Noviembre...
30 noviembre 2009
...fue todo un descubrimiento. Primero tuve que saber qué era el still life y me di cuenta de que es un estilo fotográfico que me fascina y que está lleno de posibilidades. También descubrí que mi casa y los objetos que la habitan pueden tornarse bellos con solo volverse un poco loco sacando fotos. Me sorprendí con el poder de un lente f1.8 y me enamoré de las fotos que consigo con él.
1. Frasco y sal, 2. Esperando, 3. Corchos, 4. Gerbera, 5. Colores, 6. Semillas, 7. Nena, 8. Pureza, 9. Love, 10. Mi versión de los broches, 11. Atardecer, 12. Cardamomo y mostaza, 13. Ajíes, 14. Pintar, 15. Ensayando el color, 16. Vivir, 17. Desayuno, 18. Café, 19. Contrastes, 20. El tren de los sueños por cumplir :), 21. Mi versión de los autitos, 22. Wok, 23. Inocencia, 24. Aire vintage, 25. Cofre, 26. Carreteles, 27. Llave antigua, 28. Hecho con ♥, 29. Corazón, 30. Colores
Mi foto preferida del set
Nada más
Brindemos por el still life y porque mañana empieza ¡diciembre!
Esta es mi vuelta al mundo en La vuelta al mundo. Para ver mi set completo, click acá.
Las fotos de los otros fotógrafos del grupo son un derroche de creatividad, belleza y poesía, pueden verlas acá. ¿Qué más? Ah, si quieren saber qué es el still life pueden leer la explicación de Jackie Rueda y para saber qué es La vuelta al mundo, lean acá. Disfruté y aprendí un montón :)
1. Frasco y sal, 2. Esperando, 3. Corchos, 4. Gerbera, 5. Colores, 6. Semillas, 7. Nena, 8. Pureza, 9. Love, 10. Mi versión de los broches, 11. Atardecer, 12. Cardamomo y mostaza, 13. Ajíes, 14. Pintar, 15. Ensayando el color, 16. Vivir, 17. Desayuno, 18. Café, 19. Contrastes, 20. El tren de los sueños por cumplir :), 21. Mi versión de los autitos, 22. Wok, 23. Inocencia, 24. Aire vintage, 25. Cofre, 26. Carreteles, 27. Llave antigua, 28. Hecho con ♥, 29. Corazón, 30. Colores
Mi foto preferida del set
Nada más
Brindemos por el still life y porque mañana empieza ¡diciembre!
Crónicas desde el final del puerperio: Salir al mundo
29 noviembre 2009
Para leer las dos crónicas anteriores, click aquí.
Salir al mundo
Y al tiempo de las demandas y los nombres, le siguió el tiempo de la paz. Y comenzó en mí un gran proceso de búsqueda: quise mirar de frente por qué tuve el parto y la lactancia que tuve y por qué no me animé a más. Encontré respuestas, asumí responsabilidades, revisé legados, despejé el espacio emocional y encontré lugar para mi hija. Fue un camino durísimo, lleno de sorpresas, de cosas vivas y de amor.
Mi puerperio, o como quieran llamar a este período de 20 meses, fue un viaje intenso del que salgo fortalecida, lista para seguir llorando lo perdido pero en paz, con calma. Ninguna otra etapa de mi vida me había hecho replantearme tantas cosas y cuestionarme tanto.
¿Qué cosas aprendí de mí? En primer lugar aprendí que soy capaz de dar. De dar amor, compasión, amistad, solidaridad, abrazos y creo que todas esas cosas deben ser más que valoradas. Aprendí a entender por qué grito, por qué me enojo, por qué me pongo loca cuando algo no sale como a mi me gustaría. Aprendí que muchas de las cosas que hago las hago solo por el elogio y que soy adicta al reconocimiento, y que por eso pude escribir trabajos en la universidad sobre temas que no me interesaban en lo más mínimo: el objetivo era ver la nota que marcaba el máximo reconocimiento. Y en un momento mi vida se convirtió en una carrera para conseguir ese elogio que, naturalmente, cada vez era más difícil de lograr. Me saturé y no volví a pisar Humanidades y Artes -la facultad en donde estudié-, porque la única forma de cortar con eso era cortar con todo. Cuado decidí que ya no quería más investigación, ni congresos, ni charlas, ni nada que tuviera que ver con la vida universitaria, no era demasiado consciente de por qué lo hacía. Recién cuando pude ver desde afuera cómo estaba viviendo, encontré los por qué.
Mucho de lo que soy -con mis defectos y virtudes- tiene que ver con cómo fui maternada, criada, amada y a la vez exigida. Porque a mí no me exigieron solamente mis padres, sino también mis dos hermanas mayores. En un punto, vine a resolver las frustraciones de todos y eso es muy duro para una sola persona. Y fue muy difícil liberarme de ese lugar en el cual fui colocada cuando mis viejos nombraron el mundo.
Claro que todavía me quedan cuestiones por resolver, pero en este tiempo de introspección encontré las partes del disco rayado donde saltaba la pista una y otra vez. Y tengo claro sobre qué aspectos trabajar y cuáles son menos importantes. Y sí, sigo siendo adicta al elogio, al muy bien 10 felicitado, pero al menos ahora tengo más claro el por qué.
Y así como me di cuenta de esto, pude ver muchos aspectos más de mi personalidad que aún están por resolverse. Este tiempo fue una oportunidad para saber más de mí y asumir parte de mi historia y de mis legados familiares. Por mi parte estoy feliz de haberme animado a transitarlo.
Hace un tiempo que vengo sintiendo que ya le saqué a mi puerperio todo lo que este tenía para darme. Y es hora de salir al mundo nuevamente, a aprovechar todo lo que aprendí con mis hija en brazos. Y para ella será el tiempo de aprender a soltarse de mi mano, sabiendo que siempre, siempre estaré acá. Por primera vez desde el nacimiento de mi hija tengo deseos propios, ganas de hacer algo que no la involucre necesariamente -aunque lo haga al lado de ella-, porque lo que siento que se está acabando no es el tiempo compartido, sino el tiempo de fusión emocional. Así, por más que saque fotos con ella a upa, sé que ese interés nuevo y desaforado es solo mío.
Sí, creo que estamos en el fin de una etapa. Cuando me voy a trabajar la extraño horrores, pero ya no siento como si me estuvieran descuartizando. La unión sutil se está desvaneciendo para dar paso a la otra unión: a la de estar conectadas tan simple y poderosamente por el amor que forjamos en este vínculo.
Y para cerrar con estas crónicas -reflejos de mi experiencia-, un fragmento que me identifica muchísimo, es de la última parte de la película El curioso caso de Benjamin Button, basada en una historia escrita por Scott Fitzgerald:
"Nunca es demasiado tarde o temprano para ser quien quieres ser. No hay límite de tiempo, empieza cuando quieras. Puedes cambiar o quedarte igual. Esto no tiene reglas. Sacarle lo mejor a tu peor momento. Ojalá le saques lo mejor. Ojalá puedas ver cosas que te detengan. Ojalá puedas sentir cosas que jamás sentiste. Ojalá conozcas personas con puntos de vista diferentes. Ojalá vivas una vida de la que te enorgullezcas. Y si no es así, ojalá tengas la fuerza para empezar de cero"
Y para cerrar con estas crónicas -reflejos de mi experiencia-, un fragmento que me identifica muchísimo, es de la última parte de la película El curioso caso de Benjamin Button, basada en una historia escrita por Scott Fitzgerald:
"Nunca es demasiado tarde o temprano para ser quien quieres ser. No hay límite de tiempo, empieza cuando quieras. Puedes cambiar o quedarte igual. Esto no tiene reglas. Sacarle lo mejor a tu peor momento. Ojalá le saques lo mejor. Ojalá puedas ver cosas que te detengan. Ojalá puedas sentir cosas que jamás sentiste. Ojalá conozcas personas con puntos de vista diferentes. Ojalá vivas una vida de la que te enorgullezcas. Y si no es así, ojalá tengas la fuerza para empezar de cero"
Amauti
28 noviembre 2009
Vi éste video gracias a mi amada sección Mediateca de Portabebés en el foro de Red Canguro y me impactó. Básicamente porque me encanta ver cómo viven otras culturas del mundo. Es increíble cómo la ropa, al igual que el lenguaje, reflejan una cosmovisión del mundo. Son Amautis (esquimales?), y vean cómo llevan a sus bebés ;-)
Mis razones para amar el verano ♥
27 noviembre 2009
En julio de este año leí una nota de Kireei en donde recomendaban un photostream de Flickr dedicado a las razones para amar el verano. Leí esa nota abrigada con bufanda y calzada con botas. Pero el tiempo pasó y ahora nos toca celebrar la estación que está por comenzar (cuando esté por terminar lo voy a odiar, jaja!). Esta es la primera de la serie de mis razones para amar el verano :)
Crónicas desde el final del puerperio: "Encontrando las palabras"
26 noviembre 2009
Para la crónica anterior, click acá.
Encontrando las palabras
En todas las historias de la mitología grecorromana, el héroe tiene que descender al Hades. El Hades es el reino de lo oscuro, de los muertos. El viaje tiene como objetivo enfrentar al protagonista con su verdad y a la vez, con su destino y devolverlo al mundo de los vivos más sabio, más fuerte y entrenado para llevar a cabo su misión. En ese viaje suele encontrarse con pérdidas que le han dolido mucho, hablar con muertos que le dan consejos y exorcizar su dolor para seguir adelante.
No, no soy Ulises, pero tuve mi descenso, mi viaje personal para conocerme. En ése lugar me ví cara a cara con lo que fui, con lo que soy y con lo que quiero ser.
Como conté en la entrada anterior, algunos hechos aislados y la certeza de que me había "escapado" del puerperio, me llevaron a transitarlo nuevamente, en calma y sosegadamente.
En septiembre de 2008 le detectaron a Guille una displasia de caderas y le colocamos un arnés de pavlik. Como ya conté muchas veces, el arnés deja al bebé con movimientos reducidos: sólo puede mover los brazos. Yo necesitaba vivir nuevamente el lugar del que había huido, y por cosas del azar -o no tanto- me encontraba nuevamente con un bebé que tenía condiciones similares a las de un recién nacido.
Llegó el tiempo de satisfacer todas las demandas, pero también fue el momento de ponerle palabras a eso que me pasaba. Y le conté a esa beba de 6 meses qué dolores tenía guardados en el alma, le conté que los relatos de mi nacimiento eran confusos y que lo único que sé con certeza es que mi papá quería un varón al que iba a llamar Pablo. No sé cómo llegué a este mundo, ni si fui amamantada o no. Pero sí sé que llegué de "sorpresa". No sé si fue deseada, sí sé que fui amada. El resto cayó en el olvido y esos relatos simplemente no están. Le conté a mi hija que sufría porque fui criada entre gritos y golpes, y que era muy difícil separar ese desamparo del amor: había llegado a la maternidad sin saber "dar" porque nadie me lo había enseñado nunca. Le conté que era perfeccionista y detallista y que siempre había alcanzado mis metas con éxito y reconocimiento, y que nuestra lactancia fue la primera derrota de mi vida. Le conté cómo me dolía la distancia con mis hermanas y los duelos que seguían fresquitos, dispuestos a ser revisados y dolidos y llorados como corresponde. Y le conté mil cosas más. No sé si liberé a mi hija de mi angustia, pero sé que me sirvió para mirar hacia adelante y decidir qué quería hacer de ahí en más con mi maternidad y con mi vida.
A Guille le quitaron el arnés y volvimos lentamente al reino de los vivos. Con muchas preguntas que fui resolviendo poco a poco a lo largo de este año. Lo más difícil había pasado y no habíamos enloquecido. ¿Quién me cuidó las espaldas para el viaje? David, que supo escuchar -tal vez de manera inconsciente- mis reclamos. Mis amigas, las virtuales y las reales, cuando pude empezar a poner en palabras todo lo que me pasaba. Las palabras, porque como leí alguna vez en las paredes de un aula "cada palabra escrita es una victoria contra la muerte".
Crónicas desde el final del puerperio: "El camino de poner a la luz mi sombra"
25 noviembre 2009
De a poco estoy empezando a poder escribir sobre mi puerperio. Hace rato que tengo ganas de compartir algunas cosas, sobre todo porque quizá a alguna le sirva -no porque lo vaya a vivir igual ya que cada puerperio, como cada maternidad, es único- y se sienta acompañada. También quiero dejar registro de esto ahora, que estoy encontrando las palabras para escribirlo. Ayer vimos Vals con Bashir, el analista le dice al protagonista en un momento: "La memoria nos lleva adonde queremos ir". Aquí estoy yo, acordándome de todo esto, por algo será que quiero ir hasta ahí. Imposible contar todo lo sucedido en estos 20 meses en una sola entrada, lo dividí en crónicas, partes, pedazos, retazos: como quieran llamarlos. La primera, la más dolorosa.
El camino de poner a la luz mi sombra (marzo/septiembre de 2008)
Intento retrotraerme a los primeros tres meses. Me cuesta, hay algo en mí que me produce un profundo malestar. No digo tristeza, porque realmente ese sentimiento se ha ido diluyendo con el tiempo. Básicamente, los primeros tiempos deben parecerse mucho a los de todas: te ponen un bebé en brazos y no tenés mucha idea de la dimensión de lo que te espera.
Para mí fue el derrumbe emocional. Quedé completamente desprotegida y expuesta. Me aterraba la posibilidad de la muerte. Tanto que estaba prohibido mencionar cualquier término relacionado con ella. Por ejemplo, si David decía: "Esta nena está muerta de calor", yo armaba un escándalo. No quería que se mencionara la muerte en relación a mi beba recién nacida. Era casi una fijación, tanto que le hice el análisis de bilirrubina 4 veces en tres días (qué bobo el médico que me lo permitió, no?)
De esos primeros días tengo imágenes borrosas, oscuras: me recuerdo mirando a Guille todo el tiempo, sin dormir, llorando por el dramón de la lactancia. Momentos duros que en vez de afrontar y bucear en ellos y en mis sentimientos, dejé pasar. Supongo que no estaba dispuesta a transitar el camino del puerperio y decidí obviarlo. Y lo escondí debajo de la alfombra. Es muy difícil describir la angustia en medio de la felicidad, es una sensación que se vive con cada célula del cuerpo y no puede transcribirse en palabras.
Y a los tres meses volví al trabajo. Y me sentía triste, lloraba en el colectivo de ida y en el de vuelta.
Viví como una afrenta el hecho de que mi hija "se apropiara de mi vida", no pude entregarme a la fusión emocional que exige el puerperio hasta muchos meses después del nacimiento de Guille, y en ese no entregarme perdí muchísimas cosas.
Viví como una afrenta el hecho de que mi hija "se apropiara de mi vida", no pude entregarme a la fusión emocional que exige el puerperio hasta muchos meses después del nacimiento de Guille, y en ese no entregarme perdí muchísimas cosas.
Cuando llegaba del trabajo, me costaba volver a conectar con mi maternidad, me costaba mirar a mi hija porque sentía que yo le había provocado ese dolor de no estar, de no tenerme. Fue difícil, lo miro en retrospectiva y no sé cómo pude seguir adelante tan sola, sin un grupo de ayuda o alguien que me contuviera. Yo misma negaba cómo me sentía, me encerré en mi misma y en mi casa, buscaba justificarme: hace mucho frío, hay demasiado humo en el ambiente (por ese época quemaban pastizales en mi zona).
Los cólicos fueron el abismo: estábamos muchas horas solas, y Guille lloraba mucho. Algunas cosas las recuerdo fugazmmente: apenas se esbozan y mi alma las desvanece ¿será que aún no puedo soportarlo?
Convencida de que "me iba a hacer bien", tomé más horas como reemplazante en una escuela técnica cerquita de casa. Como era de esperar, jamás pude conectar con esos chicos: nos hicimos la vida imposible mutuamente. Los chicos se portaban increíblemente mal, peo yo estaba tan metida para adentro que no me sentía capacitada para controlar la situación, los dejaba hacer. Me sentía agotada emocionalmente, volvía todos los días llorando a casa, haciendo responsables de esa tristeza a mis alumnos, que seguramente eran insoportables (arrancaban partecitas de baldosas sueltas y se las tiraban entre ellos, ¡ay!), pero tampoco eran los culpables de mis males de ese momento. Cuando Guille dormía, pasaba las tardes anestesiada mirando Dr. House y lloraba en todos los episodios, incluso me quedó una especie de rechazo y ya no miro las nuevas temporadas. Tuve una sensación profunda de soledad y muerte.
Y por otro lado, el terrible contraste de ser feliz: tener en brazos a Guille, escuchar sus risitas, ver sus sonrisas. Ese contraste me estaba volviendo loca y no entendía por qué me sentía así. Así empecé a entrar a los foros de maternidad y descubrí que no era la única que tenía esa sensación, aunque debo decir que algunas lo llevaban mejor que otras, supongo que porque estaban más acompañadas por sus familias o porque habían asumido que ese período era necesariamente así.
Escuché hablar por primera vez de Laura Gutman y de Carlos González, pero mucha bola no les di porque pensaba que eran libros de autoayuda (sí, soy muy prejuiciosa...no se ofendan pero no me gustan los libros de autoayuda). Un día de agosto de 2008, revisando libros en la librería Cúspide, encontré La maternidad y el encuentro con la propia sombra -el libro de Gutman- y lo compré. Y las cosas lentamente empezaron a suceder, los acontecimientos me iban llevando a ese tan temido puerperio, y esta vez decidí afrontarlo. Me enfermé: después de una sinutsitis muy fuerte, tuve una hemorragia en la boca que el odontólogo no sabía cómo frenar y que cedió solo después de dos horas y una dolorosísima cauterización. Guille se enfermó también, por primera vez. Creo que esa díada mamá/bebé volvían a reunirse por medio de la enfermedad, de la manifestación del síntoma. Todo el dolor guardado ahí en lo profundo, en la sombra, se escapó en sangre.
Lloré tanto después de leer el libro de Gutman que creo que me exorcisé de todos mis temores. Fue ahí en donde volví a buscar mi puerperio, a sacarlo del escondite en donde lo había guardado, a rescatarlo para transformarlo en algo más productivo y sanador. A poner a la luz todas mis sombras.
¡Arte! ¡Arte! ¡Arte!
24 noviembre 2009
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Luisina Serenelli
Docente // Fotógrafa // Blogger //Feminista // Doula// Escritora // Lectora incansable // Mamá de Guille y Emi // Enamorada de David // En permanente deconstrucción y construcción