Juana de Ibarbourou
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Entre la casualidad y el destino, mi libro ♥
02 abril 2010
En estos días me pasó algo muy increíble con internet. Y quiero contarlo porque, al finde cuentas, es una historia linda. Hace un par de días -exactamente el miércoles- David sacó un libro de su infancia. Me contó que era su libro preferido de cuando era chico y que pensaba dárselo a Guille. Me preguntó qué pensaba y le dije que sí, que se lo diera y que entre los dos íbamos a intentar cuidar que no lo rompiera. Y le conté que yo también tenía un libro preferido, que se llamaba "Nuestro mundo". El libro ya no está en mis manos porque mi mamá -en uno de esos ataques de "ordeno"- lo donó a una asociación de ayuda a los pobres. El error/problema/tragedia es que lo donó sin preguntarme ni avisarme. Cuando me di cuenta de que el libro no estaba casi me da un infarto. Recuerdo que lloré MUCHO, pero mucho tiempo. Habré tenido 11 o 12 años. Yo me sabía ese libro de memoria, me conocía sus mapas, los textos. De grande lo busqué por todos lados, siempre que iba a librerías de usado lo buscaba, nunca lo olvidé. Así de marcado me había quedado.
Bueno, la cosa es que ayer jueves, me voy a leer el blog de Ale. Ella es venezolana y nos conocimos en Flickr haciendo el taller de Jackie. Y casi me muero cuando vi la foto de MI LIBRO FAVORITO. Es que también fue uno de los preferidos de su infancia. Con David no lo podíamos creer :) Obvio que ahora la pobre Ale tiene tarea ...jaja ;-)
Sentí una emoción tan grande! Y no puedo aún creer en la casualidad. Y en la fuerza del deseo. Hicieron falta años de desear volver a encontrarlo. Pero nunca dejé de pensar en eso, nunca lo olvidé. Y creo que más allá de la casualidad hay algo que rige nuestras vidas y hace que nos reunamos. Yo creo en que eso es importante (ay, qué tremenda ilusa, pensarán!), nunca dejar de desear. Es más ¿no habré ingresado en el mundo fotográfico solo para conocer a Alejandra y reencontrarme con el libro? (miedito, jaja!)
Yo sé, en el fondo, que es algo material, pero para mí es más que eso. Es el territorio de mi infancia. Sus páginas guardan también sensaciones, momentos compartidos, aromas. Y siento que la distancia entre lo vivido y el presente se acorta.
Solo tengo cosas de cuando empecé a guadármelas por mi misma. Mi mamá no guardó NADA, pero cuando digo NADA es NADA (solo algunas fotos y obvio los documentos y eso). En el otro extremo está mi marido. Hijo único del cual fueron guardadas absolutamente TODAS las cosas. Y cuando digo TODO, es TODO. Tienen una habitación entera destinada a guardar las cosas de David: desde el moisés hasta el pañuelo en el cual se sonó la nariz por primera vez (hahaha!). No estoy de acuerdo en guardar así, compulsivamente. Creo que las cosas -en la medida de lo posible- deben circular. Para que puedan aprovecharlas otras personas. Sí creo que hay que guardar algunos objetos sentimentales. A mi con ese solo libro me hubiera bastado. Cuando me enteré de que lo habían donado sin preguntarme, sentí lo mismo que cuando Yango pintó La mancha de humedad :(
¿Y ustedes?¿Son de guardar cosas?¿Mucho o poco?¿Qué piensan guardar de sus hijos? Yo tengo guardada la ropita con la que Guille salió del sanatorio y algunas mediecitas. Lo otro ya lo puse entre la ropa que usará el segund@. A mí me gusta guardar. Guardo más de lo que debería, me cuesta deshacerme de las cosas. Y creo que tiene que ver con que mi mamá no haya guardado nada de mis primeros años.
Acá me quedo, pensando en cómo la vida nos agrupa y nos desagrupa según nuestras necesidades :)
Lecturas con apego
09 marzo 2009
Este cuento lo leí cuando tenía unos 10 años, pertenece al libro "Chico Carlo" de la escritora uruguaya Juana de Ibarbourou. En el libro recopila anécdotas de su propia infancia, contadas con bellísimas palabras. El texto que sigue es un clásico. Cuando lo leí por primera vez odié al pintor Yango tanto como la protagonista del relato. Cada vez que lo leo me inspira una ternura indescriptible. Lo leo como una defensa a la imaginación, a la creatividad, a las cosas que sólo podemos ver de niños...o de adultos si nos han dejado entrenarnos para verlas.
Yango también es una gran metáfora de algunos sistemas educativos cerrados, donde no hay lugar para la imaginación.
Disfrutemos y protejamos el mundo de los más chicos. Ojalá les guste el texto.
La mancha de humedad
"Hace algunos años, en los pueblos del interior del país no se conocía el empapelado de las paredes. Era éste un lujo reservado apenas para alguna casa importante, como el despacho del Jefe de Policía o la sala de alguna vieja y rica dama de campanillas. No existía el empapelado, pero si la humedad sobre los muros pintados a la cal. Para descubrir cosas y soñar con ellas, da lo mismo. Frente a mi vieja camita de jacarandá, con un deforme manojo de rosas talladas a cuchillo en el remate del respaldo, las lluvias fueron filtrando, para mi regalo, una gran mancha de diversos tonos amarillentos, rodeada de salpicaduras irregulares capaces de suplir las flores y los paisajes del papel más abigarrado. En esa mancha yo tuve todo cuanto quise: descubrí las Islas de Coral, encontré el perfil de Barba Azul y el rostro anguloso de Abraham Lincoln, libertador de esclavos, que reverenciaba mi abuelo; tuve el collar de lágrimas de Arminda, el caballo de Blanca Flor y la gallina que pone los huevos de oro; vi el tricornio de Napoleón, la cabra que amamantó a Desdichado de Brabante y montañas echando humo, de las pipas de cristal que fuman sus gigantes o sus enanos. Todo lo que oía o adivinaba, cobraba vida en mi mancha de humedad y me daba su tumulto o sus líneas. Cuando mi madre venía a despertarme todas la mañanas generalmente ya me encontraba con los ojos abiertos, haciendo mis descubrimientos maravillosos. Yo le decía con las pupilas brillantes, tomándole las manos:
-Mamita, mira aquel gran río que baja por la pared. ¡Cuantos árboles en sus orillas! Tal vez sea el Amazonas. Escucha, mamita, cómo chillan los monos y cómo gritan los guacamayos.
Ella me miraba espantada:
-¿Pero es que estás dormida con los ojos abiertos, mi tesoro? Oh, Dios mio, esta criatura no tiene bien su cabeza, Juan Luis.
Pero mi padre movía la suya entre dubitativo y sonriente, y contestaba posando sobre mi corona de trenzas su ancha mano protectora:
-No te preocupes, Isabel. Tiene mucha imaginación, eso es todo.
Y yo seguía viendo en la pared manchada por la humedad del invierno, cuanto apetecía mi imaginación: duendes y rosas, ríos y negros, mundos y cielos. Una tarde, sin embargo, me encontré dentro de mi cuarto a Yango, el pintor. Tenía un gran balde lleno de cal y un pincel grueso como un puño de hombre, que introducía en el balde y pasaba luego concienzudamente por la pared dejándola inmaculada. Fue esto en los primeros días de mi iniciación escolar. Regresaba del colegio, con mi cartera de charol llena de migajas de biscochos y lápices despuntados. De pie en el umbral del cuarto, contemplé un instante, atónita, casi sin respirar, la obra de Yango que para mí tenía toda la magnitud de un desastre. Mi mancha de humedad había desaparecido, y con ella mi universo. Ya no tendría más ríos ni selvas. Inflexible como la fatalidad, Yango me había desposeído de mi mundo. Algo, una sorda rebelión, empezó a fermentar en mi pecho como burbuja que, creciendo, iba a ahogarme. Fue de incubación rápida cual las tormentas del trópico. Tirando al suelo mi cartera de escolar, me abalancé frenética hasta donde me alcanzaban los brazos, con los puños cerrados. Yango abrió una bocaza redonda como una O de gigantes, se quedó unos minutos enarbolando en el vacío su pincel que chorreaba líquida cal y pudo preguntar por fin lleno de asombro:
-¿Qué le pasa a la niña? ¿Le duele un diente, tal vez?
Y yo, ciega y desesperada, gritaba como un rey que ha perdido sus estados:
-¡Ladrón! Eres un ladrón, Yango. No te lo perdonaré nunca. Ni a papá, ni a mamá que te lo mandaron. ¿Qué voy a hacer ahora cuando me despierte temprano o cuando tía Fernanda me obligue a dormir la siesta? Bruto, odioso, me has robado mis países llenos de gente y de animales. ¡Te odio, te odio; los odios a todos!
El buen hombre no podía comprender aquel chaparrón de llanto y palabras irritadas. Yo me tiré de bruces sobre la cama a sollozar tan desconsoladamente, como sólo he llorado después cuando la vida, como Yango el pintor, me ha ido robando todos mis sueños. Tan desconsolada e inútilmente. Porque ninguna lágrima rescata el mundo que se pierde ni el sueño que se desvanece... ¡Ay, yo lo sé bien!"
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Luisina Serenelli
Docente // Fotógrafa // Blogger //Feminista // Doula// Escritora // Lectora incansable // Mamá de Guille y Emi // Enamorada de David // En permanente deconstrucción y construcción