito ese del hombre al que se le caen los platos...jaja. Y la URSS!! A mediados de los '80 y con el muro aún vigente, la (ex)Unión Soviética tenía la culpa de "todos los males del mundo", un mundo que empezaba a cambiar vertiginosamente para mí. Miraba y miraba el "mamut" y me llamaba mucho la atención porque una compañera de la primaria se llamaba "Mamut" de apellido y yo no entendía cómo podía ser!!! Y lo de los cables que están por cortarse!!! jajaja...me encanta :) Les cuento que yo creo que mi hermana mayor terminó siendo geógrafa por este libro ;-)

nuestro mundo subir tapa


La vida en el faro (fíjense el detalle: "literas curvas para adaptarse a las paredes redondas" jajajaja :p)

faro


El mamut en territorio ruso

mamut


Cumulunimbus :)

nubes


Los cables que están por cortarse!!!
cables


Gracias Alejandra: lo estoy disfrutando un montón!!! Y gracias por el relato tan lindo que escribiste con respecto a esta casualidad :)
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Entre la casualidad y el destino, mi libro ♥

Entre la casualidad y el destino, mi libro ♥

02 abril 2010
En estos días me pasó algo muy increíble con internet. Y quiero contarlo porque, al finde cuentas, es una historia linda. Hace un par de días -exactamente el miércoles- David sacó un libro de su infancia. Me contó que era su libro preferido de cuando era chico y que pensaba dárselo a Guille. Me preguntó qué pensaba y le dije que sí, que se lo diera y que entre los dos íbamos a intentar cuidar que no lo rompiera. Y le conté que yo también tenía un libro preferido, que se llamaba "Nuestro mundo". El libro ya no está en mis manos porque mi mamá -en uno de esos ataques de "ordeno"- lo donó a una asociación de ayuda a los pobres. El error/problema/tragedia es que lo donó sin preguntarme ni avisarme. Cuando me di cuenta de que el libro no estaba casi me da un infarto. Recuerdo que lloré MUCHO, pero mucho tiempo. Habré tenido 11 o 12 años. Yo me sabía ese libro de memoria, me conocía sus mapas, los textos. De grande lo busqué por todos lados, siempre que iba a librerías de usado lo buscaba, nunca lo olvidé. Así de marcado me había quedado.
Bueno, la cosa es que ayer jueves, me voy a leer el blog de Ale. Ella es venezolana y nos conocimos en Flickr haciendo el taller de Jackie. Y casi me muero cuando vi la foto de MI LIBRO FAVORITO. Es que también fue uno de los preferidos de su infancia. Con David no lo podíamos creer :) Obvio que ahora la pobre Ale tiene tarea ...jaja ;-)
Sentí una emoción tan grande! Y no puedo aún creer en la casualidad. Y en la fuerza del deseo. Hicieron falta años de desear volver a encontrarlo. Pero nunca dejé de pensar en eso, nunca lo olvidé. Y creo que más allá de la casualidad hay algo que rige nuestras vidas y hace que nos reunamos. Yo creo en que eso es importante (ay, qué tremenda ilusa, pensarán!), nunca dejar de desear. Es más ¿no habré ingresado en el mundo fotográfico solo para conocer a Alejandra y reencontrarme con el libro? (miedito, jaja!)
Yo sé, en el fondo, que es algo material, pero para mí es más que eso. Es el territorio de mi infancia. Sus páginas guardan también sensaciones, momentos compartidos, aromas. Y siento que la distancia entre lo vivido y el presente se acorta.
Solo tengo cosas de cuando empecé a guadármelas por mi misma. Mi mamá no guardó NADA, pero cuando digo NADA es NADA (solo algunas fotos y obvio los documentos y eso). En el otro extremo está mi marido. Hijo único del cual fueron guardadas absolutamente TODAS las cosas. Y cuando digo TODO, es TODO. Tienen una habitación entera destinada a guardar las cosas de David: desde el moisés hasta el pañuelo en el cual se sonó la nariz por primera vez (hahaha!). No estoy de acuerdo en guardar así, compulsivamente. Creo que las cosas -en la medida de lo posible- deben circular. Para que puedan aprovecharlas otras personas. Sí creo que hay que guardar algunos objetos sentimentales. A mi con ese solo libro me hubiera bastado. Cuando me enteré de que lo habían donado sin preguntarme, sentí lo mismo que cuando Yango pintó La mancha de humedad :(

¿Y ustedes?¿Son de guardar cosas?¿Mucho o poco?¿Qué piensan guardar de sus hijos? Yo tengo guardada la ropita con la que Guille salió del sanatorio y algunas mediecitas. Lo otro ya lo puse entre la ropa que usará el segund@. A mí me gusta guardar. Guardo más de lo que debería, me cuesta deshacerme de las cosas. Y creo que tiene que ver con que mi mamá no haya guardado nada de mis primeros años.

Acá me quedo, pensando en cómo la vida nos agrupa y nos desagrupa según nuestras necesidades :)
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Mis 6 favoritos

Mis 6 favoritos

18 marzo 2010
yo y mis libros


Ale, de Cuatro en la cama (uno de mis blogs favoritos!), me pide que cuente seis cosas sobre mí. Pensé mucho y estoy en una etapa muy introspectiva, y aparte ya saben muchas cosas sobre mí! Así que lo adapté y como yo soy también "mis libros", decidí compartir con ustedes seis de mis fragmentos preferidos (en realidad son 7, porque uno no lo puedo separar). Esto es lo que elijo hoy...a algunos los elegiría siempre, a otros probablemente los cambiaría. Sin duda, me cambiaron la vida. Y les explico un poco por qué.

1) A los 16 años leí Rayuela, de Julio Cortázar y me marcó tanto que terminé estudiando Letras. Soñaba con vivir en Montmartre y caminar tras los pasos de Horacio y La Maga. Después de más de 6 años de espera, llegó la tan ansiada clase de Literatura Argentina II en donde abordaríamos el libro. Un fiasco, el profe no amaba a Rayuela tanto como yo. Desde ese día asumí que era un libro de juventud y lo confirmo cuando encuentro gente de mi edad que intentó leerlo y no le gustó (claro que habrá otros a los que sí, hablo de la gente que yo conozco). Una gran historia de amor. Cortázar era algo pretencioso y presumido. Tal vez sea eso lo que disguste. Mi libro está marcado por todos lados, algunas partes me las sé de memoria, mi fragmento preferido es -lejos- este:

"Por lo demás hay que ser imbécil, hay que ser poeta, hay que estar en la luna de Valencia para perder mas de cinco minutos con estas nostalgias perfectamente liquidables a corto plazo. Cada reunión de gerentes internacionales, de hombres-de-ciencia, cada nuevo satélite artificial, hormona o reactor atómico aplastan un poco mas estas falaces esperanzas. E1 reino será de material plástico, es un hecho. Y no que el mundo haya de convertirse en una pesadilla orwelliana o huxleyana; será mucho peor, sera un mundo delicioso, a la medida de sus habitantes, sin ningún mosquito, sin ningún analfabeto, con gallinas de enorme tamaño y probablemente dieciocho patas, exquisitas todas ellas, con cuartos de baño telecomandados, agua de distintos colores según el día de la semana, una delicada atención del servicio nacional de higiene, con televisión en cada cuarto, por ejemplo grandes paisajes tropicales pare los habitantes del Reijavik, vistas de igloos pare los de La Habana, compensaciones sutiles que conformaran sodas las rebeldías, etcétera.



Es decir un mundo satisfactorio para gentes razonables.



¿Y quedará en él alguien, uno solo, que no sea razonable?



En algún rincón, un vestigio del reino olvidado. En alguna muerte violenta, el castigo por haberse acordado del reino. En alguna risa, en alguna lágrima, la sobrevivencia del reino. En el fondo no parece que el hombre acabe por matar al hombre. Se le va a escapar, le va a agarrar el timón de la maquina electrónica, del cohete sideral, le va a hacer una zancadilla y después que le echen un galgo. Se puede matar todo menos la nostalgia del reino, la llevamos en el color de los ojos, en cada amor, en cada lágrima, en todo lo que profundamente atormenta y desata y engaña. Wishful thinking, quizá; pero esa es otra definición posible del bípedo implume".



Julio Cortázar, Rayuela, Colección Archivos, España, 1991.

2) Antes de terminar el secundario llegó hasta mí Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano. Y hasta el día de hoy pienso que debería ser una lectura obligatoria en todas las escuelas secundarias. La historia de América Latina sigue sangrando y merece ser contada. No somos países en vías de desarrollo, sino que nuestra pobreza es la máquina que sostiene el desarrollo del primer mundo. La única forma de salir  es dejar de ser serviles al imperialismo. Sí, este libro me hizo comunista. Ahora me suavicé un poco (como dice la canción de Sabina: "Ese que "al capitán Goma Dos" con spray pintaba en la pared/ sufre de exceso de colesterol si fluctúan los tipos de interés/ Y tiene un adoquín, en su despacho, del muro de Berlín")
Dice Galeano:

"No asistimos en estas tierras a la infancia salvaje del capitalismo, sino a su cruenta decrepitud. El subdesarrollo no es una etapa del desarrollo. Es su consecuencia. El subdesarrollo de América Latina proviene del desarrollo ajeno y continúa alimentándolo. Impotente por su función de servidumbre internacional, moribundo desde que nació, el sistema tiene pies de barro. Se postula a sí mismo como destino y quisiera confundirse con la eternidad. Toda memoria es subversiva, porque es diferente, y también todo proyecto de futuro. Se obliga al zombi a comer sin sal: la sal, peligrosa, podría despertarlo. El sistema encuentra su paradigma en la inmutable sociedad de las hormigas. Por eso se lleva mal con la historia de los hombres, por lo mucho que cambia. Y porque en la historia de los hombres cada acto de destrucción encuentra su respuesta, tarde o temprano, en un acto de creación."



Eduardo Galeano, "Siete años después" en Las venas abiertas de América Latina, Siglo Veintiuno Editores, Buenos Aires, 1989.

3) En primer año de la facultad leí "La Ilíada". Lo que empezó como una obligación aburridísima se terminó convirtiendo en una aventura fascinante (¿o yo me convertí en una aburrida?). Allí, en una de las primeras obras "escritas" por alguien, está toda la literatura y late occidente. Late la humanidad. Porque todos sus temas son actuales e inherentes a la condición humana.
Hacia el final del libro, Príamo (padre de Héctor y Alejandro) se dirige al campamento de los griegos a solicitar le sea devuelto el cuerpo de su hijo. Aquiles lo recibe y le dice esto:

"Toma asiento en esta silla; y auqnue los dos estamos afligidos, dejemos reposar en el alma las penas, pues el triste llanto para nada aprovecha. Los dioses condenaron a los míseros mortales a vivir en la tristeza, y solo ellos están descuitados. En los umbrales del palacio de Zeus hay dos toneles de dones que el dios reparte: en el uno están los azares y en el otro las suertes. Aquél a quien Zeus se los da mezclados, unas veces topa con la desdicha y otras con la buena ventura; pero el que tan solo recibe azares, vive con afrenta, una gran hambre le persigue sobre la divina tierra, y va de un lado a otro sin ser honrado ni por los dioses ni por los hombres. [...] Súfrelo resignado [a la pérdida de héctor] y no dejes que se apodere de tu corazón un pesar continuo, pues nada conseguirás afligiéndote por tu hijo, ni lograrás que se levante; y quizá tengas que padecer nuevas desgracias"

Homero, "La Ilíada", Editores Mexicanos Unidos, México, 1993.

4) Los que me conocen saben que admiro (mucho mucho mucho) a la dupla Sarte/Simone de Beauvoir. No por la pareja que supieron mantener con reglas propias, tampoco por el feminismo de Simone. No, los admiro por su escritura impecable, por la literatura que nos legaron y por esas vidas intensas (como deben ser las vidas de los existencialistas!). De Simone elijo los tres tomos de su autobiografía y me declaro una fanática absoluta de su prosa y de su vida. Fue el prototipo de mujer que tuvo que romper con todo para cambiar algunas cosas, para que yo hoy pueda ponerme pantalones o salir sola a la calle. Eligió con responsabilidad y consecuencia. Y fue, además, una escritora increíble. Hace tiempo publiqué un texto que todos deberían leer, es el epílogo a su autobiografía y pueden leerlo completo acá. El último párrafo dice:

"Sin embargo detesto aniquilarme tanto como antes. Pienso con melancolía en todos los libros leídos; en los lugares visitados, en el saber que he acumulado y que no será más. Toda la música, toda la pintura, toda la cultura, tantos lugares: súbitamente ya nada. No es miel, nadie se lamentará con ella. Por lo menos, si me leen, el lector pensará ¡ella había visto cosas! Pero este conjunto, mi propia experiencia con su orden y sus azares—la Ópera de Pekín, la plaza de toros de Huelva, el candomblé de Bahía, las dunas de El Oued, la avenida Wabansia, las auroras de la Provenza, Tirinto, Fidel Castro hablando ante quinientos mil cubanos, un cielo de azufre por encima de un mar de nubes, el haya purpúrea, las noches blancas de Leningrado, las campanas de la liberación, una luna anaranjada sobre el Pireo, un sol rojo ascendiendo sobre el desierto, Torcello, Roma, todas esas cosas de las que he hablado, otras de las que no he dicho nada—en ninguna parte resucitará. Si por lo menos hubiera enriquecido la tierra; si hubiera engendrado... ¿qué? ¿una colina? ¿una espiga? Pero no. Nada tendrá lugar. Vuelvo a ver el seto de avellanos que el viento balanceaba y las promesas con que enloquecía mi corazón cuando contemplaba esa mina de oro a mis pies, toda una vida por delante. Las he cumplido. Sin embargo, al volver una mirada incrédula a esa crédula adolescente, mido con estupor hasta qué punto he sido estafada".



Beauvoir, Simone (de): La fuerza de las cosas, Losada, Buenos Aires, 1963.

¿Y Sartre? Su mítica frase:
"El infierno son los otros".
Jean Paul Sartre, A puerta cerrada, Losada, Buenos Aires, 2000.

El infierno es, en realidad, la mirada de los otros.

5) Borges, siempre Borges. Muchas veces he escuchado juicios de valor negativos con respecto a Borges. Por ejemplo, alguien que crucé alguna vez en un cumpleaños de una amiga, sostenía que leíamos a Borges por "snobs". Sí es cierto que forma parte del canon literario universitario. Yo aprendí a quererlo allí. También he escuchado que su lectura es "compleja" o "difícil". No estoy de acuerdo. Con ninguna de las dos cosas. Claro que hay textos de Borges más complejos que otros. Hay textos que le vienen muy bien a la crítica post-estructuralista para desmenuzarlos y concluir esto o aquello. Pero hay otros escritos que son simples y accesibles a cualquier lector. Yo creo que es el más grande de la lengua castellana. Definitivamente. Por su prosa espectacular y por su infinito trabajo con esa materia maleable que es la ficción. Y justamente Ficciones es mi libro preferido.

"Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones"

Jorge Luis Borges, El Sur en Ficciones, EMECE, Buenos Aires, 1996.

6) Camus y su famosa alegoría a la ocupación nazi en Francia: La peste. Lo leí hace un par de años, al principio me aburrió muchísimo. Pero lo retomé con paciencia y hacia la mitad fue toda una revelación (especialmente luego de haber leído toda la etapa de la ocupación nazi en la autobiografía de otros existencialistas). El final es estremecedor. Porque los fantasmas autoritarios nos rondan. Y no hablo de los que fabrica la tele, sino de los de verdad. NUNCA MÁS.

Dice Camus:

"Pero sabía que, sin embargo, esta crónica no puede ser el relato de la victoria definitiva. No puede ser más que el testimonio de lo que fue necesario hacer y que sin duda deberían seguir haciendo contra el terror y su arma infatigable, a pesar de sus desgarramientos personales, todos los hombres que, no pudiendo ser santos, se niegan a admitir las plagas y se esfuerzan, no obstante, en ser médicos.



Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa".

Albert Camus, La peste, Colección Millenium, España, 1999.

Se me hizo largo, no importa. Me gustan los post largos (los míos y los ajenos). La idea es contar seis cosas sobre uno. Yo elegí hacerlo así. Se puede hacer como uno quiera. ¿Quién se engancha y cuenta seis cosas sobre su persona? Vamos, levantando la mano. No se apuren, hay lugar para todos! ;-)

Especialmente, me gustaría escuchar a Nadia que hace poco estrenó blog. Y también quiero escuchar a Pao, a ver si recupera su blog que me gustaba tanto (la loca anti-leche de vaca! jaja). Y a Lau N, la suricata mendocina. Sé que ambas tienen mucho para decir ;-)
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"Viaje Bueno, Alicia"

"Viaje Bueno, Alicia"

13 marzo 2010
Seguramente no podré transmitirles la fascinación en la que me dejó inmersa durante dos días la última película de Tim Burton. Claro que era previsible: mezclar a Carroll con Burton nos destinaría una maravilla. Y así fue, y tal vez fue más que eso.
No voy a partir de ninguna comparación. No creo en esas absurdas reseñas acerca de si el libro es mejor/peor que la película. Asumo que son manifestaciones artísticas diferentes, que pueden "complementarse" pero no "competir". Más bien tengo ganas de contar lo que estas "formas" de una misma historia me hicieron sentir.
Leer Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas es fascinarse con el absurdo. Es caer por el largo túnel de tierra y dejarnos tentar por el juego que nos propone. Básicamente, no hay una historia. O sí, una historia delirante y a la vez fascinante. Nada tiene un sentido preciso en la historia de Alicia.
Es un libro delicioso. Y la película de Burton también lo es. Incluso ambas versiones se han convertido en mis favoritos, pero por razones distintas.
La forma en la que el cine reinventa/reinterpreta la historia de Alicia me conmovió. La manera en la cual Burton decide contar esa historia, pero no desde el absurdo sino desde la narración, la convierte sencillamente en una obra maestra. Y es, claramente, animarse a más.
Todo es poderoso en la Alicia de Burton. Desde la atmósfera oscura y gótica de los sueños hasta las referencias a la mitología grecolatina: porque wonderland is underground! Así, Alicia desciende a esa otra tierra en busca de su "muchosidad", de su "querer ser". Un viaje increíble que la devolverá a la superficie más sabia, más ella, más fuerte. Allí la acompañan los personajes ya anclados en la memoria de tantas generaciones: la reina de corazones, el sombrerero, el conejo del reloj. Una obra maestra desde todo punto de vista: técnico y narrativo. No es fácil salir del cine a encontrarse con la realidad, olvidar de a poco la sonrisa del gato y salir de wonderland.
Viaje bueno, Alicia. El viaje de crecer.

¡Gracias Burton!



* no la vería con niños menores de 6 años
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Cuando necesites cocinar ¡sacá los porotos!

Cuando necesites cocinar ¡sacá los porotos!

13 septiembre 2009
Hace un tiempo, mirando libros en Yenny, encontré uno que proponía juegos para bebés de 0 a 24 meses. Me pasé una media hora leyendo las actividades. Entre ellas estaba este juego que hacemos varias veces por semana con Guille. En ese momento solamente retuve el juego en la memoria y lo puse en práctica. Al ver el resultado, decidí comprar el libro: Juegos de estimulación para bebés de 0 a 24 meses, de María José Fernández Ferrari. Está bueno, me sirve mucho cuando ya no sé más qué hacer para entretenerla (sobre todo cuando hace mucho frío o llueve). Entre la bibliografía recomendada está el libro Bésame mucho de Carlos González, hecho que me gustó más todavía. Lo único que puedo criticar es lo que siempre me disgusta de este tipo de libros: está muy "seccionado", como que las actividades propuestas para un bebé de un año no son "correctas" para que las haga un bebé de 2. Mi espíritu subversivo no respeta estas normas.
Por otro lado, debo decir que se basa en bebés bastante "avanzados" porque los juegos propuestos para bebitos de 1 año, Guille apenas si los puede realizar. De todas formas, proponiendo la actividad y dejando que el niño elija cómo debe ser, siempre obtendremos buenos resultados. En cambio, si nos concentramos en que el "juego debe ser así" porque lo dice el libro,m seguramente no nos servirá para nada.
Les copio la actividad y después les cuento cómo lo hicimos nosotras.

"Fideos o porotos" (para bebés de 6 meses a 1 año)
Ponga en una palangana un paquete de fideos cortos o porotos, garbanzos o lentejas. Dele baldes de colores o potes de yogur y déjelo que saque los fideos de la palangana y los ponga en los baldes de colores. Alrededor de los once meses le puede decir: "Yo pongo las lentejas en el balde verde y vos las ponés en el balde amarillo". Deje que juegue metiendo la mano en la palangana. También puede esconder animales chiquitos dentro de los porotos y pedirle que los busque.

Este juego estimula la motricidad fina, la noción de los colores, aumenta el vocabulario. También lo ayuda en los aspectos emocionales o sensoriales.

En Fernández Ferrari, María José: Juegos de estimulación para bebés de 0 a 24 meses, Albatros, Buenos Aires, 2008.

Cómo lo hicimos nosotras

Para empezar, aclaro que no me gusta "presionar" para que los chicos aprendan esto o aquello. Sobre todo me molesta la fijación que la gente tiene con que aprendan los colores o a contar o a reconocer las letras. El reconocimiento de todas esas cosas se va a dar igual aunque no estemos todo el tiempo señalando y nombrando los colores. Aparte, muchas veces este tipo de enunciados termina estableciendo una especie de competencia entre los miembros más pequeños de la familia. Así que eso de mencionarle los colores ni se me pasó por la cabeza. Por lo menos no el hecho de hacerlo en forma premeditada ;-)
Simplemente le di a Guille un tupper lleno de porotos y otro recipiente más para que los pase de uno a otro. Hay que tener cuidado de que no se los metan en la boca (el libro no lo aclara porque todos los juegos están propuestos para que el adulto esté al lado). Ahora le doy los porotos y todos los tarritos que encuentro. Guille ha llegado a jugar 2 horas de reloj con los porotos y empieza a gritar si se los juntás para guardarlos. Realmente me sorprende el éxito que tiene el juego. Ahora lo que le enseñé a hacer es a pasarlos todos juntos de un recipiente a otro, digamos a verterlos. Esto último ayuda al control de esfínteres.
Les dejo fotos de Guille ¡concentrada en los porotos!

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"Tu hijo es una buena persona" por Carlos González

18 agosto 2009

Foto: Seema KK en Flickr Creative Commons

A propósito de algo que mi amiga Sheila comentó en la Red Social Familia Natural, alguien citó un texto de Carlos González que es, en realidad, una versión resumida del último capítulo de la primera parte del libro Bésame Mucho. Volví a leer el texto, emocionada y tengo que reconocer que es uno de mis fragmentos favoritos del libro. Personalmente (y esto cuenta solo para mí) pienso que mi hija no necesita que le "enseñe a dormir" -ya que el sueño es un proceso neurológico madurativo-, tampoco necesita que la "entrene" para ir al baño -también es un proceso madurativo- y límites sí le pongo, pero siempre desde el amor y el respeto. En conclusión, creo firmemente que el amor nutre muchísimo más que los falsos preceptos acerca de la crianza y quiero enseñarle a Guillermina que el mundo es un bello lugar, no un sitio constantemente lleno de amenazas y peligros. Este texto es maravilloso y nos recuerda cosas que la "cultura" tapa con sus frases incoherentes y vacías de sentido. Es larguísimo, pero lo publico entero por si alguien no tiene el libro.

"Muchos expertos, probablemente bienintencionados, nos hablan de los problemas de conducta de los niños. Hay problemas de alimentación, problemas de sueño, celos, violencia, egoísmo... Todo el mundo nos habla de los problemas de nuestros hijos, de cómo detectarlos, cómo prevenirlos o cómo solucionarnos, de cómo nos «manipulan» o de por qué hay que ponerles límites. Nadie nos recuerda que nuestros hijos son buenas personas.
Y lo son. Tienen, forzosamente, que serlo. Ninguna especie animal podría sobrevivir si sus individuos no nacieran con la capacidad de adquirir el comportamiento normal de los adultos y la tendencia a hacerlo. No hace falta mucho esfuerzo para enseñar a un león a comer carne o a una golondrina a volar hasta África. Lo difícil, lo que requeriría unos métodos educativos absolutamente aberrantes, sería conseguir un león vegetariano o una golondrina que no emigrase. La inmensa mayoría de los recién nacidos, si se les cría adecuadamente (es decir, con cariño, respeto y contacto físico), serán niños normales y más tarde adultos normales. El ser humano es un animal social, y por tanto la capacidad para amar y ser amados, respetar y ser respetados, ayudar a los demás y obtener ayuda de otros miembros del grupo, comprender y respetar normas sociales (en definitiva, ser una buena persona), son aspectos normales de nuestra personalidad. La educación esmerada, la religión o la ley nos pueden dar otras cosas; pero no son imprescindibles para llegar a ser buena persona. Nuestros antepasados, sin duda, ya eran buenas personas cuando vivían en cuevas, del mismo modo que las gallinas son «buenas gallinas» sin necesidad de escuelas o policía.
Vamos, pues, a pasar revista a algunas de las buenas cualidades de nuestros hijos.

Su hijo es desinteresado

Laura, de tres meses, llora desconsolada. Ha mamado, tiene el pañal limpio, no tiene frío, no tiene calor, no se ha clavado ningún imperdible. Su mamá la toma en brazos, le canturrea unas palabras cariñosas y al momento Laura está calmada. La vuelve a dejar en la cuna y al instante rompe a llorar.
—No tiene hambre, no tiene sed, no le pasa nada —dicen las malas lenguas—. ¿Qué diablos querrá ahora?
Quiere a su madre. La quiere a usted. No la quiere por la comida, ni por la ropa, ni por el calor, ni por los juguetes que le comprará más adelante, ni por el colegio de pago al que la llevará, ni por el dinero que le dejará en herencia. El amor de un niño es puro, absoluto, desinteresado.
Freud creía que los niños quieren a su madre porque de ella obtienen el alimento. Es la llamada teoría del impulso secundario (la madre es secundaria, lo primario es la leche) Bowlby, con su teoría del apego, mantiene todo lo contrario que la necesidad de madre es independiente de la necesidad de alimento, y probablemente mayor.
¿Por qué no disfruta usted, como madre, de esta maravillosa sensación de recibir un amor absoluto? ¿Se sentiría usted mejor si su hija sólo la llamase cuando tuviera hambre, sed o frío, y pasase olímpicamente de usted cuando estuviera satisfecha? Nadie negaría la comida a un niño que llora de hambre; nadie dejaría de abrigar a un niño que llora de frío. ¿Dejará usted de tomar en brazos a un niño que llora porque necesita cariño?

Su hijo es generoso
No hace mucho una madre, preocupada, me preguntaba cuándo dejaría su hija de año y medio de ser tan egoísta; cuándo aprendería a compartir.
¿Por qué el aprender a compartir obsesiona tanto a algunos padres y educadores? ¿De qué les va a servir a los niños aprender una cosa así? Los adultos no compartimos casi nada.
Un ejemplo. Isabel, no llega a dos añitos, juega en el parque con su cubo, su palita y su pelota, bajo la atenta y cariñosa mirada de mamá. Claro, como le faltan manos, en ese momento sólo la pala está bajo su posesión directa, y el cubo y la pelota yacen a cierta distancia. Se acerca un niño desconocido, más o menos del mismo tamaño, se sienta al lado de Isabel y sin mediar palabra agarra la pelota. Isabel llevaba diez minutos sin hacer ningún caso de la pelota, y en un principio sigue tan tranquila dando golpes en el suelo con su pala. ¿Tan tranquila? Un observador atento habrá notado que los golpes son un poco más fuertes, y que Isabel vigila la pelota por el rabillo del ojo. El recién llegado, por su parte, parece plenamente consciente de que pisa terreno resbaladizo; aparta la pelota, observa el efecto, la vuelve a acercar... Para que no haya lugar a malentendidos, Isabel advierte: «¡É mía!»; y al poco se cree obligada a especificar: «¡Pelota é mía!» El intruso, que aparentemente todavía no domina las frases de tres palabras (o tal vez, simplemente, prefiere no comprometerse), se limita a repetir: «¡Pelota, peloooota, pota!» Temerosa sin duda de que estas palabras equivalgan a una reclamación de propiedad, Isabel decide recuperar la plena posesión de su pelotita verde. El intruso no ofrece demasiada resistencia, pero en un descuido logra hacerse con el cubo. Isabel juega unos minutos, satisfecha con la pelota recién recuperada, pero de pronto parece inquieta. ¿Y el cubo? ¡Pero a dónde vamos a llegar!
Y así podemos pasar media tarde. Unas veces, Isabel cederá de buen grado, durante unos minutos, el disfrute de alguna de sus posesiones. Otras veces lo tolerará de mal grado. Otras no lo tolerará en absoluto. En ocasiones, ella misma ofrecerá al otro niño su propia pala a cambio de su propio cubo, Puede haber algunos llantos y gritos por ambas partes; pero, en todo caso, es probable que su nuevo «amigo» consiga bastantes minutos de juego relativamente pacífico.
Es muy posible también que ambas madres intervengan. Y aquí se produce un hecho que nunca deja de sorprenderme: en vez de defender como una leona a su cría, cada madre se pone de parte del otro niño. «Venga, Isabel, déjale la pala a este niño.» «Vamos, Pedrito, devuélvele a esta niña su pala.» En el mejor de los casos, la cosa quedará en suaves exhortaciones; pero no pocas veces las madres compiten en una loca carrera de generosidad (¡qué fácil es ser generoso con la pala de otro!): «¡Ya está bien, Isabel, si te vas a portar así, mamá se enfada!» «¡Pedrito, pide perdón ahora mismo, o nos vamos!» «¡Déjelo, señora, que juegue, que juegue con la pala! Es que esta niña es una egoísta...» «¡Uy, pues el mío es tremendo! Tengo que estar todo el día detrás, porque siempre está chinchando a otros niños y quitándoles las cosas...» Y así acaban los dos castigados, como pequeños países en conflicto que podrían haber llegado fácilmente a un acuerdo amistoso si no hubieran intervenido las dos superpotencias.
Escenas como ésta, mil veces repetidas, hacen que a veces consideremos egoístas a nuestros hijos. Nosotros compartiríamos sin dudarlo una pala de plástico y una pelota de goma. Pero, ¿realmente somos más generosos que ellos, o es que los juguetes nos traen sin cuidado?
Es preciso poner las cosas en perspectiva. Imagine que es usted la que está sentada en un banco del parque escuchando música. A su lado, sobre el banco, su bolso sobre un periódico doblado. En esto se acerca un desconocido, se sienta a su lado y sin mediar palabra se pone a leer su periódico. Poco después deja el periódico (¡abierto y tirado por el suelo!), coge su bolso, lo abre, examina su interior... ¿Sabría usted compartir? ¿Cuánto tardaría en decirle cuatro frescas al desconocido, o en agarrar el bolso y salir corriendo? Si ve pasar a lo lejos a un policía, ¿no le llamaría? Imagine ahora que el policía se acerca y le dice:
—Ya está bien, déjale el bolso a este señor, o me enfado. Usted perdone, caballero, es que esta mujer todavía no sabe compartir... ¿Le gusta el teléfono móvil? Llame, llame a donde quiera... ¡Tú calla, mujer, como sigas protestando te vas a enterar!
Nuestra disposición a compartir depende de tres factores: qué prestarnos, a quién y durante cuánto tiempo. A un compañero de trabajo le podemos prestar un libro durante semanas, pero nos molesta que un desconocido nos toque el periódico sin pedir permiso. Sólo a un amigo del alma o a un pariente le prestaríamos nuestro coche para ir a dar una vuelta. Un niño pequeño tiene pocas posesiones, y un cubo, una pala o una pelota son tan importantes para él como para nosotros un bolso, un ordenador o una moto. El tiempo se le hace largo, y prestar un juguete durante unos minutos le resulta tan difícil como a su padre prestar el coche durante unos días. Y también distingue entre amigos y desconocidos, aunque no nos demos cuenta. Por ejemplo, ¿cuál de estas dos frases usaría la mamá de Isabel para resumir las historias arriba explicadas?:
a) Mientras Isabel estaba jugando en la arena con un amiguito, un desconocido me cogió el periódico y casi me quita el bolso, ¡qué susto!
b) Mientras yo jugaba con un amigo a pasarnos el bolso, un desconocido intentó quitarle la pelota a Isabel, ¡qué susto!
Claro, desde el punto de vista de un adulto, cualquier niño de dos años, indefenso y desvalido, es un «amiguito». Pero cuando mides menos de un metro, un niño de dos años es un desconocido, y puede que incluso un «individuo con sospechosas intenciones».
Un ejemplo final: Enrique, de veinticinco años, no sabiendo cómo calmar el llanto de su hijo Quique, de ocho meses, usa las llaves del coche como sonajero. Quique agarra las llaves, las menea, las mira, las vuelve a menear. Una niña de unos seis años se acerca y le hace monerías: «Uy, qué guapo ¿Cómo se llama? ¿Cuántos meses tiene? (es una de esas niñas precoces). Mi primo Antonio también tiene ocho meses, hoy no ha venido porque está con otitis.» «Hooola, Quiiique ¡Qué llaves más chulas! ¿Me las das? Toma, te las cambio por la pelota.» Enrique padre está encantado con la nueva amiguita de su hijo, hasta que la niña sale corriendo con las llaves, dejando la pelota como justo pago. ¿Cuántas décimas de segundo cree que tardará Enrique en salir detrás para recuperar las llaves? Quique ha compartido, pero su padre no está dispuesto a hacerlo.
En comparación, nuestros hijos son mucho más generosos que nosotros.

Su hijo es ecuánime

Es decir, tiende a mantener un estado de ánimo estable. En palabras más sencillas, su hijo no es nada llorón.
¿Cómo que no, si se pasa el día llorando? Los niños pequeños, es cierto, lloran más a menudo que los adultos y por eso solemos decir que los niños son llorones.
¿Y si resulta que, simplemente, tienen más motivos para llorar?
«Es que lloran sin motivo», me dirá usted. «Lloran por cualquier tontería.» Lloran, según la edad, porque se les cae una torre de piezas de construcción, porque no les compramos un helado, porque les llevamos al médico, porque nos vamos cinco minutos, porque no encuentran la teta a la primera, porque les cambiamos el pañal, porque les secamos el pelo... Ningún adulto lloraría por esas cosas, desde luego.
¿Y por qué lloraría usted? Haga un experimento: siente en su regazo a su hijo de uno o dos años y dígale las cosas más tristes que se le ocurran: «Te van a hacer una inspección de hacienda.» «Te han despedido del trabajo.» «Te están saliendo unas patas de gallo espantosas.» «Tu equipo de fútbol baja a segunda...» No llorará. Las cosas que nos hacen llorar a los niños y a los adultos son totalmente distintas.
Entre las cosas que con más frecuencia hacen llorar a un niño pequeño están:
—Separarse dos minutos de su madre.
—Intentar hacer algo que no le sale.
—Notar algo raro y no saber qué es.
—Necesitar algo y no saber cómo conseguirlo.
Todas ellas son cosas, para su desgracia, que pueden ocurrir (y ocurren) varias veces al día. En cambio, las cosas que nos hacen llorar a los mayores ocurren sólo de tarde en tarde. Por eso parece que somos menos llorones, pero no es cierto. Si nuestro equipo bajase a segunda varias veces al día, si nos despidiesen del trabajo cada mañana, si se muriesen cada día varios de nuestros mejores amigos, nos pasaríamos también el día llorando.

Su hijo sabe perdonar

Emilia y su hijo Óscar, de seis años, han tenido una fuerte diferencia de opiniones. Para no perdernos con los detalles, digamos tan sólo que Emilia era partidaria de que Óscar se duchase, mientras que este último se sentía muy limpio. Ha habido gritos, llantos, insultos y amenazas. Un testigo imparcial reconocería que la mayor parte de los llantos ha venido de una de las partes en conflicto, y la mayor parte de los insultos y de las amenazas de la otra.
De eso hace una hora. ¿Cuál de estas personas cree usted que está ahora contenta y feliz, y continúa con sus ocupaciones como si nada hubiera ocurrido, mostrándose incluso inusualmente alegre y zalamera; y cuál, por el contrario, es más probable que esté todavía enfadada, haciendo reproches, rezongando? «Mira, mamá, mira qué hago.» «No, mamá no ríe. " «¿Iremos al zoo el domingo?» «A ver, ¿tú crees que te lo mereces? ¿Te parece que te has portado bien?»
Arturo, el padre, vuelve ahora del trabajo. ¿Cuál de las siguientes frases le parece que oirá?:
a) «Mamá se ha puesto tremenda esta tarde, no sabes la escenita que me ha hecho. Tienes que decirle algo.»
b) «Este niño ha estado toda la tarde muy impertinente, no me hace ni caso. Tienes que decirle algo.»
Nuestros hijos nos perdonan, cada día, docenas de veces. Perdonan sin doblez, sin reservas, sin reproches, hasta olvidar completamente el agravio. Se les pasa el enfado mucho antes que a nosotros.

Su hijo es valiente

Imagine que está usted haciendo cola en su banco cuando entran unos individuos armados con la cara tapada. Si le dicen que se tire al suelo, ¿no se tira? Si le dicen que se calle, ¿no se calla? Si le dicen que se esté quieta, ¿no se queda de piedra? ¿Cree que un niño de dos años hubiera obedecido? Imposible, Ninguna fuerza, ninguna amenaza, ni siquiera una pistola apuntándole puede hacer que un niño de dos años se esté quieto media hora, deje de pedir pipí o deje de llorar en plena rabieta. Admire su valor, en vez de quejarse de su «obstinación».
Su hijo es diplomático
Pedro y Antonio, dos amigos de cinco años, juegan en el parque mientras sus padres charlan en un banco. En esto llega Luis, otro niño de la clase, con su mamá. ¡No está poco contento Luis con el triciclo que le acaban de comprar para su cumpleaños!
Tres niños, un solo triciclo. ¿A quién puede extrañarle que surja un conflicto, cuando hemos visto morir a miles de personas por cosas mucho más feas, como un pozo de petróleo o una mina de diamantes?
Pedro y Antonio, como todos los desposeídos, son de izquierdas y consideran que la riqueza debe repartirse entre los camaradas. Luis, como todos los nuevos ricos, se ha hecho de derechas y opina que lo que es de cada uno es de cada uno. Hay un malentendido, un forcejeo. Pedro (que es un poco mayor) agarra con violencia el triciclo, y Luis cae de culo al suelo llorando desconsolado.
¡Ya está armada! La madre de Luis le reprocha que no preste sus juguetes y que lloriquee tanto. Se lo reprocha, hay que decirlo, un poco por «el qué dirán», pues en el fondo piensa que ha empezado el otro y que vaya amigos más gamberros que tiene su hijo. El padre de Pedro está muy enfadado; es consciente de que su hijo ha iniciado la «agresión» y probablemente se ve obligado por el mismo «qué dirán» a exagerar la nota. Increpa a su hijo, le grita, le atosiga con preguntas retóricas, «¡pero que te has creído!», de esas que dejan al niño totalmente inerme (pues sabe que si no dice nada, se lo volverán a preguntar: «Venga, dime, ¿te parece a ti bonito empujar a la gente?»; pero si dice algo será peor: «¡A mí no me repliques!»). La filípica adquiere tales proporciones que ya Luis ha dejado de llorar y observa, más asustado que satisfecho, mientras Pedro empieza a llorar por su parte y Antonio contempla la escena estupefacto.
Por fin Antonio parece tener una idea. Llama la atención de Luis y le hace reír con su mejor imitación de cierto personaje de la tele. Una vez roto el hielo, le propone echar una carrera. «Hasta la fuente», acepta Luis. «¡Vamos, Pedro, tonto el último!» Y salen los tres de estampida.
¡Qué fina maniobra! Antonio ha ideado una elaborada estrategia para desatascar la situación, y Luis, pese a ser la parte ofendida, lo ha entendido enseguida y le ha secundado para librar a su amigo del furor paterno. Ya los tres juegan en perfecta armonía, olvidado el incidente y abandonado el triciclo, junto a los padres todavía enfadados. Hasta es posible que la madre de Luis exclame: «¿Y para esto me hace bajar a la calle con el triciclo? ¡Ya ves, ahora a jugar a otra cosa y el triciclo aquí muerto de risa!». El padre de Antonio calla, pero está muy orgulloso de su hijo.

Su hijo es sincero

¡Y cómo nos molesta su sinceridad! Hemos inventado palabras ofensivas y denigrantes para calificarle cada vez que dice lo que piensa: «¿Por qué ese señor es negro?» (¡No seas impertinente!) «¡Quiero chocolate!» (¡No seas pesado!) «¡Mira qué mujer más gorda!» (¡No seas grosero!) «¡No me gustan los guisantes!» (¡No seas caprichoso!) «¿Para qué tengo que lavarme? No estoy sucio» (¡No seas contestón!) ¿Cuándo aprenderán esas útiles virtudes del adulto: el disimulo, la astucia, el engaño...? Las aprenderán cuando se den cuenta de que se ahorran muchas regañinas si dicen mentiras o si callan verdades.
El maestro tiene que ausentarse un momento y ordena a Carlos, de siete años, que en su calidad de primero de la clase se quede vigilando. La noble tarea del vigilante consiste en pasear entre los pupitres con los brazos cruzados, riñendo a los niños que hablan. Uno de los niños se levanta sin motivo, Carlos, en ejercicio de sus funciones, le dice que se siente; el otro no quiere. Carlos avanza con los brazos cruzados hacia el infractor, con una vaga idea de devolverlo a su pupitre por la fuerza. Se empujan mutuamente con los brazos cruzados, se les escapa la risa, toda la clase ríe.
En lo mejor de la diversión regresa el maestro, muy enfadado. Carlos intenta justificarse, pero el maestro no quiere explicaciones. Sólo hace una pregunta en tono conminatorio:
—¿Tú crees que se puede reír mientras se vigila?
—Sí —responde Carlos, y recibe una sonora bofetada.
El maestro vuelve a preguntar gritando:
—¿Tú crees que se puede reír mientras se vigila?
Esta vez Carlos se toma unos instantes para contestar. Está asustado, paralizado por el terror. Intenta comprender el motivo, qué ha hecho mal para merecer este trato. Porque no le han pegado por jugar en clase, sino por responder a una pregunta. Y él ha respondido correctamente: ha dicho la verdad. Evidentemente, el maestro quiere que conteste «no». ¿Puede contestar «no» y salvarse? Carlos intenta justificarse a sí mismo ese «no», busca desesperadamente un motivo para cambiar su respuesta. No lo encuentra. Si la pregunta hubiera sido «¿está permitido reír mientras se vigila?», podría contestar «no» de inmediato (él no sabía que no estaba permitido, pero ahora lo sabe: el enfado del maestro muestra bien a las claras que no está permitido). Pero la pregunta ha sido: «¿Tú crees que se puede...?». «Sí, piensa Carlos, yo creo que sí que se puede. Eso es lo que yo creo, ésa es la verdad, no puedo contestar otra cosa.» No quiere ser un héroe, no quiere desafiar al maestro, sólo quiere decir la verdad y, entre sollozos e hipidos, vuelve a decir: «¡Sí!»
El maestro le propina una bofetada todavía más fuerte y, con los ojos fulgurantes, el rostro congestionado y un tono terriblemente amenazador, repite la fatídica pregunta:
—¿Tú crees que se puede reír mientras se vigila?
¿Cuántas bofetadas puede soportar un niño de siete años? Carlos vacila, piensa en decir que sí, tiene miedo. Haciendo un esfuerzo inspira profundamente, contiene sus sollozos, pronuncia un «no» lastimero y rompe a llorar amargamente.
Esta escena tuvo lugar hace treinta y cinco años; y Carlos, lo habrán adivinado, era yo. No recuerdo el dolor de los golpes, no recuerdo la humillación. Recuerdo sólo el asombro, el estupor, el desconcierto y..., sobre todo, la rabia y la impotencia, el haber sido obligado a decir una mentira.
Su hijo es sociable

Observe con qué facilidad se pone su hijo a jugar con cualquier otro niño. No le importa la clase social, la raza ni la forma de vestir. Nunca oirá a su hijo pequeño hacer manifestaciones racistas («estoy harto de estos moros, vienen en pateras y nos quitan el tobogán»).
Aunque los padres se nieguen el saludo por viejas rencillas, los niños se hablan sin prejuicios. No hace mucho era costumbre intentar limitar esta sociabilidad de los niños («no me gusta que juegues con Fulanito, es malo / no es como nosotros / no te conviene / es una mala compañía»).
Su hijo es comprensivo
Acabo de hacer un pequeño experimento. He buscado en Internet la frase «los niños son crueles» y he encontrado 40 páginas que la contienen. La frase «los niños son cariñosos» sólo aparece en una de los millones de páginas de Internet. «Los niños son comprensivos», en ninguna.
Se acusa a los niños de abusar de los más débiles, poner motes y burlarse de los que tienen algún defecto. Pero esas conductas constituyen la excepción y no la regla. Es cierto que, por su falta de experiencia social, los niños pueden hacer preguntas embarazosas o mirar insistentemente a una persona con algún defecto físico. Pero también son capaces de tratar con la mayor naturalidad a cualquier compañero y aceptarlo tal como es, sin preocuparse por su aspecto.
Conozco una familia con varios hijos, el mayor de los cuales sufre un retraso mental profundo. No camina ni habla. Durante un tiempo, cogió la mala costumbre de tirar con fuerza del pelo a todo aquel, niño o adulto, que se le pusiese a mano. Sus hermanos pequeños comprendían perfectamente que no era responsable de sus actos y mostraban una exquisita tolerancia. Si en sus correrías pasaban demasiado cerca del hermano y quedaban atrapados, se limitaban a quedarse muy quietos, con una evidente expresión de dolor, y a llamar suavemente a algún adulto para que viniera a liberarlos. Por supuesto, si les estiraba del pelo cualquier otro, respondían con la adecuada contundencia.
Numerosos investigadores han comprobado que los niños menores de tres años suelen mostrar empatia, es decir, preocupación por el sufrimiento ajeno. Cuando un compañero llora, es frecuente que intenten consolarle.
Bowlby cita un estudio en el que se observó cuidadosa mente el comportamiento de veinte niños de uno a tres años en una guardería. Diez de ellos habían sufrido abusos, los otros diez provenían de familias con problemas, pero no habían sufrido abusos. Los niños que habían sido maltratados se peleaban el doble que los otros y mostraban además tres conductas que no se observaron en ninguno de los niños no maltratados: agredir a un adulto, agredir a otro niño sin ningún motivo ni provocación, aparentemente sólo para molestar, gritar o pegar a otros niños que lloraban, en vez de intentar consolarlos.

Los niños criados con cariño y respeto son cariñosos y respetuosos. No todo el rato, por supuesto, pero sí la mayor parte del tiempo. Ésa es su tendencia natural, pues en el ser humano la cooperación con otros miembros del grupo es tan natural como el andar o el hablar. Para conseguir que los niños se vuelvan agresivos, tenemos que empujarles de alguna manera, apartarles del camino normal. Los niños «educados» a gritos gritan. Los niños «educados» a golpes pegan".




En Carlos González: Bésame Mucho. Cómo criar a tus hijos con amor, Temas de Hoy, Madrid, 2003.
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La pérdida de identidad durante el puerperio

15 julio 2009

Por Laura Gutman


Junto con el fenómeno de fusión emocional, la aparición de la sombra y la locura necesaria para internarnos en una nueva esfera de conciencia, las mujeres nos encontramos fuera del mundo concreto pero en la obligación de seguir funcionando con sus reglas. Somos las primeras sorprendidas al reconocer que el lugar de trabajo, las amistades, los intereses personales que hasta hace poco consumían nuestra energía, se convierten en meros recuerdos ahogados por el llanto del bebé que nos reclama. esta realidad nos asusta y creemos que nunca más volveremos a ser la mujer maravilla, activa, encantadora, inteligente y elegante que hemos construido con tanta dedicación.

Con la aparición del primer bebé, además de la desestructuración física y emocional se hace evidente la pérdida de los lugares de identificación: nos ausentamos del estudio, del trabajo, dejamos de frecuentar los lugares de diversión, estamos sumergidas en una rutina agobiante, a disposición de las demandas del bebé; cada vez menos personas nos visitan y, sobre todo, tenemos la sensación de "perder el tren", de haber quedado fuera del mundo. La vida cotidiana acontece entre cuatro paredes, ya que salir con un bebé muy chiquito es a menudo desalentador.

Nos convertimos en "puérperas" durante un tiempo que se prolonga, según mi opinión, mucho más que los famosos 40 días. El puerperio no finaliza cuando el obstetra da "el alta" de la cicatrización de la cesárea o la episiotomía; no se trata de la recuperación definitiva del cuerpo físico después del embarazo y el parto, sino que tiene que ver con la emoción compartida y la percepción del mundo "con ojos de bebé". Doloridas, cortadas, humilladas en muchísimos casos por la situación del parto (aunque pocas mujeres tengamos conciencia de esto), chorreando por arriba y por abajo y con un bebé que llora sin poder calmarlo, nos encontramos con una angustia terrible que empeora después de las seis de la tarde, coincidiendo drásticamente con el horario más difícil para la criatura...A algunas mujeres se les suma la soledad, la falta de familiares o amigos que comprendan o la contengan, un marido que trabaja todo el día y el vacío que provoca este no reconocerse a sí misma.

Cuando proyectamos una mudanza a otro país, prevemos un período de adaptación, el aprendizaje de otro idioma, la aceptación de otros códigos de convivencia, la ausencia de amigos y un mundo nuevo para descubrir. La llegada del primer hijo produce en las mujeres una pérdida de identidad similar, aunque no sea exactamente como mudarse a otro país: ¡es mudarse a otro planeta!

Las mujeres puérperas tenemos la capacidad de estar "sintonizadas" en la misma "frecuencia" que el bebé, lo que nos facilita criarlos, interpretar las necesidades más sutiles y adaptarnos mutuamente a la nueva vida. Por eso es frecuente la sensación de estar flotando en otro mundo, sensible o emotivas, con las percepciones distorsionadas y los sentimientos confusos.

La situación es inversa pero no menos complicadas para las mamás que quieren o deben retomar el trabajo teniendo aún un bebé chiquito...Normalmente se exige a la mujer puérpera que "rinda" en el trabajo y que cumpla con la misma presencia prolongada que antes del nacimiento del bebé. Las mujeres "tienen que hacer de cuenta" que nada ha cambiado. Están obligadas a entrar de inmediato con el mundo exterior activo y poner la mente en funcionamiento.. Para lograrlo necesitan desconocer el estado de fusión emocional con el bebé que dejaron en casa, ya que el entorno laboral en general no avala ni facilita los estado regresivos. En estos casos, las madres no se permiten unir el mundo interno con el afuera.

Esta integración no está muy facilitada por nuestra sociedad, donde aparece una contrariedad: "Si trabajo tengo que dejar a mi bebé. Si estoy con mi bebé no pertenezco más al mundo". Hay muy pocos lugares públicos donde los bebés son tolerados, lo que acrecienta la separación de los ámbitos de la vida social de la mujer-sin-bebé del otro ámbito privadísimo de la mujer-con-bebé. Salir con el chiquito a cuestas requiere esfuerzo e imaginación, pero somos las mujeres las que debemos instalar nuestro ser madres-personas en los lugares de pertenencia prioritarios de cada una.

Tanto la situación de encierro como la situación de desconexión son estados no elegidos conscientemente por las madres, quienes en su mayoría viven la maternidad como sinónimo de soledad y ausencia de mundo externo, sin haber imaginado antes lo que significaba en realidad la presencia del bebé.

Tampoco contamos con gran ayuda externa, ya que nuestra sociedad desconoce profundamente la esencia del bebé humano. Lo observa con desconcierto, intentando comprenderlo desde el punto de vista del adulto y pretendiendo que se adapte al mundo funcional de los mayores. Esta gran distancia entre ambas frecuencias aumenta la sensación de soledad e incomprensión de las madres recientes.


En Laura Gutman: La maternidad y el encuentro con la propia sombra, Del Nuevo extremo, Buenos Aires, 2007.
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Mis lecturas recomendadas

07 julio 2009

Foto: Mar de libros viejos, en Flickr Creative Commons

Esta es sólo una lista de algunos de los libros que me han movilizado en el camino de la crianza. Muchos de ellos desearía haberlos leído antes. Otros los leí hace muchísimo tiempo y sólo después del nacimiento de mi hija comprendí el poder de sus palabras. Ya contaré qué es lo que me une de manera especial con cada uno y en qué situación lo leí.


Sobre embarazo, parto y nacimiento respetado

Michel Odent: Nacimiento renacido, Editorial Fundación Creavida, Buenos Aires, 2008
Michel Odent: Ecología prenatal, Editorial Fundación Creavida, Buenos Aires, 2008
Michel Odent: La Cesárea ¿Problema o solución?, Ed. Liebre de Marzo, España, 2006
Raquel Schallman: Parir en libertad. En busca del poder perdido, Grijalbo, Buenos Aires, 2007.
Carlos Burgo: Parir con pasión. Escenarios, escenas y protagonistas del parto y del nacimiento, Longseller, Buenos Aires, 2004.
Ibone Olza y Enrique Lebrero Martínez: ¿Nacer por cesárea?, Grupo Norma, Bogotá, 2006.
Verny, Thomas y Kelly, Jhon: La vida secreta del niño antes de nacer, Urano, Barcelona, 1988.
Chamberlain, David: Los bebés recuerdan su nacimiento, Obstare, Tenerife, 1988.
Gaskin, Ina May: Partería espiritual. La naturaleza del nacimiento entre el amor y la ciencia, Editorial Mujer Sabia. Traducción: Marina Lembo
Rodrigañez Bustos, Casilda: Pariremos con placer, Editorial Madreselva, Buenos Aires, 2010. Todos sus libros pueden ser descargados en forma gratuita y legal desde la web de la autora: www.casildarodriganez.org

Sobre maternidad , crianza y educación respetuosa

Laura Gutman: La maternidad y el encuentro con la propia sombra, Del Nuevo Extremo, Buenos Aires, 2006.
Laura Gutman: Puerperios y otras exploraciones del alma femenina, Del Nuevo Extremo, Buenos Aires, 2006.
Laura Gutman: Crianza. Violencias invisibles y adicciones, Del Nuevo Extremo, Buenos Aires, 2008.
Laura Gutman: La revolución de las madres. El desafío de nutrir a nuestros hijos, Del Nuevo Extremo, Buenos Aires, 2009.
Carlos González: Mi hijo no me come, Editorial Temas de hoy, 1999
Carlos González: Bésame mucho. Cómo criar a tus hijos con amor, Editorial Temas de hoy, 2003.
Francoise Doltó: La causa de los niños, Paidós, Barcelona, 1994.
Francesco Tonucci: La soledad del niño, Losada, Buenos Aires, 2006.
Francesco Tonucci: El niño en la ciudad, Losada, Buenos Aires, 2009.
Francesco Tonucci: Con ojos de niño, Losada, Buenos Aires, 2008.
Gianni Rodari: Gramática de la fantasía, Colihue, Buenos Aires, 1998.
AAVV: Arte desde la cuna, Nazhira, Buenos Aires, 2003.
Montes, Graciela: El corral de la infancia, Fondo de Cultura Económica, México, 2001.
Jean Liedloff: El concepto del continuum. En busca del bienestar perdido, Obstare, Tenerife, 2008.


Sobre la condición femenina en general

Clarisa Pinkola Estés: Mujeres que corren con los lobos, Ediciones B, Barcelona, 1998.
Eurípides: Medea, De Bolsillo, Barcelona, 2008.
Ibsen, Henrik: Casa de muñecas, Pehuén, Santiago de Chile, 2004
Flaubert, Gustave: Madame Bovary, RBA, Barcelona, 1994.
Simone de Beauvoir: Memorias de una joven formal, Sudamericana, Buenos Aires, 2000.
Simone de Beauvoir: La plenitud de la vida, Sudamericana, Buenos Aires, 2000.
Simone de Beauvoir: La fuerza de las cosas, Sudamericana, Buenos Aires, 2000.
García Lorca, Federico: Yerma, Losada, Buenos Aires, 2000.
Paz, Octavio: Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe, Fondo de Cultura Económica, México, 1990.


Espero sus propuestas de lectura para seguir agregando a mi lista.
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Epílogo a "La fuerza de las cosas" por Simone de Beauvoir

Epílogo a "La fuerza de las cosas" por Simone de Beauvoir

06 junio 2009
Hablando de libros, me acordé de este texto, uno de mis preferidos. Se trata del epílogo al texto La fuerza de las cosas, el tercer tomo de la autobiografía de Simone de Beauvoir. Su autobiografía es infinitamente honesta. Hacia el final de La fuerza de las cosas se pregunta varias veces acerca del fin de su propia existencia, del legado que ha dejado (que han dejado desde el existencialismo). Este texto lo leí por primera vez en un suplemento que traía el diario argentino Página/12. Ahora lo transcribí de mi propio ejemplar, haciendo algunos recortes ya que el texto entero es larguísimo. El último párrafo es mi parte favorita.

"De mi se han forjado dos imágenes. Soy loca, medio loca, una excéntrica. (Los periódicos de Río contaban sorprendidos: “Esperábamos una excéntrica: nos ha decepcionado encontrar una mujer vestida como todo el mundo.”) Tengo las costumbres más disolutas; una comunista contaba en 1945 que en Ruán, cuando yo era joven, me había visto bailar desnuda sobre toneles; he practicado todos los vicios con asiduidad, mi vida es un carnaval, etcétera.

Zapatos planos, pelo lacio, soy jefa de niños exploradores, una dama de beneficencia, una institutriz (en el sentido peyorativo que la derecha le da a esa palabra). Paso mi existencia entre libros y ante mi mesa de trabajo, puro cerebro. “Ella no vive”, le he oído decir a una joven periodista. “Si a mí me invitaran a los lunes de Madame T., iría corriendo”. La revista Elle al proponer a sus lectoras muchos tipos de mujer, puso bajo mi foto: “Vida exclusivamente intelectual”.

Nada prohibe conciliar los dos retratos. Se puede ser una desvergonzada cerebral, una dama de beneficencia retorcidamente viciosa; lo esencial es presentarme como una anormal. Si mis censores quieren decir que no me parezco a ellos, me hacen un cumplido. El hecho es que soy un escritor, una mujer escritora no es una ama de casa que escribe sino alguien para quien toda su existencia está dirigida por la escritura. Esta vida vale lo mismo que otra. Tiene sus razones, su orden, sus fines de los que hay que no comprender nada para considerarla extravagante. La mía ha sido realmente ascética, puramente cerebral? Dios me libre!, no tengo la impresión de que mis contemporáneos se diviertan mucho más que yo en esta tierra ni que su experiencia sea más vasta. En todo caso al volverme hacia mi pasado, no envidio a nadie.

[...] Siempre he soportado bien los fracasos; sólo consistían en no haber ganado, no obstruían mi camino. Mis triunfos me han dado hasta estos últimos años placeres sin reticencias: más que los elogios de los críticos profesionales me importaban los sufragios de los lectores: las cartas recibidas, las frases sorprendidas al vuelo, las huellas de una influencia, de una acción. Desde Memorias de una joven formal, sobre todo desde La plenitud de mi vida, mi relación con el público se ha hecho muy ambigua, porque la guerra de Argelia puso al rojo el horror que me inspira mi clase. Si uno le disgusta no hay esperanzas de llegar a un público popular; sólo se imprime una colección barata cuando la edición ordinaria se ha vendido bien. Por lo tanto, guste o no, uno se dirige a los burgueses. Por lo demás, hay entre ellos algunos que se separan de su clase o por lo menos, se esfuerzan por lograrlo, como intelectuales o jóvenes; con éstos me entiendo. Pero siento un malestar si la burguesía en conjunto me recibe bien. Demasiadas lectoras han apreciado en Memorias de una joven formal la pintura de un medio que reconocen, sin interesarse por el esfuerzo que había hecho por evadirme de él. En cuanto a La plenitud de la vida, a menudo he rechinado los dientes cuando me felicitaban: “Es tonificante, es dinámica, es optimista”, en un momento en que era tal mi asco que hubiera preferido estar muerta que viva.

Soy sensible a las críticas y a las alabanzas. Sin embargo, en cuanto hurgo un poco en mí, me encuentro, respecto del nivel de mi triunfo, una indiferencia bastante grande. En otro tiempo evitaba medirme por orgullo y por prudencia; hoy ya no sé con qué patrón medir. Hay que referirse al público, a los críticos, a algunos jueces elegidos, a una convicción íntima, al ruido, al silencio? ¿Qué es lo que se mide? ¿El renombre o la calidad, la influencia o el talento? Y además, ¿que significan esas palabras? Incluso estas preguntas y las respuestas que se les pueden dar me parecen ociosas. Mi desapego es más radical y tiene sus raíces en una infancia dedicada a lo absoluto; he permanecido convencida de la vanidad de los éxitos terrestres. El aprendizaje del mundo ha fortificado este desprecio; he descubierto una desdicha demasiado inmensa como para inquietarme mucho por el lugar que tengo en él y por el derecho que puedo tener o no tener para ocuparlo.

Pese a ese fondo de desencanto, desvanecida toda idea de mandato, de misión, de salvación, sin saber para quién ni por qué escribo, esa actividad me resulta más necesaria que nunca. Ya no pienso que “justifica”, pero sin ella me sentiría mortalmente injustificada. Hay días tan hermosos que uno tiene ganas de brillas como el sol, es decir, de deslumbrar la tierra con palabras, hay horas tan negras que ya no queda otra esperanza que ese grito que uno quisiera lanzar. ¿De dónde proviene, a los cincuenta y cinco años lo mismo que a los veinte, ese extraordinario poder del Verbo? Digo: “Nada ha tenido más que el lugar” o “Uno más uno es uno: ¡que malentendido!” y asciende por mi garganta una llama cuya quemadura me exalta. Indudablemente las palabras, universales, eternas, presencia de todos en cada uno, son lo único trascendente que reconozco y que me emociona; vibran en mi boca y mediante ellas comulgo con la humanidad. Arrancan del instante y la contingencia a las lágrimas, a la noche, hasta la muerte, y las transfiguran. Quizás mi más profundo deseo hoy es que se repitan en silencio algunas palabras que yo he entrelazado.

Ser un escritor conocido tiene evidentes ventajas: ya no hay tareas cotidianas para ganar el sustento sino un trabajo querido, encuentros, viajes, una captación de los acontecimientos mucho más directa que antes. Muchos extranjeros en desacuerdo con su gobierno buscan el apoyo de los intelectuales franceses; a menudo también nos piden que señalemos nuestra solidaridad con naciones amigas. Todos estamos un poco agobiados por los manifiestos, protestas, resoluciones, declaraciones, llamamientos, mensajes que tenemos que escribir o firmar. Es imposible participar de todos los comités, congresos, coloquios, mitines, jornadas a que nos invitan. Pero a cambio del tiempo que le damos, la gente que nos solicita nos informa de manera más detallada, más exacta y sobre todo más viviente que cualquier periódico sobre lo que pasa en su país: en Cuba, Guinea, las Antillas, Venezuela, Perú, Camerún, Angola, Africa del Sur. Por modesta que sea mi contribución a sus luchas, me da la impresión de que doy pie en la historia. A falta de relaciones mundanas, mantengo vínculos con el conjunto del mundo. Un viejo amigo me reprochó: “Vives en un convento”. Bueno: pero paso muchas horas en el locutorio.

Sin embargo vi ansiosamente y con nostalgia cómo caía sobre Sartre la celebridad y cómo nacía mi notoriedad. Perdimos la despreocupación desde el día en que nos convertimos en personajes públicos y tuvimos que tener un cuenta esa objetividad; perdido el lado aventurero de nuestros antiguos viajes tuvimos que renunciar a los caprichos, a los vagabundeos. Para defender nuestra vida privada tuvimos que elevar barreras—abandonar el hotel, los cafés—y esa separación me ha pesado, a mí, que amaba tanto vivir mezclada con todos. Veo a mucha gente; pero la mayoría ya no me hablaba como a cualquiera; mis relaciones con los otros están falseadas. “Sartre nunca frecuenta más que a personas que frecuentan a Sartre”, ha dicho Claude Roy. La expresión puede aplicarse a mí. Corro el riesgo de comprenderlos peor porque ya no comparto completamente su suerte. Esta diferencia procede de la notoriedad y de las facilidades materiales que trae consigo.

Económicamente soy una privilegiada. Desde 1954 mis libros me dan mucho dinero; me compre un coche en 1952 y en 1955 un apartamento. No salgo, no recibo; fiel a las repugnancias de mis veinte años no me gustan los lugares lujosos; me visto sin opulencia, a veces como muy bien, ordinariamente muy poco, pero respecto de esto sólo decide mi capricho, no me privo de nada. Algunos censores me reprochan esta holgura, gente de derechas, por supuesto; en la izquierda jamás han criticado por su fortuna a un hombre de izquierdas, aunque sea millonario; se le tiene gratitud por ser de izquierdas. La ideología marxista no tiene nada que ver con la moral evangélica, no reclama del individuo ni ascesis ni desnudez; a decir verdad, de importa un pito su vida privada. La derecha está tan convencida de la legitimidad de sus pretensiones que ante ella los adversarios sólo se pueden justificar por el martirio y además como los intereses económicos son los que dictan sus opciones, no puede concebir que amos puedan disociarse; le parece que un comunista adinerado no puede ser sincero. Por último y sobre todo, la derecha hace fuego con cualquier leña cuando se trata de atacar gente de izquierdas. Es el molinero, su hijo y el asno. Un comentarista, que por lo demás se esforzaba en ser imparcial, escribió, después de haber leído La plenitud de la vida, que a mi me gustaban los “malos lugares” porque durante la guerra, sin medios, viví en hoteles sórdidos: qué no diría si hoy yo viviera en un tonel! Un abrigo confortable es una concesión a la burguesía; un vestido descuidado sería considerado como afectación o indecencia. Te acusarán de tirar dinero por la ventana o de ser avara. No existe un justo medio; lo bautizarán, por ejemplo, mezquindad. La única solución es seguir la propia inspiración y dejar que hablen todo lo que quieran.

Esto no significa que me adapte alegremente a mi situación. La molestia que sentí hacia 1946 no se ha disipado. Sé que soy una aprovechada, ante todo por la cultura que he recibido y las posibilidades que me ha proporcionado. No exploto directamente a nadie, pero la gente que compra mis libros es la beneficiaria de una economía fundada en la explotación. Soy cómplice de los privilegiados y estoy comprometida por ellos; por esto he vivido la guerra de Argelia como un drama personal. Cuando se está en un mundo injusto en inútil esperar purificarse por algún procedimiento; lo que habría que hacer es cambiar el mundo y eso no está en mi poder. Sufrir sus contradicciones no sirve de nada, olvidarlas es mentirse. Falta de solución también este punto me llevo llevar por mis humores. Pero la consecuencia de m actitud es un aislamiento bastante grande; mi condición objetiva me separa del proletariado, y el modo como la vivo subjetivamente me opone a la burguesía. Este retiro relativo me conviene pues nunca tengo tiempo, pero me priva de cierto calor—que he recuperado, con tanta alegría, estos últimos años, en las manifestaciones—y, lo que es para mí más grave, limita mi experiencia.

A esas mutilaciones, que son el reverso de mis posibilidades, se agrega otra para la que no encuentro ninguna compensación. Lo más importante, lo mas irreparable que me ha sucedido desde 1944 es que—como Zazie—he envejecido. Esto significa muchas cosas. Y ante todo que el mundo a mi alrededor ha cambiado: se ha achicado y encogido. Ya no olvido que la superficie de la Tierra es finita, finito el número de sus habitantes, de las esencias vegetales, de las especies animales y también el de los cuadros, libros y monumentos que en ella están depositados. Cada elemento se explica por ese conjunto y sólo remite a él; su riqueza también es limitada. Cuando Sartre y yo éramos jóvenes a menudo encontrábamos “individualidades por encima de la nuestra”, es decir, que resistían el análisis y conservaban para nosotros algo de lo maravilloso de la infancia. Este núcleo de misterio está disuelto; lo pintoresco ha muerto, los locos ya no parecen sagrados, las muchedumbres ya no me embriagan y aunque antes era fascinante la juventud, ya no veo en ella más que el preludio de la madurez. La realidad todavía me interesa pero su presencia ya no me fulmina. Por cierto queda la belleza; aunque ya no me reporte alguna revelación estupefaciente, aunque la mayoría de sus secretos se hayan aventado, a veces detiene el tiempo. A menudo también la detesto. La noche de una matanza oía un andante de Beethoven y detuve el disco, colérica: allí estaba todo el dolor del mundo pero dominado y sublimado tan magníficamente que parecía justificado. Casi todas las obras bellas han sido creadas para privilegiados por privilegiados que, aunque hayan sufrido, han tenido la posibilidad de comprender sus sufrimientos; disimulan el escándalo de la desdicha desnuda. Otra noche de matanza—hubo muchas—deseé que se aniquilaran esas bellezas mentirosas. Hoy el horror se ha alejado. Puedo escuchar a Beethoven. Pero ni él ni nadie me dará jamás esa impresión que a veces tenía de tocar un absoluto.

Pues actualmente conozco la verdad de la condición humana: los dos tercios de la humanidad tienen hambre. Mi especie esta constituida, en sus dos tercios, por larvas, demasiado débiles para la rebelión, que arrastran desde el nacimiento hasta la muerte una desesperación crepuscular. Desde mi juventud vuelven en mis sueños objetos, inertes en apariencia, pero en los que se aloja un sufrimiento; las agujas de un reloj se ponen a galopar, movidas ya no por un mecanismo sino por un desorden orgánico, oculto y espantoso; un trozo de madera sangra bajo el hacha, en un momento un ser innoblemente mutilado va a descubrirse bajo el caparazón roñoso. Cuando estoy completamente despierta recupero esa pesadilla si evoco los esqueletos animados de Calcuta o esas pequeñas vejigas de rostro humano: niños subalimentados. Sólo allí rozo el infinito: es la ausencia de todo y es consciente. Morirán y nada más habrá sido. La nada me espanta menos que lo absoluto de la desdicha.

Ya no tengo ganas de viajar por esta tierra vaciada de sus maravillas; si no se espera todo no se espera nada. Pero me gustaría saber cómo continuará nuestra historia. Los jóvenes son futuros adultos pero me intereso por ellos; el porvenir están en sus manos y si en sus proyectos reconozco los míos, me parece que mi vida se prolonga y más allá de mi tumba. Me gusta su compañía, pero el consuelo que me dan es dudoso; al perpetuar este mundo me la roban. Micenas será de ellos, la Provenza y Rembrandt, y las plazas romanas Qué superioridad estar vivo! Todas las miradas que se han posando antes que la mía en la Acrópolis me parecen caducas. En esos ojos de veinte años me veo ya muerta y embalsamada.

¿Qué veo? Envejecer es definirse y reducirse. Me he debatido contra las etiquetas, pero no he podido evitar que los años me aprisionen. Viviré mucho tiempo en ese decorado en que mi vida se ha ubicado, seré fiel a las antiguas amistades; aunque se enriquezca un poco, el lote de mis recuerdos permanecerá. He escrito algunos libros, no he escrito otros. A este respecto algo me desconcierta. He vivido tendida hacia el porvenir y ahora recapitulo el pasado; se diría que el presente ha sido escamoteado. Durante años he pensado que mi obra estaba ante mí y he aquí que está detrás; en ningún momento ha tenido lugar. [...] Aprendía, para poder algún día servirme de mi ciencia, pero he olvidado enormemente y, con lo que sobre nada, no sé qué hacer. Al recordar mi historia me encuentro siempre más acá o más allá de algo que nunca se ha cumplido. Sólo he experimentado como una plenitud de mis sentimientos.

De todos modos el escritor tiene la oportunidad de escapar a la petrificación en los momentos en que escribe. Con caca nuevo libro que estreno. dudo, me descorazono, el trabajo de los años pasados está abolido, mis borradores son tan informes que me parece imposible proseguir la empresa. Hasta el momento—inadmisible, también aquí hay un corte—en que se hace imposible no acabarlo. Todas las páginas, todas las frases exigen una invención fresca, una decisión sin precedentes. La creación es aventura, es juventud y libertad.

Pero en cuanto abandono mi mesa de trabajo, el tiempo transcurrido se congrega detrás de mí. Tengo otras cosas en qué pensar; bruscamente tropiezo con mi edad. Esta mujer ultramadura es mi contemporánea: reconozco este rostro de muchacha demorada en una vieja piel. Ese señor canoso, que se parece a uno de mis abuelos tíos, me dice sonriendo que hemos jugado juntos en el Luxemburgo. “Usted me recuerda a mi madre”, me dice una mujer de unos treinta años. A cada paso, la verdad me asalta y no comprendo mediante qué ardid me alcanza desde afuera, cuando habita en mí.

La vejez: de lejos se la toma por una institución, pero es la gente joven la que súbitamente descubre que es vieja. Un día me dije: “¡Tengo cuarenta años!”. Cuando desperté de esta perplejidad tenía cincuenta. El estupor que entonces se adueñó de mí todavía no se ha disipado.

No consigo creerlo. Cuando leo Simone de Beauvoir, me hablan de una joven que soy yo. Cuando duermo, a menudo sueño que en sueños tengo cincuenta y cuatro años y que cuando abra los ojos tendré treinta. “¡Qué horrible pesadilla he tenido!”, se dice la joven despierta a medias. también a veces, antes de volver al mundo, un animal gigantesco se sienta en mi pecho. “Es cierto! Lo que es cierto es la pesadilla de tener más de cincuenta años!” Cómo algo que no tiene ni forma ni sustancia, el tiempo, puede oprimirme con un peso tan grande que ceso de respirar? Cómo lo que no existe, el porvenir, puede calcularse tan implacablemente? Mi setenta y dos aniversario está tan próximo como el día de la liberación.

Para convencerme de ello no tengo más que ponerme ante el espejo. Un día, a los cuarenta años, pensé: “En el fondo del espejo me espía la vejez, y es fatal, me atrapará.” Me atrapó. Con frecuencia me detengo, asombrada, ante esa cosa increíble que me sirve de rostro. Comprendo a la Castiglione que había roto todos los espejos. Me parecía que me cuidaba poco de mi apariencia. De ese modo la gente que come a gusto y se siente bien olvida su estómago; mientras he podido mirar mi figura sin disgusto, la olvidaba, la daba por sentada. Ahora detesto mi imagen: por encima de los ojos, el gorro, las bolsas abajo, la cara demasiado llena ese aire de tristeza en torno a la boca que dan las arrugas. Tal vez la gente que se cruza conmigo no ve en mí más que a una quincuagenaria que no está ni bien ni mal, tiene la edad que tiene. Pero yo veo mi vieja cara infectada por una viruela de la que no me curaré.

También me infecta el alma. He perdido el poder que tenía para separar las tinieblas de la luz, consiguiendo, al precio de algunos tornados, cielos radiantes. Mis rebeliones se desaniman por la inminencia de mi fin y la fatalidad de las degradaciones; pero también han palidecido mis felicidades. La muerte ya no está en la lejanía de una aventura brutal; asedia mi sueño y cuando estoy despierta siento su sombra entre el mundo y yo: ya ha comenzado. He aquí lo que no preveía; eso comienza pronto y corroe. Tal vez concluirá sin mucho dolor, cuando todas las cosas me hayan abandonado, de modo que esta presencia a la que no quería renunciar, la mía, ya no será presencia ante nada, no será nada y se dejará barrer con indiferencia. Uno ras otro han sido roídos, se rompen, se van a romper los lazos que me retenían en la tierra.

Sí, ha llegado el momento de decir: nunca más! No soy yo la que me separó de mi vieja felicidad, es ella la que se separa de mí: los caminos de montaña se reusan a mi paso. Nunca más me desplomaré aturdida de fatiga, en el olor del heno; nunca más me deslizaré solitaria por la nieve de las montañas. Nunca más un hombre. Ahora tanto mi cuerpo como mi imaginación han tomado partido. Pese a todo, es extraño no ser más un cuerpo; hay momentos en que esta extrañeza, pro su carácter definitivo, me hiela la sangre. Lo que me aflige, mucho más que estas privaciones, es no encontrar en mí deseos nuevos; se marchitan antes de nacer, en ese tiempo rarificado que es desde ahora el mío. Antes los días se deslizaban lentamente, yo iba más deprisa que ellos, mis proyectos me llevaban. Ahora, las horas demasiado cortas me llevan a rienda suelta a la timba. Trato de no pensar, dentro de diez años, dentro de un año. Los recuerdos se extenúan, los mitos se descascaran, los proyectos abortan en el huevo: yo estoy aquí y las cosas están allá. Si este silencio debe durar, cuán largo me parece mi preve porvenir!

Y qué amenazas encierra! Lo único a la vez nuevo e importante que me puede acontecer es la muerte. O veré morir a Sartre, o moriré antes que él. Es espantoso no estar aquí para consolar a alguien por la pena que le ocasionamos al abandonarlo; es espantoso que él nos abandone y se calle. Sin contar con la más improbable de las posibilidades, uno de esos destinos será el mío. A veces deseo terminar pronto para abreviar esta angustia.

Sin embargo detesto aniquilarme tanto como antes. Pienso con melancolía en todos los libros leídos; en los lugares visitados, en el saber que he acumulado y que no será más. Toda la música, toda la pintura, toda la cultura, tantos lugares: súbitamente ya nada. No es miel, nadie se lamentará con ella. Por lo menos, si me leen, el lector pensará ¡ella había visto cosas! Pero este conjunto, mi propia experiencia con su orden y sus azares—la Ópera de Pekín, la plaza de toros de Huelva, el candomblé de Bahía, las dunas de El Oued, la avenida Wabansia, las auroras de la Provenza, Tirinto, Fidel Castro hablando ante quinientos mil cubanos, un cielo de azufre por encima de un mar de nubes, el haya purpúrea, las coches blancas de Leningrado, las campanas de la liberación, una luna anaranjada sobre el Pireo, un sol rojo ascendiendo sobre el desierto, Torcello, Roma, todas esas cosas de las que he hablado, otras de las que no he dicho nada—en ninguna parte resucitará. Si por lo menos hubiera enriquecido la tierra; si hubiera engendrado... ¿qué? ¿una colina? ¿una espiga? Pero no. Nada tendrá lugar. Vuelvo a ver el seto de avellanos que el viento balanceaba y las promesas con que enloquecía mi corazón cuando contemplaba esa mina de oro a mis pies, toda una vida por delante. Las he cumplido. Sin embargo, al volver una mirada incrédula a esa crédula adolescente, mido con estupor hasta qué punto he sido estafada".

 
Beauvoir, Simone (de): La fuerza de las cosas, Losada, Buenos Aires, 1963.
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Luisina Serenelli

Docente // Fotógrafa // Blogger //Feminista // Doula// Escritora // Lectora incansable // Mamá de Guille y Emi // Enamorada de David // En permanente deconstrucción y construcción

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Hola! Soy Luisina Serenelli. Sanlorencina viviendo hace 19 años en Rosario, Argentina.
Fotógrafa de familia, doula y profesora ❤

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