De amor y de casualidad

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Textos para reflexionar
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Celebremos

Celebremos

24 diciembre 2010
Ya lo postearon en casi todos los blogs de crianza respetuosa, pero creo que es hoy el momento de leerlo, por eso lo traigo aquí. Como siempre digo "consumistas son las fiestas para quienes son consumistas". Y ojo, que yo consumo, pero así como vi ayer en la tele perseguir a un tipo que bailaba en un shopping con una torta en la cabeza para que te de un descuento ¡así ni en pedo! Digo, consumamos, pero tampoco perdamos la dignidad (jajaja!). Bueno, de eso habla este pequeño texto de Gutman que me gusta bastante (siempre tengo mis reservas con Laura, bah! con todos!), de recuperar la magia y el verdadero sentido de esta celebración.
Como saben, tengo una formación religiosa y aunque estoy MUY alejada de la Iglesia (y hasta peleada con sus preceptos), no puedo sacarme de encima algunas de las creencias. Una de ellas es el nacimiento de Jesús. No sé, tal vez me marcó desde que era chica porque me parece un relato maravilloso. En casa preparábamos el pesebre con todos los personajes, pastito, estrella colgando de la chimenea. Quedaba hermoso. Tengo la Navidad mucho más asociada al Niñito Jesús que a Papá Noel, por ejemplo (ejem, bueno, de hecho está asociada más a uno que a otro!). Acá, pueden leer lo que decía el año pasado con respecto a esta fecha ;-)
Como dijo ayer alguien de la Liga en el muro de facebook: celebremos el nacimiento de un niño amamantado. Y agrego: nacido en un parto sin intervenciones y criado a puro brazo.

¡Feliz Navidad!

Las fiestas de fin de año

Perdidos en el consumo de bienes materiales, olvidamos que estamos recordando el nacimiento del Niño Jesús y el mensaje de amor que traía consigo. Habitualmente estamos abocados a saber quién regaló qué cosas, quien se olvidó, quien cumplió con todos y si nuestra familia ha sido justa en la repartición de los obsequios. También comemos con exageración. Brindamos y bebemos más que de costumbre. Y a la cama. Si ésa ha sido la realidad durante los últimos años de festejos familiares, quizás podamos hacer pequeños movimientos que nos satisfagan más y que llenen de sentido esas noches tan especiales. Tal vez podamos volver a cierta intimidad, reunirnos con pocas personas y regalar a cada uno un escrito colmado de agradecimientos. Y para los niños, algo fuera de lo común, soñado, imaginado y en lo posible no muy caro. Los niños tienen derecho a recibir una hermosa carta escrita por Papá Noel felicitándolos por sus virtudes, firmada con letra dorada. Alguien puede regalar un breve concierto de piano o una pieza tocada en flauta dulce. Podemos abrir los álbumes de familia y mirar fotos viejas durante horas, mientras los niños descubren a sus abuelos con cabello, a sus padres siendo niños y a novios y novias que quedaron en el olvido. Sería emocionante ofrecer a los comensales dos minutos de tiempo para pedir un deseo en voz alta, comprometiéndonos a intervenir para que se haga realidad. Y desde ya, podemos hacer silencio. Pensar. Meditar. Rezar. Ponernos las manos en el corazón. Darnos cuenta que estamos juntos. Contarles a los niños algo relativo al nacimiento de cada uno de ellos. En fin, cualquier gesto amoroso, cargado de ilusión y respeto, que nos recuerde por qué estamos juntos, es perfecto para un verdadero día de fiesta compartida. (esta parte que puse en cursiva me encanta! Luisina)

¿Y si hay familiares que no están dispuestos a modificar las rutinas repetidas en años anteriores? No pasa nada. Pero hay algo que sí podemos hacer: revisar si el modo en que históricamente hemos celebrado, ahora encaja con nuestra realidad. Por ejemplo, evaluemos si con bebes muy pequeños, vale la pena estar lejos de casa hasta altas horas de la madrugada, o si es saludable someter a los bebes, a ruidos y música inadecuados. Observemos si nuestros niños se sienten cómodos entre familiares que ven una sola vez por año. Registremos si estamos arrastrando a nuestros cónyuges a circuitos donde no son bienvenidos o se sienten incómodos. Examinemos si nuestro deseo está alineado, o bien si seguimos mandatos obsoletos como por ejemplo asistir a la casa de tal rama de la familia, porque siempre ha sido así y nunca nadie lo ha cuestionado. En cualquier caso, evaluemos si hemos organizado los festejos de fin de año de acuerdo a nuestra realidad familiar o en cambio, en base a los mandatos establecidos.

Sin ninguna duda -si hemos extraviado el sentido profundo de estas reuniones- los niños no tardarán en manifestar sus incomodidades a través de enfermedades, llantos o simplemente portándose muy mal. Si ése fuera el caso, en lugar de castigarlos, examinemos si hemos arrastrado a toda nuestra familia a un sitio absurdo, justo cuando era momento de encontrarnos con nosotros mismos.

Laura Gutman
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Memorias de una joven formal (20/365)

10 octubre 2010
Memorias de una joven formal (20/365)


"Siempre me había debatido contra la opresión del lenguaje; ahora me repetía la frase de Barrès: '¿Por qué las palabras, esa precisión brutal que maltrata nuestras complicaciones?'. En cuanto abría la boca, les daba donde asirse, y me encerraba de nuevo en ese mundo del que había tardado años en evadirme, donde cada cosa tiene sin equívoco su nombre, su lugar, su función, donde el odio y el amor, el mal y el bien son tan identificables como el negro y el blanco, donde de antemano todo está fichado, catalogado, conocido, comprendido e irremediablemente juzgado, ese mundo de aristas cortantes, bañado de una implacable luz, que la sombra de una duda no roza jamás."

Simone de Beauvoir, "Memorias de una joven formal", Sudamericana, Barcelona, 1998. Pág 198

De uno de mis libros preferidos. Lo llevé para sacarme la foto porque es parte de mi, de las cosas que disfruto y terminé leyéndolo nuevamente y saltando de una página a otra. Y encontré esas palabras. El irremediable camino de intentar entendernos por medio del lenguaje ¿podremos?

(la foto forma parte de mi proyecto 365 de autorretratos)
(y no, no leo así...me despatarro bastante jajajajaja!)
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"El silencio", la amistad por Eduardo Galeano

"El silencio", la amistad por Eduardo Galeano

20 julio 2010
Una larga mesa de amigos en el restoran Plataforma, era el refugio de Tom Jobim  contra el sol del mediodía y el tumulto de las calles de Río de Janeiro.
Aquél mediodía, Tom se sentó aparte. En un rincón, se quedó tomando cerveza con Zé Fernando Balbi. Con él compartía el sombrero de paja, que lo usaban salteado, un día uno, al día siguiente el otro, y también compartían algunas cosas más.
- No- Dijo Tom cuando alguien se arrimó- Estoy en una conversación muy importante.
Y cuando se acercó otro amigo:
- Me vas a disculpar, pero nosotros tenemos mucho de que hablar.
Y a otro:
- Perdón, pero aquí estamos discutiendo un asunto grave.
En ese rincón aparte, Tom y Zé Fernando no se dijeron ni una sola palabra. Zé Fernando estaba en un día muy jodido, uno de esos días que habría que arrancar del almanaque y expulsar de la memoria, y Tom lo acompañaba, callando cervezas. Así estuvieron, música del silencio, desde el mediodía hasta el fin de la tarde.
Ya no quedaba nadie cuando se marcharon los dos, caminando despacito.

Eduardo Galeano, en “Bocas del Tiempo”

Hoy es el día del amigo en Argentina, lo festejamos con pasión y casi diría, desmesuradamente. Y a mi siempre me encantó. 
Dedicado especialmente a Marcia, Naty, Pato y Julia. Mis Tom Jobim, tantas veces :)
Y a todos los que día a día pasan por aquí en calidad de "conocidos", "amigos" o lo que sea, no necesito etiquetas para agradecer el cariño. Gracias por estar para mí allí atrás.
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El fuego que nos reúne

El fuego que nos reúne

22 abril 2010
Ayer, Alejandra Galván publicó este texto en Facebook y en su blog. Hoy me llegó en un mail (gracias Dani!) y lo vi publicado en otros blogs. Y la verdad es que a mi también me gusta muchísimo. Hace tiempo que no publico textos ajenos, sobre todo porque tengo cierto recelo en torno a la "autoría" de los textos que circulan por internet: un día te llega un texto a nombre de Jorge Luis Borges y al otro día el mismo pero firmado por García Márquez :S. Bueno, con este texto he decidido arriesgarme y confiar en las fuentes ;-) Y de paso lo guardo acá en el blog para no perderlo.
Para todas las que pasan por aquí, porque siempre hay algún fuego que nos reúne...no importa cuál sea: el fuego de la crianza, la teta, el parto respetado, el fuego del trabajo cotidiano, el fuego de amistades viejas o nuevas, el fuego de las fotos. No importa qué fuego nos ha reunido: son todas muy importantes para mí :)¡Que lo disfruten!


Cuando las cabezas de las mujeres se juntan alrededor “del fuego”, Simone Seija Paseyro Uruguaya

Alguien me dijo que no es casual…que desde siempre las elegimos. Que las encontramos en el camino de la vida, nos reconocemos y sabemos que en algún lugar de la historia de los mundos fuimos del mismo clan. Pasan las décadas y al volver a recorrer los ríos esos cauces, tengo muy presentes las cualidades que las trajeron a mi tierra personal.

Valientes, reidoras y con labia. Capaces de pasar horas enteras escuchando, muriéndose de risa, consolando. Arquitectas de sueños, hacedoras de planes, ingenieras de la cocina, cantautoras de canciones de cuna.

Cuando las cabezas de las mujeres se juntan alrededor de “un fuego”, nacen fuerzas, crecen magias, arden brasas, que gozan, festejan, curan, recomponen, inventan, crean, unen, desunen, entierran, dan vida, rezongan, se conduelen.

Ese fuego puede ser la mesa de un bar, las idas para afuera en vacaciones, el patio de un colegio, el galpón donde jugábamos en la infancia, el living de una casa, el corredor de una facultad, un mate en el parque, la señal de alarma de que alguna nos necesita o ese tesoro incalculable que son las quedadas a dormir en la casa de las otras.

Las de adolescentes después de un baile, o para preparar un examen, o para cerrar una noche de cine. Las de “veníte el sábado” porque no hay nada mejor que hacer en el mundo que escuchar música, y hablar, hablar y hablar hasta cansarse. Las de adultas, a veces para asilar en nuestras almas a una con desesperanza en los ojos, y entonces nos desdoblamos en abrazos, en mimos, en palabras, para recordarle que siempre hay un mañana. A veces para compartir, departir, construir, sin excusas, solo por las meras ganas.
El futuro en un tiempo no existía. Cualquiera mayor de 25 era de una vejez no imaginada…y sin embargo…detrás de cada una de nosotras, nuestros ojos.
Cambiamos. Crecimos. Nos dolimos. Parimos hijos. Enterramos muertos. Amamos. Fuimos y somos amadas. Dejamos y nos dejaron. Nos enojamos para toda la vida, para descubrir que toda la vida es mucho y no valía la pena. Cuidamos y en el mejor de los casos nos dejamos cuidar.


Nos casamos, nos juntamos, nos divorciamos. O no.

Creímos morirnos muchas veces, y encontramos en algún lugar la fuerza de seguir. Bailamos con un hombre, pero la danza más lograda la hicimos para nuestros hijos al enseñarles a caminar.

Pasamos noches en blanco, noches en negro, noches en rojo, noches de luz y de sombras. Noches de miles de estrellas y noches desangeladas. Hicimos el amor, y cuando correspondió, también la guerra. Nos entregamos. Nos protegimos. Fuimos heridas e inevitablemente, herimos.

Entonces…los cuerpos dieron cuenta de esas lides, pero todas mantuvimos intacta la mirada. La que nos define, la que nos hace saber que ahí estamos, que seguimos estando y nunca dejamos de estar.

Porque juntas construimos nuestros propios cimientos, en tiempos donde nuestro edificio recién se empezaba a erigir.
Somos más sabias, más hermosas, más completas, más plenas, más dulces, más risueñas y por suerte, de alguna manera, más salvajes.

Y en aquel tiempo también lo éramos, sólo que no lo sabíamos. Hoy somos todas espejos de las unas, y al vernos reflejadas en esta danza cotidiana, me emociono.

Porque cuando las cabezas de las mujeres se juntan alrededor “del fuego” que deciden avivar con su presencia, hay fiesta, hay aquelarre, misterio, tormenta, centellas y armonía. Como siempre. Como nunca. Como toda la vida.
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Reflexiones acerca del burn-out de las madres

Reflexiones acerca del burn-out de las madres

25 enero 2010
Leí este artículo gracias a la recomendación del blog Adivina cuánto te quiero. Es un escrito interesante, aunque debo decirles que no estoy de acuerdo con todo. Hay algunas cosas que me gustan y otras que no. La que menos me gusta es que hacia el final la autora propone, para evitar el supuesto burn-out de las madres, que vayamos a trabajar. Es decir, si tenemos muy "quemado el cerebro" por hacer las cosas de la casa, la solución para ella sería "ir a trabajar para distraernos y de paso obtenemos el reconocimiento que no nos dan por hacer el trabajo en casa". No estoy para nada de acuerdo con esto. De hecho, mientras iba leyendo pensaba "En una semana yo tengo este mismo panorama y encima ¡tengo que ir a trabajar!" No sé quién inventó que el trabajo es relajante, pero seguro que fue alguien que tiene un trabajo ¿en la playa?
Mi opinión al respecto es que las madres nos "quemamos" o "agotamos" porque carecemos de "tribu", como dice Laura Gutman en este artículo que a mi me gusta tanto. Pero no creo que la solución sea ir a trabajar y dejar a lo chicos al cuidado de otros (estoy hablando de este tema en particular del agotamiento, no de la "necesidad" que tenemos muchas mujeres de ir a trabajar). Sí creo que muchas veces ese agotamiento produce un distanciamiento o una falta de conexión con nuestros hijos (lo creo porque me pasa). Eso de hacer las cosas en "modo automático" a mi me hace sentir terriblemente culpable...y es como un tabú reconocerlo. ¿Y les soy sincera? yo hasta he jugado con Guille en "modo automático", y me dan ganas de llorar de solo escribirlo. Y eso es maltrato, y todos los días lucho con mi propio desamparo emocional para no hacerlo.
En esta casa estamos en plena época de rabietas (por cierto, me resultó muy útil este artículo que escribe Ale, de Cuatro en la cama), yo estoy al borde del agotamiento intentando terminar un curso, en medio de otro y con un marido que está trabajando 12 horas por día y al que hoy le anunciaron que posiblemente tengan que operarlo de la mano (oh!). Y el lunes que viene vuelvo al trabajo (según la autora debería estar feliz...).
Si van a leer el artículo es probable que se irriten por algunas afirmaciones. Hagan como yo, si les sirve algo lo toman. Y si no...hay que dejarlo ir ;-) por cierto, la autora se limita a "exponer" qué es el burn-out, pero no da muchas soluciones (ah, no cierto: ir a trabajar lo resuelve todo, así le dedicamos "tiempo de calidad"...la mentira más grande inventada desde que la mujer trabaja, en definitiva este artículo es más de lo mismo...mmmm....al final no me gustó casi nada...jaja).


EL AGOTAMIENTO MATERNO

Tres asientos delante de mí, en el tren de alta velocidad, viaja una mamá acompañada de sus dos hijos que cada vez se va poniendo más nerviosa. De repente, levanta el tono de voz y dice en tono amenazador:
—Vas a recibir!
Los demás pasajeros se miran, molestos... Nadie interviene. Ignoro lo que estarán haciendo los niños, pero el nerviosismo de a madre sube un grado:
—jYa lo verás, vas a recibir! Te lo has ganado! Decido abandonar mi lectura, y me acerco al trío:
—Se la ve nerviosa... ¿Necesita ayuda?
—No, gracias.
—Si...
Insisto con delicadeza.
—Sí, gracias, estoy agotada.
Me instalé a su lado para jugar un poco con los niños. Mi mera presencia ya los había calmado. La intervención de un tercero siempre suaviza las cosas, a condición, por supuesto, de que no se dedique a echar más leña al fuego...
Cuando estamos agotados, no podemos pensar en todo. duras penas conseguimos atender lo más urgente. Aquella madre habia conseguido colocar a sus hijos y el equipaje en el tren, había pensado en proveerse de comida y bebida, pero había olvidado coger algo para que se distrajeran. Estaba extenuada y ni contaba con los recursos necesarios para distraerlos.
Violaine Guéritault* dice: «Estaba llenando la lavadora mientras oía el ruido de fondo que armaban mis dos hijos al pelearse por enésima vez durante la mañana. De repente, se oyó un tremendo “ seguido por los aullidos de mi hija. Y m quedé quieta, inmóvil, creo que pensé en algo así como “del suelo no pasa”, o “si grita, es porque aún está viva”. Entonces acaba de llenar la lavadora como una autómata. No sentía nada. Había dejado de pensar como una madre».
Era el detonante. Violaine Guéritault estaba preparando su doctorado sobre el burn-out profesional (*L’épuissement maternel et comnient le surrnonter, Violaine Guéritault, Odile J cob, 2004. Un libro de lectura imprescindible). Inmediatamente relacionó lo que acababa de vivir con su trabajo. En su oficio de madre, estaba atravesando por una fase de burn-out. ¡El agotamiento profesional no es exclusivo del mundo de la empresa, sino que también está presente en el hogar!
Los padres recién estrenados están expuestos a padecer Todas las madres, hasta las que se muestran más serenas, tiene:
una vida cotidiana muy estresante. Una multiplicación de tarea repetitivas, poco o nulo reconocimiento respecto a su labor, he ranos demenciales, un montón de situaciones que escapan de s control, imposibilidad de concentrarse en una tarea sin verse iii terrumpida al menos diez veces... ¡Las 24 horas del día y 365 día al año sin fecha de caducidad...! ¡Porque es imposible dimitir d oficio de madre!
Así pues, silos bebés son tan maravillosos... ¿por qué las madres se agotan tanto? ¿No será que la causa de su agotamiento resida, precisamente, en que no pueden quejarse de «lo maravillosa» que es su situación?
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Violaine Guéritault establece la lista de los agentes estresantes en la vida de la madre:
• El trabajo materno implica volver a hacer mil veces as mis mas tareas. Tiene que lavar y limpiar. Todo vuelve a estar sucio algunos minutos más tarde, privando a la mujer de ese sentimiento de tarea hecha que da sentido y energía al trabajo.
• Una madre vive numerosas situaciones sobre las que no tiene ningún control. Le gustaría ser capaz de proteger a su hijo de todo, pero a menudo se ve impotente. Y no sólo estamos hablando de accidentes o de percances que requieren hospit lización, sino también, en la vida cotidiana, de los cólicos del lactante, de los dolores de la dentición o de las picaduras de avispa...
• Si hay algo que caracterice a los niños pequeños ese algo es la imprevisibilidad. Por mucho que la madre se planifique el día, lo más seguro es que sus previsiones acaben patas arriba. Justo en el momento en que sale para encontrarse con una amiga, cuando va a colocar al bebé en el cochecito, se da cuenta de que tiene que cambiarle los pañales... Aunque usted sea muy organizada, su pequeño acabará desestabilizándole el horario. No es nada raro que, al llegar la noche, algunas madres, sintiéndose abatidas, lleguen a pensar que «no he hecho nada en todo el día».
• Todo trabajo merece recompensa... No obstante, parecería que eso no se aplica al trabajo de madre. Se la idealiza y honra como es debido el Día de la Madre, pero en su vida diaria recibe muy poco reconocimiento por parte de los demás; para la gente, no hace más que cumplir con su deber.
• A todo ello hay que añadir que una madre no tiene derecho a cometer errores. Ella misma se pone el listón muy alto, y se desespera al comprobar la diferencia existente entre el modelo de lo que querría ser y lo que vive cada día.

¿Quién se encarga de apoyar a las madres? En el plano psicológico, la mayoría de las veces están solas frente al niño. En ocasiones, pueden acudir a alguna institución de las que se d dican a acoger a las madres y a los bebés durante unas horas, pero por lo general cuentan con pocos lugares preparados para escucharlas. La inmensa mayoría de la gente prefiere creer que, para sentirse felices y colmadas, les basta con estar junto a sus adorados y encantadores hijos. No quieren oír que a veces les entran ganas de estrangularlos. ¿Y qué pasa con el marido?, pues que, cuando éste vuelve del trabajo, o bien ella no se atreve a pedirle nada por temor a que vuelva a salir pitando, o bien descarga sobre él tal avalancha de quejas, que el pobre hombre no sabe qué hacer con ellas. También puede suceder que su marido le conteste que ella no tiene que volver a trabajar, o que Martine —o lo que es peor, su madre, es decir, su suegra—, sabe arreglárselas bien... En resumen, no se puede decir que la apoye demasiado.
En general, la mujer que se queda en casa se encarga de todos los quehaceres domésticos. En vez de intentar ayudarla para que no se canse en exceso, algunas veces el marido hasta espera que también se ocupe de él. «¿una asistenta? ¡Ni pensarlo!», se dicen más o menos conscientemente las mujeres. «Si mi madre podía con todo, ¿por qué yo no?» Además, muchos maridos no ven la necesidad de ese gasto «ya que no tienes otra cosas que hacer durante todo el santo día».
Reconozcámoslo, es indudable que cuando el reparto de las
tareas del hogar no está equilibrado, el amor que la madre siente por su hijo puede salir perjudicado.
¿Les parezco trivial? ¿Opinan que exagero? ¿O acaso son de
los que creen que el amor de una madre no puede depender de la vajilla o del aspirador? ¡Pues yo afirmo que sí!
Demasiada ropa que lavar, demasiados suelos que fregar, demasiados platos que cocinar y lavar... Todo ello puede llegar a alterar la capacidad de amar de una madre.
De hecho, no es tanto la tarea en sí misma la que obstaculiza el amor como el sentimiento de injusticia. Una injusticia que rara vez se ve reconocida como tal. Una injusticia que se halla resumida en esta constatación cotidiana: cuando él le cambia el pañal al bebé, lo encontramos maravilloso, pero cuando lo hace ella, nadie la admira. Es lo «normal». Un hombre, que ejercía de padre de familia, un día me dijo: «Día tras día me doy cuenta de lo injustas que son las cosas para mi mujer. Si yo hago cien, me fe licitan y me adulan, pero si ella hace mil, nadie lo ve». Este padre mostraba un grado de concienciación bastante excepcional tanto entre los hombres como entre las mujeres. Y hasta cuando di cha concienciación existe, lo normal es que la injusticia no desaparezca porque está grabada en lo más profundo de la sociedad. Con todo, también hay otros maridos menos sensibles que no consiguen ver el problema, y que hasta pueden llegar a desvalorizar, humillar y culpabilizar a sus mujeres cuando se quejan o no logran alcanzar sus objetivos.
En el hogar, muchas veces la mujer se ve obligada a reprimir ira: la relacionada con la frustración, con la injusticia, y a veces que le provoca la herida que le inflinge un marido inconsciente cuando no poco delicado.
las mujeres que viven solas tienen tantas dificultades como demás. El rencor que se mantiene en secreto es lo que impide que florezca el amor, y no la falta de un hombre.
La sociedad espera que las mujeres sepan ejercer bien su papel, como si fuera algo innato. Tienen fama de ser buenas profesionales, mientras que algunos hombres no pasan de ser considerados meros aficionados. Pero la realidad es que no saben mas que los hombres. Bien es verdad que las mujeres secretan las hormonas del afecto y que llevan el biberón integrado en su cuerpo, pero en sus genes no hay nada inscrito acerca de cuál es la mejor marca de pañales, de las vacunas o de las relaciones con los profesores. Por no hablar de que tienen que ir adaptándose continuamente. Con los hijos nunca puede darse nada por ganado: los niños crecen y cambian. Y no hay dos hijos iguales.
Al cabo de un cierto tiempo, la madre no puede más. Violaine Guéritault* describe muy bien la primera fase del burn-out: el depósito de energía se vacía. La madre padece agotamiento emocional y físico provocado por la necesidad de ir adaptándose permanentemente.
Si la madre no encuentra ayuda ni apoyo, si no puede liberar su sobrecarga de estrés, corre el peligro de llegar con bastante rapidez al segundo estadio: el de la despersonalización y el distanciamiento.
¡Ella sabe que tiene que seguir funcionando pero no sabe cómo! Su única salida consiste en separarse inconsciente y emocionalmente de la fuente del estrés, con el fin de minimizar las fugas de energía y de continuar realizando, como un autómata, las tareas de las que no se puede librar. La madre agotada se ocupa de su hijo, pero sin afecto. Lo hace, y punto. Todas nosotras hemos pasado por esos momentos de completo agotamiento. Hacemos lo que toca que hacer: preparar la comida, vaciar la bañera, quitar la mesa y acostar a los niños, pero todo de un modo automático
Cuando el agotamiento nos invade, ese modo automático se vuelve permanente. La madre se aleja cada vez más de sus hijos. Ya no está afectivamente a su lado. Cuando una madre se siente sola cae en la depresión. Es cada vez menos eficaz, todo le pide un esfuerzo inmenso y pone en duda sus capacidades. Ciertas tareas que antes llevaba a cabo, como telefonear o rellenar formularios, le parecen algo irrealizable. Poco a poco, se va deslizando hacia la tercera y última fase del burn-out. Gritos, golpes, castigos..., la madre hace todo aquello que nunca hubiera querido hacer a sus hijos, con el resultado de que, evidentemente, las cosas empeoran; es un círculo vicio so. La clase de madre que ve en sí misma, es decir, aquella en la que cree haberse convertido, está tan lejos de la madre con la que soñaba llegar a ser, que hasta puede llegar a preferir borrar de un plumazo todos sus proyectos. Después de haber perdido la motivación y con la autoestima por los suelos, reniega de todo lo que ha hecho, de todos sus logros, pasados, presentes y futuros.
Y aunque no todas las madres caigan en la depresión, una inmensa mayoría —por no decir todas— pasan por una fase fugaz, recurrente o prolongada de agotamiento.
El burn-out no aparece porque la mujer sea un ser más o me nos frágil. Ni tampoco por el hecho de que el pasado de una mujer haya sido más doloroso que el de otra, sino que es el resultado de la interacción con su entorno. De nada sirve darle medicamentos, ya que no es a ella a la que hay que atender, sino a su entorno, que tiene que sufrir una remodelación. Asimismo, no es una patología exclusiva de las mujeres. Una pediatra suiza ha demostrado que a los padres les pasan exactamente las mismas cosas cuando son los que se quedan en el hogar para ocuparse de sus bebés.
En estas condiciones tan difíciles, es fácil comprender que a veces el vaso esté lleno y que los hijos hagan que rebose. Una madre agotada, invadida por el burn-out, se desvincula de su hijo. Cada vez consigue dominarse menos. Se ve a sí misma como si fuera una prisionera y se siente explotada por su hijo. Puede rebelarse contra las exigencias de este último, viéndolo como un tirano y llegado a odiarle por ello... Y a veces ese odio puede llegar a ser tan intenso que puede llegar a borrar sus sentimientos maternales. Me absorbe por completo —decía Camille—. No lo aguanto más. Es terrible decirlo, pero no siento nada por mi hijo. A veces me ocupo de él como si fuera un autómata, pero enseguida consigue sacarme de mis casillas. Si no hace inmediatamente lo que le pido, me vuelvo loca.»
¿Acaso Camille es una mala madre? «No es maternal», opina su suegra. Siguiendo mis consejos, Camille volvió a trabajar y poco a poco fue volviendo a querer a su hijo. Ahora le encanta jugar con él. (la negrita es mía: ¿qué estupidez es esta? Este artículo me está enojando más de lo que pensé. Luisina) ¡Sencillamente lo que pasaba es que se hallaba en una fase extrema de burn-out!
Emociones reprimidas, autodesvalorización, alejamiento emocional, distancia afectiva, impotencia, frustración... ¡El cóctel es explosivo! Cuando una madre «se rompe» y maltrata a su hijo, toda la sociedad tiene que asumir la responsabilidad de ello, y no ella sola.

Leído gracias a Adivina cuánto te quiero. A su vez la lectura del artículo la hice en el foro Entre Comadres, en el mismo se menciona como fuente el libro "Los padres perfectos no existen" de Isabelle Filliozat, pueden leer el primer capítulo de dicho libro aquí.
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Honremos a nuestros hijos, por Laura gutman

Honremos a nuestros hijos, por Laura gutman

07 enero 2010
No hay nada más sagrado que un niño pequeño. Nada más puro, más hermoso y más frágil que un niño pequeño. Por lo tanto, no solo nos corresponde adorarlos, sino cuidarlos como un fino cristal, porque de lo contrario, se rompen para siempre. ¿Qué hacemos frente a una joya única que nos han dado para custodiar? La envolvemos en un manto de terciopelo. Luego la adornamos con cintas de oro. Vigilamos que nadie se acerque. Velamos que no sea manoseada. La acariciamos suavemente para que brille cada día más. La resguardamos de vientos y mareas. La protegemos de violencias humanas. Y en el momento adecuado, la volvemos a entregar al camino. El valor de la alhaja es incalculable y cualquier rasguño que sufra, será nuestra responsabilidad. Solo deteniéndonos a observar la belleza infinita que emana de su luz, podemos vislumbrar el tesoro que llevamos en nuestras manos. Así son nuestros hijos, así de bellos, de luminosos y resplandecientes. Los niños merecen recibir desde el instante en que nacen, nuestro respeto genuino, complaciente y cotidiano. Cosa poco habitual. Quizás por eso sea ésta la más atroz contradicción de nuestra moderna sociedad: No honrar lo más bello y puro que tenemos, se convierte en una masacre colectiva. Por eso, hagamos unos minutos de silencio. Observemos a los niños. Ofrezcámosles nuestras mejores sonrisas, si no tenemos nada más para brindar. Acariciémoslos. Respetémosles el sueño, la vigilia, el hambre, el juego, el ritmo, el contacto, la curiosidad y el derecho a la verdad. Rindámonos ante ellos, tomando en serio cada pedido. Tratemos sus cuerpos con dulzura y dedicación. No los contaminemos con palabras furiosas. Recordemos que en los niños vibra el alma de la excelencia.

Laura Gutman (Newsletter mes de enero)
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Buscando la "tribu moderna"

Buscando la "tribu moderna"

28 diciembre 2009
Cada mes recibo en mi correo el newsletter de Laura Gutman. De los doce artículos que recibí durante el año, el que más me gustó es el que comparto aquí:

En lugar de tribu hay sólo un padre

Todas las madres con niños pequeños necesitamos sostén, acompañamiento, solidaridad, comprensión y resguardo de otros miembros de nuestra tribu. Pero claro, en el mundo occidental -especialmente en las grandes ciudades- nos hemos quedado sin tribu. Emprendemos la búsqueda solicitando apoyo y lo que encontramos más cerca es al señor que duerme en nuestra cama, que en la mayoría de los casos ha sido nombrado padre oficial del niño. Llamativamente suponemos entonces que toda la compañía, el cobijo, la ayuda, la disponibilidad y la empatía que una tribu entera nos hubiera prodigado, ahora debería provenir de una sola persona: el padre del niño. Tomemos en cuenta que una cosa es la inmensa necesidad de ser amparadas frente a la desesperación, la locura y las vivencias confusas que estamos experimentando desde el nacimiento de nuestros hijos, y otra es lo que un solo individuo puede ofrecer, reemplazando los roles de muchos.
Cuando no vislumbramos nuestra realidad en forma global, creemos que las cosas se solucionarían si el varón regresara más temprano a casa, si cambiara los pañales de vez en cuando o si ganara más dinero. Es tiempo de admitir que somos sólo dos personas -nada más que dos- y que tanto las madres como los padres estamos demasiado solos en la compleja tarea de acunar a nuestros hijos. Si la realidad es tan desventajosa, compartamos lo que nos pasa, conversemos y decidamos juntos a quiénes pedir ayuda. Inventemos una red amorosa donde haya un lugar destacado para los niños. Ofrezcamos una sonrisa, un libro, un dato valioso a otras madres. Abramos nuestras casas, cocinemos algo delicioso, invitemos a otros adultos con niños a visitarnos. Si participamos en la construcción de una tribu moderna, dejaremos de culpar a nuestra pareja. Y aparecerá la virilidad que estábamos reclamando.

Laura Gutman

Me parece increíblemente lúcido, aunque bastante utópico. Utópico porque para recuperar las funciones de toda una tribu (o de una familia grande como la de nuestras abuelas) no alcanza con cocinar algo rico. Creo que hace falta una transformación social porque estamos demasiado encerrados, y no solo dentro de nuestra casa. Estamos encerrados en la falta de tiempo para socializar, para pasar tiempo con otra gente. Muchos de nosotros solo tenemos contacto durante el día a día con nuestros compañeros de trabajo. Personalmente, me cuesta muchísimo encontrar el tiempo para ver a mis amigas. Claro que ayudan las redes sociales -ya sean reales o virtuales-, pero no se igualan con la labor de toda una tribu. No sé bien cómo se haga eso, pero nuestras obligaciones occidentales no son compatibles -lamentablemente- con la forma de vida de una tribu o de las familias de antes. No necesito que la abuela me lave los platos, pero sí me gustaría encontrar sostén y apoyo, abrazos, crianza compartida. Ese es mi propósito para el año que viene: tender la red y encontrar los caminos para criar en comunidad. "Participar en la construcción de una tribu moderna", ¡eso!
¿Les gustó el artículo de Laura Gutman?¿Qué piensan al respecto?¿Tienen una "tribu"?¿Piensan formarla?
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Las palabras y los niños

23 agosto 2009

Ayer fuimos a la Isla de los Inventos, uno de los espacios dedicados a los niños en Rosario. Este lugar, junto con El Jardín de los Niños y La Granja de la Infancia, integra el llamado Tríptico de la Infancia. El proyecto está enmarcado en La ciudad de los niños, propuesta ideada por Francesco Tonucci para varias ciudades del mundo. Nos resta por conocer La granja de la Infancia. Son espacios de gestión pública, con una entrada de precio módico.

Tengo que decir que La Isla de los Inventos es un lugar mágico, plagado de arte, juegos y libros. Muy bien desarrollado y cuidado. Siempre teniendo en cuenta la consigna de construir lugares respetuosos para las necesidades de los niños. Cuando ya habíamos recorrido buena parte del lugar, nos quedamos a ver el espectáculo que se ofrecía. Me asombró ver cómo Guille se quedaba calladita y sentada a disfrutarlo. Estuvo muy lindo y fue el primer espectáculo teatral que vio mi hija. A la salida, en una mesita, había varios papeles de promociones y ese tipo de cosas. Tomé algunos, entre ellos estaba este escrito que copio a continuación. Es un regalo para ustedes, realmente me emocionó muchísimo leerlo. Son "consignas" generadas a partir de palabras que propusieron los niños que asistieron a una jornada realizada en mayo de este año. Si bien el escrito está "retocado", las palabras desde donde surgieron son reales.

¡Que lo disfruten!

MANIFIESTO DE LOS CHICOS


30 de mayo de 2009

Con motivo del aniversario de los 10 años del Tríptico de la Infancia


Nosotros, los chicos de Rosario, que nacimos hace poco, aunque parezca muchísimo tiempo, reunidos en La Granja de la Infancia el día 30 de mayo de 2009, juntamos nuestras palabras, frases y definiciones. Son palabras de chico, las regalamos, las ponemos en banderas para que no se olviden, son palabras levantadas en el aire para que sean libre, dichas bajito para compartirlas y escritas en tela para que no desaparezcan. SON NUESTRO MANIFIESTO.

Lo bueno que tiene es que somos muchos y hablamos por mucho tiempo: como diez años, que es toda una infancia, que es toda una patria, que es todo nuestro corazón flameando. No es un manifiesto serio y terminado, más bien es una canción, una lista de cosas para hacer o recordar, o un regalo para que todos estemos mejor.

Somos los chicos. Estamos más cerca de la tierra, somos nuevitos en la vida, tenemos las ideas sueltas. Los invitamos a jugar con nuestra proclama y a lo mejor jugando y jugando, puedan ver el mundo de otro modo.

Somos los chicos gente grande. Si supieran cuánto los queremos, ahora mismo, se estarían poniendo muy felices.


POR LO EXPUESTO Y CONSIDERADO

Los chicos y chicas presentes en este acto declaramos, proclamamos y ratificamos las ideas que aquí están escritas. Para nosotros, para nuestros padres y abuelos, para los gobernantes y maestros, para nuestros hijos y para todos los hombres y mujeres de buen corazón que quieran habitar el país de los niños, aprobamos y establecemos esta constitución que será conocida como la Constitución de la Patria de la Infancia y podrá volar por los aires para que todo el mundo pueda compartirla.


1) Cuidemos lo público porque para algunos es lo único.

2) Es el momento de mezclar todas las ideas para que salga una mejor.

3) Comer te calma el hambre, aprender es viajar con el cuerpo y la imaginación. Tener hambre no te deja ser libre.

4) Nadie sabe todo. No nos mientan.

5) Los chicos les enseñamos a los grandes a ser grandes, a ser padres, a amar mejor. Tu hijo puede ser el maestro de tu vida.

6) Sueños tenemos todos, lo que falta es un sueño común.

7) Prohibido ideas tristes, bienvenidas ideas alegres.

8) Cuídense y no nos dejen de cuidar nunca, aunque seamos grandes.

9) Nos damos cuenta de que pasa el tiempo en el corazón. Vivir es querer a otros.

10) La imaginación es la máquina de hacer aparecer cosas e ideas, justo en el país de los desaparecidos.

11) Nuestros nombres son importantes. No lo olviden.

12) El que se queda sin trabajo no puede pensar más en el futuro.

13) La identidad es el pasado de los recuerdos. Los recuerdos somos nosotros.

14) La esperanza es tener fe en que todo no nos puede salir mal.

15) No griten, no golpeen. Nos da miedo.

16) Para que haya cambios nos tienen que dejar pensar y no nos dejan.

17) Hay mucha desigualdad y nos gustaría cambiarla. Que nos dejen pensar cómo. Al final nos va a tocar hacerlo a nosotros.

18) Los chicos tenemos poder. Queremos aprender a usarlo.

19) Que se distribuyan las palabras para todos, las tecnologías para todos y las cosas también.

20) En la Gran Biblioteca del pensamiento hay mucho lugar. Caben las palabras, los libros, las imágenes, las ideas y todavía queda mucho espacio.

21) Que haya intercambio de palabras y cosas para que dejen de matarse.

22) Si todos nos matamos quién va a contar nuestra historia.

23) El alma puede ser como un armario, podés ir allí toda la vida para saber quién sos.

24) Apasionarse es un motivo que te empuja y va más allá de lo que podamos decidir.

25) Yo soy otro vos. Si no estamos juntos, nos perdemos.


En Rosario, Argentina, en los finales de mayo, el mes que nos hizo libres.
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"Tu hijo es una buena persona" por Carlos González

18 agosto 2009

Foto: Seema KK en Flickr Creative Commons

A propósito de algo que mi amiga Sheila comentó en la Red Social Familia Natural, alguien citó un texto de Carlos González que es, en realidad, una versión resumida del último capítulo de la primera parte del libro Bésame Mucho. Volví a leer el texto, emocionada y tengo que reconocer que es uno de mis fragmentos favoritos del libro. Personalmente (y esto cuenta solo para mí) pienso que mi hija no necesita que le "enseñe a dormir" -ya que el sueño es un proceso neurológico madurativo-, tampoco necesita que la "entrene" para ir al baño -también es un proceso madurativo- y límites sí le pongo, pero siempre desde el amor y el respeto. En conclusión, creo firmemente que el amor nutre muchísimo más que los falsos preceptos acerca de la crianza y quiero enseñarle a Guillermina que el mundo es un bello lugar, no un sitio constantemente lleno de amenazas y peligros. Este texto es maravilloso y nos recuerda cosas que la "cultura" tapa con sus frases incoherentes y vacías de sentido. Es larguísimo, pero lo publico entero por si alguien no tiene el libro.

"Muchos expertos, probablemente bienintencionados, nos hablan de los problemas de conducta de los niños. Hay problemas de alimentación, problemas de sueño, celos, violencia, egoísmo... Todo el mundo nos habla de los problemas de nuestros hijos, de cómo detectarlos, cómo prevenirlos o cómo solucionarnos, de cómo nos «manipulan» o de por qué hay que ponerles límites. Nadie nos recuerda que nuestros hijos son buenas personas.
Y lo son. Tienen, forzosamente, que serlo. Ninguna especie animal podría sobrevivir si sus individuos no nacieran con la capacidad de adquirir el comportamiento normal de los adultos y la tendencia a hacerlo. No hace falta mucho esfuerzo para enseñar a un león a comer carne o a una golondrina a volar hasta África. Lo difícil, lo que requeriría unos métodos educativos absolutamente aberrantes, sería conseguir un león vegetariano o una golondrina que no emigrase. La inmensa mayoría de los recién nacidos, si se les cría adecuadamente (es decir, con cariño, respeto y contacto físico), serán niños normales y más tarde adultos normales. El ser humano es un animal social, y por tanto la capacidad para amar y ser amados, respetar y ser respetados, ayudar a los demás y obtener ayuda de otros miembros del grupo, comprender y respetar normas sociales (en definitiva, ser una buena persona), son aspectos normales de nuestra personalidad. La educación esmerada, la religión o la ley nos pueden dar otras cosas; pero no son imprescindibles para llegar a ser buena persona. Nuestros antepasados, sin duda, ya eran buenas personas cuando vivían en cuevas, del mismo modo que las gallinas son «buenas gallinas» sin necesidad de escuelas o policía.
Vamos, pues, a pasar revista a algunas de las buenas cualidades de nuestros hijos.

Su hijo es desinteresado

Laura, de tres meses, llora desconsolada. Ha mamado, tiene el pañal limpio, no tiene frío, no tiene calor, no se ha clavado ningún imperdible. Su mamá la toma en brazos, le canturrea unas palabras cariñosas y al momento Laura está calmada. La vuelve a dejar en la cuna y al instante rompe a llorar.
—No tiene hambre, no tiene sed, no le pasa nada —dicen las malas lenguas—. ¿Qué diablos querrá ahora?
Quiere a su madre. La quiere a usted. No la quiere por la comida, ni por la ropa, ni por el calor, ni por los juguetes que le comprará más adelante, ni por el colegio de pago al que la llevará, ni por el dinero que le dejará en herencia. El amor de un niño es puro, absoluto, desinteresado.
Freud creía que los niños quieren a su madre porque de ella obtienen el alimento. Es la llamada teoría del impulso secundario (la madre es secundaria, lo primario es la leche) Bowlby, con su teoría del apego, mantiene todo lo contrario que la necesidad de madre es independiente de la necesidad de alimento, y probablemente mayor.
¿Por qué no disfruta usted, como madre, de esta maravillosa sensación de recibir un amor absoluto? ¿Se sentiría usted mejor si su hija sólo la llamase cuando tuviera hambre, sed o frío, y pasase olímpicamente de usted cuando estuviera satisfecha? Nadie negaría la comida a un niño que llora de hambre; nadie dejaría de abrigar a un niño que llora de frío. ¿Dejará usted de tomar en brazos a un niño que llora porque necesita cariño?

Su hijo es generoso
No hace mucho una madre, preocupada, me preguntaba cuándo dejaría su hija de año y medio de ser tan egoísta; cuándo aprendería a compartir.
¿Por qué el aprender a compartir obsesiona tanto a algunos padres y educadores? ¿De qué les va a servir a los niños aprender una cosa así? Los adultos no compartimos casi nada.
Un ejemplo. Isabel, no llega a dos añitos, juega en el parque con su cubo, su palita y su pelota, bajo la atenta y cariñosa mirada de mamá. Claro, como le faltan manos, en ese momento sólo la pala está bajo su posesión directa, y el cubo y la pelota yacen a cierta distancia. Se acerca un niño desconocido, más o menos del mismo tamaño, se sienta al lado de Isabel y sin mediar palabra agarra la pelota. Isabel llevaba diez minutos sin hacer ningún caso de la pelota, y en un principio sigue tan tranquila dando golpes en el suelo con su pala. ¿Tan tranquila? Un observador atento habrá notado que los golpes son un poco más fuertes, y que Isabel vigila la pelota por el rabillo del ojo. El recién llegado, por su parte, parece plenamente consciente de que pisa terreno resbaladizo; aparta la pelota, observa el efecto, la vuelve a acercar... Para que no haya lugar a malentendidos, Isabel advierte: «¡É mía!»; y al poco se cree obligada a especificar: «¡Pelota é mía!» El intruso, que aparentemente todavía no domina las frases de tres palabras (o tal vez, simplemente, prefiere no comprometerse), se limita a repetir: «¡Pelota, peloooota, pota!» Temerosa sin duda de que estas palabras equivalgan a una reclamación de propiedad, Isabel decide recuperar la plena posesión de su pelotita verde. El intruso no ofrece demasiada resistencia, pero en un descuido logra hacerse con el cubo. Isabel juega unos minutos, satisfecha con la pelota recién recuperada, pero de pronto parece inquieta. ¿Y el cubo? ¡Pero a dónde vamos a llegar!
Y así podemos pasar media tarde. Unas veces, Isabel cederá de buen grado, durante unos minutos, el disfrute de alguna de sus posesiones. Otras veces lo tolerará de mal grado. Otras no lo tolerará en absoluto. En ocasiones, ella misma ofrecerá al otro niño su propia pala a cambio de su propio cubo, Puede haber algunos llantos y gritos por ambas partes; pero, en todo caso, es probable que su nuevo «amigo» consiga bastantes minutos de juego relativamente pacífico.
Es muy posible también que ambas madres intervengan. Y aquí se produce un hecho que nunca deja de sorprenderme: en vez de defender como una leona a su cría, cada madre se pone de parte del otro niño. «Venga, Isabel, déjale la pala a este niño.» «Vamos, Pedrito, devuélvele a esta niña su pala.» En el mejor de los casos, la cosa quedará en suaves exhortaciones; pero no pocas veces las madres compiten en una loca carrera de generosidad (¡qué fácil es ser generoso con la pala de otro!): «¡Ya está bien, Isabel, si te vas a portar así, mamá se enfada!» «¡Pedrito, pide perdón ahora mismo, o nos vamos!» «¡Déjelo, señora, que juegue, que juegue con la pala! Es que esta niña es una egoísta...» «¡Uy, pues el mío es tremendo! Tengo que estar todo el día detrás, porque siempre está chinchando a otros niños y quitándoles las cosas...» Y así acaban los dos castigados, como pequeños países en conflicto que podrían haber llegado fácilmente a un acuerdo amistoso si no hubieran intervenido las dos superpotencias.
Escenas como ésta, mil veces repetidas, hacen que a veces consideremos egoístas a nuestros hijos. Nosotros compartiríamos sin dudarlo una pala de plástico y una pelota de goma. Pero, ¿realmente somos más generosos que ellos, o es que los juguetes nos traen sin cuidado?
Es preciso poner las cosas en perspectiva. Imagine que es usted la que está sentada en un banco del parque escuchando música. A su lado, sobre el banco, su bolso sobre un periódico doblado. En esto se acerca un desconocido, se sienta a su lado y sin mediar palabra se pone a leer su periódico. Poco después deja el periódico (¡abierto y tirado por el suelo!), coge su bolso, lo abre, examina su interior... ¿Sabría usted compartir? ¿Cuánto tardaría en decirle cuatro frescas al desconocido, o en agarrar el bolso y salir corriendo? Si ve pasar a lo lejos a un policía, ¿no le llamaría? Imagine ahora que el policía se acerca y le dice:
—Ya está bien, déjale el bolso a este señor, o me enfado. Usted perdone, caballero, es que esta mujer todavía no sabe compartir... ¿Le gusta el teléfono móvil? Llame, llame a donde quiera... ¡Tú calla, mujer, como sigas protestando te vas a enterar!
Nuestra disposición a compartir depende de tres factores: qué prestarnos, a quién y durante cuánto tiempo. A un compañero de trabajo le podemos prestar un libro durante semanas, pero nos molesta que un desconocido nos toque el periódico sin pedir permiso. Sólo a un amigo del alma o a un pariente le prestaríamos nuestro coche para ir a dar una vuelta. Un niño pequeño tiene pocas posesiones, y un cubo, una pala o una pelota son tan importantes para él como para nosotros un bolso, un ordenador o una moto. El tiempo se le hace largo, y prestar un juguete durante unos minutos le resulta tan difícil como a su padre prestar el coche durante unos días. Y también distingue entre amigos y desconocidos, aunque no nos demos cuenta. Por ejemplo, ¿cuál de estas dos frases usaría la mamá de Isabel para resumir las historias arriba explicadas?:
a) Mientras Isabel estaba jugando en la arena con un amiguito, un desconocido me cogió el periódico y casi me quita el bolso, ¡qué susto!
b) Mientras yo jugaba con un amigo a pasarnos el bolso, un desconocido intentó quitarle la pelota a Isabel, ¡qué susto!
Claro, desde el punto de vista de un adulto, cualquier niño de dos años, indefenso y desvalido, es un «amiguito». Pero cuando mides menos de un metro, un niño de dos años es un desconocido, y puede que incluso un «individuo con sospechosas intenciones».
Un ejemplo final: Enrique, de veinticinco años, no sabiendo cómo calmar el llanto de su hijo Quique, de ocho meses, usa las llaves del coche como sonajero. Quique agarra las llaves, las menea, las mira, las vuelve a menear. Una niña de unos seis años se acerca y le hace monerías: «Uy, qué guapo ¿Cómo se llama? ¿Cuántos meses tiene? (es una de esas niñas precoces). Mi primo Antonio también tiene ocho meses, hoy no ha venido porque está con otitis.» «Hooola, Quiiique ¡Qué llaves más chulas! ¿Me las das? Toma, te las cambio por la pelota.» Enrique padre está encantado con la nueva amiguita de su hijo, hasta que la niña sale corriendo con las llaves, dejando la pelota como justo pago. ¿Cuántas décimas de segundo cree que tardará Enrique en salir detrás para recuperar las llaves? Quique ha compartido, pero su padre no está dispuesto a hacerlo.
En comparación, nuestros hijos son mucho más generosos que nosotros.

Su hijo es ecuánime

Es decir, tiende a mantener un estado de ánimo estable. En palabras más sencillas, su hijo no es nada llorón.
¿Cómo que no, si se pasa el día llorando? Los niños pequeños, es cierto, lloran más a menudo que los adultos y por eso solemos decir que los niños son llorones.
¿Y si resulta que, simplemente, tienen más motivos para llorar?
«Es que lloran sin motivo», me dirá usted. «Lloran por cualquier tontería.» Lloran, según la edad, porque se les cae una torre de piezas de construcción, porque no les compramos un helado, porque les llevamos al médico, porque nos vamos cinco minutos, porque no encuentran la teta a la primera, porque les cambiamos el pañal, porque les secamos el pelo... Ningún adulto lloraría por esas cosas, desde luego.
¿Y por qué lloraría usted? Haga un experimento: siente en su regazo a su hijo de uno o dos años y dígale las cosas más tristes que se le ocurran: «Te van a hacer una inspección de hacienda.» «Te han despedido del trabajo.» «Te están saliendo unas patas de gallo espantosas.» «Tu equipo de fútbol baja a segunda...» No llorará. Las cosas que nos hacen llorar a los niños y a los adultos son totalmente distintas.
Entre las cosas que con más frecuencia hacen llorar a un niño pequeño están:
—Separarse dos minutos de su madre.
—Intentar hacer algo que no le sale.
—Notar algo raro y no saber qué es.
—Necesitar algo y no saber cómo conseguirlo.
Todas ellas son cosas, para su desgracia, que pueden ocurrir (y ocurren) varias veces al día. En cambio, las cosas que nos hacen llorar a los mayores ocurren sólo de tarde en tarde. Por eso parece que somos menos llorones, pero no es cierto. Si nuestro equipo bajase a segunda varias veces al día, si nos despidiesen del trabajo cada mañana, si se muriesen cada día varios de nuestros mejores amigos, nos pasaríamos también el día llorando.

Su hijo sabe perdonar

Emilia y su hijo Óscar, de seis años, han tenido una fuerte diferencia de opiniones. Para no perdernos con los detalles, digamos tan sólo que Emilia era partidaria de que Óscar se duchase, mientras que este último se sentía muy limpio. Ha habido gritos, llantos, insultos y amenazas. Un testigo imparcial reconocería que la mayor parte de los llantos ha venido de una de las partes en conflicto, y la mayor parte de los insultos y de las amenazas de la otra.
De eso hace una hora. ¿Cuál de estas personas cree usted que está ahora contenta y feliz, y continúa con sus ocupaciones como si nada hubiera ocurrido, mostrándose incluso inusualmente alegre y zalamera; y cuál, por el contrario, es más probable que esté todavía enfadada, haciendo reproches, rezongando? «Mira, mamá, mira qué hago.» «No, mamá no ríe. " «¿Iremos al zoo el domingo?» «A ver, ¿tú crees que te lo mereces? ¿Te parece que te has portado bien?»
Arturo, el padre, vuelve ahora del trabajo. ¿Cuál de las siguientes frases le parece que oirá?:
a) «Mamá se ha puesto tremenda esta tarde, no sabes la escenita que me ha hecho. Tienes que decirle algo.»
b) «Este niño ha estado toda la tarde muy impertinente, no me hace ni caso. Tienes que decirle algo.»
Nuestros hijos nos perdonan, cada día, docenas de veces. Perdonan sin doblez, sin reservas, sin reproches, hasta olvidar completamente el agravio. Se les pasa el enfado mucho antes que a nosotros.

Su hijo es valiente

Imagine que está usted haciendo cola en su banco cuando entran unos individuos armados con la cara tapada. Si le dicen que se tire al suelo, ¿no se tira? Si le dicen que se calle, ¿no se calla? Si le dicen que se esté quieta, ¿no se queda de piedra? ¿Cree que un niño de dos años hubiera obedecido? Imposible, Ninguna fuerza, ninguna amenaza, ni siquiera una pistola apuntándole puede hacer que un niño de dos años se esté quieto media hora, deje de pedir pipí o deje de llorar en plena rabieta. Admire su valor, en vez de quejarse de su «obstinación».
Su hijo es diplomático
Pedro y Antonio, dos amigos de cinco años, juegan en el parque mientras sus padres charlan en un banco. En esto llega Luis, otro niño de la clase, con su mamá. ¡No está poco contento Luis con el triciclo que le acaban de comprar para su cumpleaños!
Tres niños, un solo triciclo. ¿A quién puede extrañarle que surja un conflicto, cuando hemos visto morir a miles de personas por cosas mucho más feas, como un pozo de petróleo o una mina de diamantes?
Pedro y Antonio, como todos los desposeídos, son de izquierdas y consideran que la riqueza debe repartirse entre los camaradas. Luis, como todos los nuevos ricos, se ha hecho de derechas y opina que lo que es de cada uno es de cada uno. Hay un malentendido, un forcejeo. Pedro (que es un poco mayor) agarra con violencia el triciclo, y Luis cae de culo al suelo llorando desconsolado.
¡Ya está armada! La madre de Luis le reprocha que no preste sus juguetes y que lloriquee tanto. Se lo reprocha, hay que decirlo, un poco por «el qué dirán», pues en el fondo piensa que ha empezado el otro y que vaya amigos más gamberros que tiene su hijo. El padre de Pedro está muy enfadado; es consciente de que su hijo ha iniciado la «agresión» y probablemente se ve obligado por el mismo «qué dirán» a exagerar la nota. Increpa a su hijo, le grita, le atosiga con preguntas retóricas, «¡pero que te has creído!», de esas que dejan al niño totalmente inerme (pues sabe que si no dice nada, se lo volverán a preguntar: «Venga, dime, ¿te parece a ti bonito empujar a la gente?»; pero si dice algo será peor: «¡A mí no me repliques!»). La filípica adquiere tales proporciones que ya Luis ha dejado de llorar y observa, más asustado que satisfecho, mientras Pedro empieza a llorar por su parte y Antonio contempla la escena estupefacto.
Por fin Antonio parece tener una idea. Llama la atención de Luis y le hace reír con su mejor imitación de cierto personaje de la tele. Una vez roto el hielo, le propone echar una carrera. «Hasta la fuente», acepta Luis. «¡Vamos, Pedro, tonto el último!» Y salen los tres de estampida.
¡Qué fina maniobra! Antonio ha ideado una elaborada estrategia para desatascar la situación, y Luis, pese a ser la parte ofendida, lo ha entendido enseguida y le ha secundado para librar a su amigo del furor paterno. Ya los tres juegan en perfecta armonía, olvidado el incidente y abandonado el triciclo, junto a los padres todavía enfadados. Hasta es posible que la madre de Luis exclame: «¿Y para esto me hace bajar a la calle con el triciclo? ¡Ya ves, ahora a jugar a otra cosa y el triciclo aquí muerto de risa!». El padre de Antonio calla, pero está muy orgulloso de su hijo.

Su hijo es sincero

¡Y cómo nos molesta su sinceridad! Hemos inventado palabras ofensivas y denigrantes para calificarle cada vez que dice lo que piensa: «¿Por qué ese señor es negro?» (¡No seas impertinente!) «¡Quiero chocolate!» (¡No seas pesado!) «¡Mira qué mujer más gorda!» (¡No seas grosero!) «¡No me gustan los guisantes!» (¡No seas caprichoso!) «¿Para qué tengo que lavarme? No estoy sucio» (¡No seas contestón!) ¿Cuándo aprenderán esas útiles virtudes del adulto: el disimulo, la astucia, el engaño...? Las aprenderán cuando se den cuenta de que se ahorran muchas regañinas si dicen mentiras o si callan verdades.
El maestro tiene que ausentarse un momento y ordena a Carlos, de siete años, que en su calidad de primero de la clase se quede vigilando. La noble tarea del vigilante consiste en pasear entre los pupitres con los brazos cruzados, riñendo a los niños que hablan. Uno de los niños se levanta sin motivo, Carlos, en ejercicio de sus funciones, le dice que se siente; el otro no quiere. Carlos avanza con los brazos cruzados hacia el infractor, con una vaga idea de devolverlo a su pupitre por la fuerza. Se empujan mutuamente con los brazos cruzados, se les escapa la risa, toda la clase ríe.
En lo mejor de la diversión regresa el maestro, muy enfadado. Carlos intenta justificarse, pero el maestro no quiere explicaciones. Sólo hace una pregunta en tono conminatorio:
—¿Tú crees que se puede reír mientras se vigila?
—Sí —responde Carlos, y recibe una sonora bofetada.
El maestro vuelve a preguntar gritando:
—¿Tú crees que se puede reír mientras se vigila?
Esta vez Carlos se toma unos instantes para contestar. Está asustado, paralizado por el terror. Intenta comprender el motivo, qué ha hecho mal para merecer este trato. Porque no le han pegado por jugar en clase, sino por responder a una pregunta. Y él ha respondido correctamente: ha dicho la verdad. Evidentemente, el maestro quiere que conteste «no». ¿Puede contestar «no» y salvarse? Carlos intenta justificarse a sí mismo ese «no», busca desesperadamente un motivo para cambiar su respuesta. No lo encuentra. Si la pregunta hubiera sido «¿está permitido reír mientras se vigila?», podría contestar «no» de inmediato (él no sabía que no estaba permitido, pero ahora lo sabe: el enfado del maestro muestra bien a las claras que no está permitido). Pero la pregunta ha sido: «¿Tú crees que se puede...?». «Sí, piensa Carlos, yo creo que sí que se puede. Eso es lo que yo creo, ésa es la verdad, no puedo contestar otra cosa.» No quiere ser un héroe, no quiere desafiar al maestro, sólo quiere decir la verdad y, entre sollozos e hipidos, vuelve a decir: «¡Sí!»
El maestro le propina una bofetada todavía más fuerte y, con los ojos fulgurantes, el rostro congestionado y un tono terriblemente amenazador, repite la fatídica pregunta:
—¿Tú crees que se puede reír mientras se vigila?
¿Cuántas bofetadas puede soportar un niño de siete años? Carlos vacila, piensa en decir que sí, tiene miedo. Haciendo un esfuerzo inspira profundamente, contiene sus sollozos, pronuncia un «no» lastimero y rompe a llorar amargamente.
Esta escena tuvo lugar hace treinta y cinco años; y Carlos, lo habrán adivinado, era yo. No recuerdo el dolor de los golpes, no recuerdo la humillación. Recuerdo sólo el asombro, el estupor, el desconcierto y..., sobre todo, la rabia y la impotencia, el haber sido obligado a decir una mentira.
Su hijo es sociable

Observe con qué facilidad se pone su hijo a jugar con cualquier otro niño. No le importa la clase social, la raza ni la forma de vestir. Nunca oirá a su hijo pequeño hacer manifestaciones racistas («estoy harto de estos moros, vienen en pateras y nos quitan el tobogán»).
Aunque los padres se nieguen el saludo por viejas rencillas, los niños se hablan sin prejuicios. No hace mucho era costumbre intentar limitar esta sociabilidad de los niños («no me gusta que juegues con Fulanito, es malo / no es como nosotros / no te conviene / es una mala compañía»).
Su hijo es comprensivo
Acabo de hacer un pequeño experimento. He buscado en Internet la frase «los niños son crueles» y he encontrado 40 páginas que la contienen. La frase «los niños son cariñosos» sólo aparece en una de los millones de páginas de Internet. «Los niños son comprensivos», en ninguna.
Se acusa a los niños de abusar de los más débiles, poner motes y burlarse de los que tienen algún defecto. Pero esas conductas constituyen la excepción y no la regla. Es cierto que, por su falta de experiencia social, los niños pueden hacer preguntas embarazosas o mirar insistentemente a una persona con algún defecto físico. Pero también son capaces de tratar con la mayor naturalidad a cualquier compañero y aceptarlo tal como es, sin preocuparse por su aspecto.
Conozco una familia con varios hijos, el mayor de los cuales sufre un retraso mental profundo. No camina ni habla. Durante un tiempo, cogió la mala costumbre de tirar con fuerza del pelo a todo aquel, niño o adulto, que se le pusiese a mano. Sus hermanos pequeños comprendían perfectamente que no era responsable de sus actos y mostraban una exquisita tolerancia. Si en sus correrías pasaban demasiado cerca del hermano y quedaban atrapados, se limitaban a quedarse muy quietos, con una evidente expresión de dolor, y a llamar suavemente a algún adulto para que viniera a liberarlos. Por supuesto, si les estiraba del pelo cualquier otro, respondían con la adecuada contundencia.
Numerosos investigadores han comprobado que los niños menores de tres años suelen mostrar empatia, es decir, preocupación por el sufrimiento ajeno. Cuando un compañero llora, es frecuente que intenten consolarle.
Bowlby cita un estudio en el que se observó cuidadosa mente el comportamiento de veinte niños de uno a tres años en una guardería. Diez de ellos habían sufrido abusos, los otros diez provenían de familias con problemas, pero no habían sufrido abusos. Los niños que habían sido maltratados se peleaban el doble que los otros y mostraban además tres conductas que no se observaron en ninguno de los niños no maltratados: agredir a un adulto, agredir a otro niño sin ningún motivo ni provocación, aparentemente sólo para molestar, gritar o pegar a otros niños que lloraban, en vez de intentar consolarlos.

Los niños criados con cariño y respeto son cariñosos y respetuosos. No todo el rato, por supuesto, pero sí la mayor parte del tiempo. Ésa es su tendencia natural, pues en el ser humano la cooperación con otros miembros del grupo es tan natural como el andar o el hablar. Para conseguir que los niños se vuelvan agresivos, tenemos que empujarles de alguna manera, apartarles del camino normal. Los niños «educados» a gritos gritan. Los niños «educados» a golpes pegan".




En Carlos González: Bésame Mucho. Cómo criar a tus hijos con amor, Temas de Hoy, Madrid, 2003.
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"Y el sol siempre saldrá..."

28 julio 2009

"El tiempo es veloz,
tu vida esencial,
el cuerpo y mis manos
me ayudan a estar contigo
quizás nadie entienda,
vos me tratas como si fuera
algo más que un ser"
David Lebón
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Zona de promesas

Zona de promesas

24 junio 2009


"Tarda en llegar
Y al final, al final
Hay recompensa
En la zona de promesas"

Gustavo Cerati "Zona de promesas"
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Epílogo a "La fuerza de las cosas" por Simone de Beauvoir

Epílogo a "La fuerza de las cosas" por Simone de Beauvoir

06 junio 2009
Hablando de libros, me acordé de este texto, uno de mis preferidos. Se trata del epílogo al texto La fuerza de las cosas, el tercer tomo de la autobiografía de Simone de Beauvoir. Su autobiografía es infinitamente honesta. Hacia el final de La fuerza de las cosas se pregunta varias veces acerca del fin de su propia existencia, del legado que ha dejado (que han dejado desde el existencialismo). Este texto lo leí por primera vez en un suplemento que traía el diario argentino Página/12. Ahora lo transcribí de mi propio ejemplar, haciendo algunos recortes ya que el texto entero es larguísimo. El último párrafo es mi parte favorita.

"De mi se han forjado dos imágenes. Soy loca, medio loca, una excéntrica. (Los periódicos de Río contaban sorprendidos: “Esperábamos una excéntrica: nos ha decepcionado encontrar una mujer vestida como todo el mundo.”) Tengo las costumbres más disolutas; una comunista contaba en 1945 que en Ruán, cuando yo era joven, me había visto bailar desnuda sobre toneles; he practicado todos los vicios con asiduidad, mi vida es un carnaval, etcétera.

Zapatos planos, pelo lacio, soy jefa de niños exploradores, una dama de beneficencia, una institutriz (en el sentido peyorativo que la derecha le da a esa palabra). Paso mi existencia entre libros y ante mi mesa de trabajo, puro cerebro. “Ella no vive”, le he oído decir a una joven periodista. “Si a mí me invitaran a los lunes de Madame T., iría corriendo”. La revista Elle al proponer a sus lectoras muchos tipos de mujer, puso bajo mi foto: “Vida exclusivamente intelectual”.

Nada prohibe conciliar los dos retratos. Se puede ser una desvergonzada cerebral, una dama de beneficencia retorcidamente viciosa; lo esencial es presentarme como una anormal. Si mis censores quieren decir que no me parezco a ellos, me hacen un cumplido. El hecho es que soy un escritor, una mujer escritora no es una ama de casa que escribe sino alguien para quien toda su existencia está dirigida por la escritura. Esta vida vale lo mismo que otra. Tiene sus razones, su orden, sus fines de los que hay que no comprender nada para considerarla extravagante. La mía ha sido realmente ascética, puramente cerebral? Dios me libre!, no tengo la impresión de que mis contemporáneos se diviertan mucho más que yo en esta tierra ni que su experiencia sea más vasta. En todo caso al volverme hacia mi pasado, no envidio a nadie.

[...] Siempre he soportado bien los fracasos; sólo consistían en no haber ganado, no obstruían mi camino. Mis triunfos me han dado hasta estos últimos años placeres sin reticencias: más que los elogios de los críticos profesionales me importaban los sufragios de los lectores: las cartas recibidas, las frases sorprendidas al vuelo, las huellas de una influencia, de una acción. Desde Memorias de una joven formal, sobre todo desde La plenitud de mi vida, mi relación con el público se ha hecho muy ambigua, porque la guerra de Argelia puso al rojo el horror que me inspira mi clase. Si uno le disgusta no hay esperanzas de llegar a un público popular; sólo se imprime una colección barata cuando la edición ordinaria se ha vendido bien. Por lo tanto, guste o no, uno se dirige a los burgueses. Por lo demás, hay entre ellos algunos que se separan de su clase o por lo menos, se esfuerzan por lograrlo, como intelectuales o jóvenes; con éstos me entiendo. Pero siento un malestar si la burguesía en conjunto me recibe bien. Demasiadas lectoras han apreciado en Memorias de una joven formal la pintura de un medio que reconocen, sin interesarse por el esfuerzo que había hecho por evadirme de él. En cuanto a La plenitud de la vida, a menudo he rechinado los dientes cuando me felicitaban: “Es tonificante, es dinámica, es optimista”, en un momento en que era tal mi asco que hubiera preferido estar muerta que viva.

Soy sensible a las críticas y a las alabanzas. Sin embargo, en cuanto hurgo un poco en mí, me encuentro, respecto del nivel de mi triunfo, una indiferencia bastante grande. En otro tiempo evitaba medirme por orgullo y por prudencia; hoy ya no sé con qué patrón medir. Hay que referirse al público, a los críticos, a algunos jueces elegidos, a una convicción íntima, al ruido, al silencio? ¿Qué es lo que se mide? ¿El renombre o la calidad, la influencia o el talento? Y además, ¿que significan esas palabras? Incluso estas preguntas y las respuestas que se les pueden dar me parecen ociosas. Mi desapego es más radical y tiene sus raíces en una infancia dedicada a lo absoluto; he permanecido convencida de la vanidad de los éxitos terrestres. El aprendizaje del mundo ha fortificado este desprecio; he descubierto una desdicha demasiado inmensa como para inquietarme mucho por el lugar que tengo en él y por el derecho que puedo tener o no tener para ocuparlo.

Pese a ese fondo de desencanto, desvanecida toda idea de mandato, de misión, de salvación, sin saber para quién ni por qué escribo, esa actividad me resulta más necesaria que nunca. Ya no pienso que “justifica”, pero sin ella me sentiría mortalmente injustificada. Hay días tan hermosos que uno tiene ganas de brillas como el sol, es decir, de deslumbrar la tierra con palabras, hay horas tan negras que ya no queda otra esperanza que ese grito que uno quisiera lanzar. ¿De dónde proviene, a los cincuenta y cinco años lo mismo que a los veinte, ese extraordinario poder del Verbo? Digo: “Nada ha tenido más que el lugar” o “Uno más uno es uno: ¡que malentendido!” y asciende por mi garganta una llama cuya quemadura me exalta. Indudablemente las palabras, universales, eternas, presencia de todos en cada uno, son lo único trascendente que reconozco y que me emociona; vibran en mi boca y mediante ellas comulgo con la humanidad. Arrancan del instante y la contingencia a las lágrimas, a la noche, hasta la muerte, y las transfiguran. Quizás mi más profundo deseo hoy es que se repitan en silencio algunas palabras que yo he entrelazado.

Ser un escritor conocido tiene evidentes ventajas: ya no hay tareas cotidianas para ganar el sustento sino un trabajo querido, encuentros, viajes, una captación de los acontecimientos mucho más directa que antes. Muchos extranjeros en desacuerdo con su gobierno buscan el apoyo de los intelectuales franceses; a menudo también nos piden que señalemos nuestra solidaridad con naciones amigas. Todos estamos un poco agobiados por los manifiestos, protestas, resoluciones, declaraciones, llamamientos, mensajes que tenemos que escribir o firmar. Es imposible participar de todos los comités, congresos, coloquios, mitines, jornadas a que nos invitan. Pero a cambio del tiempo que le damos, la gente que nos solicita nos informa de manera más detallada, más exacta y sobre todo más viviente que cualquier periódico sobre lo que pasa en su país: en Cuba, Guinea, las Antillas, Venezuela, Perú, Camerún, Angola, Africa del Sur. Por modesta que sea mi contribución a sus luchas, me da la impresión de que doy pie en la historia. A falta de relaciones mundanas, mantengo vínculos con el conjunto del mundo. Un viejo amigo me reprochó: “Vives en un convento”. Bueno: pero paso muchas horas en el locutorio.

Sin embargo vi ansiosamente y con nostalgia cómo caía sobre Sartre la celebridad y cómo nacía mi notoriedad. Perdimos la despreocupación desde el día en que nos convertimos en personajes públicos y tuvimos que tener un cuenta esa objetividad; perdido el lado aventurero de nuestros antiguos viajes tuvimos que renunciar a los caprichos, a los vagabundeos. Para defender nuestra vida privada tuvimos que elevar barreras—abandonar el hotel, los cafés—y esa separación me ha pesado, a mí, que amaba tanto vivir mezclada con todos. Veo a mucha gente; pero la mayoría ya no me hablaba como a cualquiera; mis relaciones con los otros están falseadas. “Sartre nunca frecuenta más que a personas que frecuentan a Sartre”, ha dicho Claude Roy. La expresión puede aplicarse a mí. Corro el riesgo de comprenderlos peor porque ya no comparto completamente su suerte. Esta diferencia procede de la notoriedad y de las facilidades materiales que trae consigo.

Económicamente soy una privilegiada. Desde 1954 mis libros me dan mucho dinero; me compre un coche en 1952 y en 1955 un apartamento. No salgo, no recibo; fiel a las repugnancias de mis veinte años no me gustan los lugares lujosos; me visto sin opulencia, a veces como muy bien, ordinariamente muy poco, pero respecto de esto sólo decide mi capricho, no me privo de nada. Algunos censores me reprochan esta holgura, gente de derechas, por supuesto; en la izquierda jamás han criticado por su fortuna a un hombre de izquierdas, aunque sea millonario; se le tiene gratitud por ser de izquierdas. La ideología marxista no tiene nada que ver con la moral evangélica, no reclama del individuo ni ascesis ni desnudez; a decir verdad, de importa un pito su vida privada. La derecha está tan convencida de la legitimidad de sus pretensiones que ante ella los adversarios sólo se pueden justificar por el martirio y además como los intereses económicos son los que dictan sus opciones, no puede concebir que amos puedan disociarse; le parece que un comunista adinerado no puede ser sincero. Por último y sobre todo, la derecha hace fuego con cualquier leña cuando se trata de atacar gente de izquierdas. Es el molinero, su hijo y el asno. Un comentarista, que por lo demás se esforzaba en ser imparcial, escribió, después de haber leído La plenitud de la vida, que a mi me gustaban los “malos lugares” porque durante la guerra, sin medios, viví en hoteles sórdidos: qué no diría si hoy yo viviera en un tonel! Un abrigo confortable es una concesión a la burguesía; un vestido descuidado sería considerado como afectación o indecencia. Te acusarán de tirar dinero por la ventana o de ser avara. No existe un justo medio; lo bautizarán, por ejemplo, mezquindad. La única solución es seguir la propia inspiración y dejar que hablen todo lo que quieran.

Esto no significa que me adapte alegremente a mi situación. La molestia que sentí hacia 1946 no se ha disipado. Sé que soy una aprovechada, ante todo por la cultura que he recibido y las posibilidades que me ha proporcionado. No exploto directamente a nadie, pero la gente que compra mis libros es la beneficiaria de una economía fundada en la explotación. Soy cómplice de los privilegiados y estoy comprometida por ellos; por esto he vivido la guerra de Argelia como un drama personal. Cuando se está en un mundo injusto en inútil esperar purificarse por algún procedimiento; lo que habría que hacer es cambiar el mundo y eso no está en mi poder. Sufrir sus contradicciones no sirve de nada, olvidarlas es mentirse. Falta de solución también este punto me llevo llevar por mis humores. Pero la consecuencia de m actitud es un aislamiento bastante grande; mi condición objetiva me separa del proletariado, y el modo como la vivo subjetivamente me opone a la burguesía. Este retiro relativo me conviene pues nunca tengo tiempo, pero me priva de cierto calor—que he recuperado, con tanta alegría, estos últimos años, en las manifestaciones—y, lo que es para mí más grave, limita mi experiencia.

A esas mutilaciones, que son el reverso de mis posibilidades, se agrega otra para la que no encuentro ninguna compensación. Lo más importante, lo mas irreparable que me ha sucedido desde 1944 es que—como Zazie—he envejecido. Esto significa muchas cosas. Y ante todo que el mundo a mi alrededor ha cambiado: se ha achicado y encogido. Ya no olvido que la superficie de la Tierra es finita, finito el número de sus habitantes, de las esencias vegetales, de las especies animales y también el de los cuadros, libros y monumentos que en ella están depositados. Cada elemento se explica por ese conjunto y sólo remite a él; su riqueza también es limitada. Cuando Sartre y yo éramos jóvenes a menudo encontrábamos “individualidades por encima de la nuestra”, es decir, que resistían el análisis y conservaban para nosotros algo de lo maravilloso de la infancia. Este núcleo de misterio está disuelto; lo pintoresco ha muerto, los locos ya no parecen sagrados, las muchedumbres ya no me embriagan y aunque antes era fascinante la juventud, ya no veo en ella más que el preludio de la madurez. La realidad todavía me interesa pero su presencia ya no me fulmina. Por cierto queda la belleza; aunque ya no me reporte alguna revelación estupefaciente, aunque la mayoría de sus secretos se hayan aventado, a veces detiene el tiempo. A menudo también la detesto. La noche de una matanza oía un andante de Beethoven y detuve el disco, colérica: allí estaba todo el dolor del mundo pero dominado y sublimado tan magníficamente que parecía justificado. Casi todas las obras bellas han sido creadas para privilegiados por privilegiados que, aunque hayan sufrido, han tenido la posibilidad de comprender sus sufrimientos; disimulan el escándalo de la desdicha desnuda. Otra noche de matanza—hubo muchas—deseé que se aniquilaran esas bellezas mentirosas. Hoy el horror se ha alejado. Puedo escuchar a Beethoven. Pero ni él ni nadie me dará jamás esa impresión que a veces tenía de tocar un absoluto.

Pues actualmente conozco la verdad de la condición humana: los dos tercios de la humanidad tienen hambre. Mi especie esta constituida, en sus dos tercios, por larvas, demasiado débiles para la rebelión, que arrastran desde el nacimiento hasta la muerte una desesperación crepuscular. Desde mi juventud vuelven en mis sueños objetos, inertes en apariencia, pero en los que se aloja un sufrimiento; las agujas de un reloj se ponen a galopar, movidas ya no por un mecanismo sino por un desorden orgánico, oculto y espantoso; un trozo de madera sangra bajo el hacha, en un momento un ser innoblemente mutilado va a descubrirse bajo el caparazón roñoso. Cuando estoy completamente despierta recupero esa pesadilla si evoco los esqueletos animados de Calcuta o esas pequeñas vejigas de rostro humano: niños subalimentados. Sólo allí rozo el infinito: es la ausencia de todo y es consciente. Morirán y nada más habrá sido. La nada me espanta menos que lo absoluto de la desdicha.

Ya no tengo ganas de viajar por esta tierra vaciada de sus maravillas; si no se espera todo no se espera nada. Pero me gustaría saber cómo continuará nuestra historia. Los jóvenes son futuros adultos pero me intereso por ellos; el porvenir están en sus manos y si en sus proyectos reconozco los míos, me parece que mi vida se prolonga y más allá de mi tumba. Me gusta su compañía, pero el consuelo que me dan es dudoso; al perpetuar este mundo me la roban. Micenas será de ellos, la Provenza y Rembrandt, y las plazas romanas Qué superioridad estar vivo! Todas las miradas que se han posando antes que la mía en la Acrópolis me parecen caducas. En esos ojos de veinte años me veo ya muerta y embalsamada.

¿Qué veo? Envejecer es definirse y reducirse. Me he debatido contra las etiquetas, pero no he podido evitar que los años me aprisionen. Viviré mucho tiempo en ese decorado en que mi vida se ha ubicado, seré fiel a las antiguas amistades; aunque se enriquezca un poco, el lote de mis recuerdos permanecerá. He escrito algunos libros, no he escrito otros. A este respecto algo me desconcierta. He vivido tendida hacia el porvenir y ahora recapitulo el pasado; se diría que el presente ha sido escamoteado. Durante años he pensado que mi obra estaba ante mí y he aquí que está detrás; en ningún momento ha tenido lugar. [...] Aprendía, para poder algún día servirme de mi ciencia, pero he olvidado enormemente y, con lo que sobre nada, no sé qué hacer. Al recordar mi historia me encuentro siempre más acá o más allá de algo que nunca se ha cumplido. Sólo he experimentado como una plenitud de mis sentimientos.

De todos modos el escritor tiene la oportunidad de escapar a la petrificación en los momentos en que escribe. Con caca nuevo libro que estreno. dudo, me descorazono, el trabajo de los años pasados está abolido, mis borradores son tan informes que me parece imposible proseguir la empresa. Hasta el momento—inadmisible, también aquí hay un corte—en que se hace imposible no acabarlo. Todas las páginas, todas las frases exigen una invención fresca, una decisión sin precedentes. La creación es aventura, es juventud y libertad.

Pero en cuanto abandono mi mesa de trabajo, el tiempo transcurrido se congrega detrás de mí. Tengo otras cosas en qué pensar; bruscamente tropiezo con mi edad. Esta mujer ultramadura es mi contemporánea: reconozco este rostro de muchacha demorada en una vieja piel. Ese señor canoso, que se parece a uno de mis abuelos tíos, me dice sonriendo que hemos jugado juntos en el Luxemburgo. “Usted me recuerda a mi madre”, me dice una mujer de unos treinta años. A cada paso, la verdad me asalta y no comprendo mediante qué ardid me alcanza desde afuera, cuando habita en mí.

La vejez: de lejos se la toma por una institución, pero es la gente joven la que súbitamente descubre que es vieja. Un día me dije: “¡Tengo cuarenta años!”. Cuando desperté de esta perplejidad tenía cincuenta. El estupor que entonces se adueñó de mí todavía no se ha disipado.

No consigo creerlo. Cuando leo Simone de Beauvoir, me hablan de una joven que soy yo. Cuando duermo, a menudo sueño que en sueños tengo cincuenta y cuatro años y que cuando abra los ojos tendré treinta. “¡Qué horrible pesadilla he tenido!”, se dice la joven despierta a medias. también a veces, antes de volver al mundo, un animal gigantesco se sienta en mi pecho. “Es cierto! Lo que es cierto es la pesadilla de tener más de cincuenta años!” Cómo algo que no tiene ni forma ni sustancia, el tiempo, puede oprimirme con un peso tan grande que ceso de respirar? Cómo lo que no existe, el porvenir, puede calcularse tan implacablemente? Mi setenta y dos aniversario está tan próximo como el día de la liberación.

Para convencerme de ello no tengo más que ponerme ante el espejo. Un día, a los cuarenta años, pensé: “En el fondo del espejo me espía la vejez, y es fatal, me atrapará.” Me atrapó. Con frecuencia me detengo, asombrada, ante esa cosa increíble que me sirve de rostro. Comprendo a la Castiglione que había roto todos los espejos. Me parecía que me cuidaba poco de mi apariencia. De ese modo la gente que come a gusto y se siente bien olvida su estómago; mientras he podido mirar mi figura sin disgusto, la olvidaba, la daba por sentada. Ahora detesto mi imagen: por encima de los ojos, el gorro, las bolsas abajo, la cara demasiado llena ese aire de tristeza en torno a la boca que dan las arrugas. Tal vez la gente que se cruza conmigo no ve en mí más que a una quincuagenaria que no está ni bien ni mal, tiene la edad que tiene. Pero yo veo mi vieja cara infectada por una viruela de la que no me curaré.

También me infecta el alma. He perdido el poder que tenía para separar las tinieblas de la luz, consiguiendo, al precio de algunos tornados, cielos radiantes. Mis rebeliones se desaniman por la inminencia de mi fin y la fatalidad de las degradaciones; pero también han palidecido mis felicidades. La muerte ya no está en la lejanía de una aventura brutal; asedia mi sueño y cuando estoy despierta siento su sombra entre el mundo y yo: ya ha comenzado. He aquí lo que no preveía; eso comienza pronto y corroe. Tal vez concluirá sin mucho dolor, cuando todas las cosas me hayan abandonado, de modo que esta presencia a la que no quería renunciar, la mía, ya no será presencia ante nada, no será nada y se dejará barrer con indiferencia. Uno ras otro han sido roídos, se rompen, se van a romper los lazos que me retenían en la tierra.

Sí, ha llegado el momento de decir: nunca más! No soy yo la que me separó de mi vieja felicidad, es ella la que se separa de mí: los caminos de montaña se reusan a mi paso. Nunca más me desplomaré aturdida de fatiga, en el olor del heno; nunca más me deslizaré solitaria por la nieve de las montañas. Nunca más un hombre. Ahora tanto mi cuerpo como mi imaginación han tomado partido. Pese a todo, es extraño no ser más un cuerpo; hay momentos en que esta extrañeza, pro su carácter definitivo, me hiela la sangre. Lo que me aflige, mucho más que estas privaciones, es no encontrar en mí deseos nuevos; se marchitan antes de nacer, en ese tiempo rarificado que es desde ahora el mío. Antes los días se deslizaban lentamente, yo iba más deprisa que ellos, mis proyectos me llevaban. Ahora, las horas demasiado cortas me llevan a rienda suelta a la timba. Trato de no pensar, dentro de diez años, dentro de un año. Los recuerdos se extenúan, los mitos se descascaran, los proyectos abortan en el huevo: yo estoy aquí y las cosas están allá. Si este silencio debe durar, cuán largo me parece mi preve porvenir!

Y qué amenazas encierra! Lo único a la vez nuevo e importante que me puede acontecer es la muerte. O veré morir a Sartre, o moriré antes que él. Es espantoso no estar aquí para consolar a alguien por la pena que le ocasionamos al abandonarlo; es espantoso que él nos abandone y se calle. Sin contar con la más improbable de las posibilidades, uno de esos destinos será el mío. A veces deseo terminar pronto para abreviar esta angustia.

Sin embargo detesto aniquilarme tanto como antes. Pienso con melancolía en todos los libros leídos; en los lugares visitados, en el saber que he acumulado y que no será más. Toda la música, toda la pintura, toda la cultura, tantos lugares: súbitamente ya nada. No es miel, nadie se lamentará con ella. Por lo menos, si me leen, el lector pensará ¡ella había visto cosas! Pero este conjunto, mi propia experiencia con su orden y sus azares—la Ópera de Pekín, la plaza de toros de Huelva, el candomblé de Bahía, las dunas de El Oued, la avenida Wabansia, las auroras de la Provenza, Tirinto, Fidel Castro hablando ante quinientos mil cubanos, un cielo de azufre por encima de un mar de nubes, el haya purpúrea, las coches blancas de Leningrado, las campanas de la liberación, una luna anaranjada sobre el Pireo, un sol rojo ascendiendo sobre el desierto, Torcello, Roma, todas esas cosas de las que he hablado, otras de las que no he dicho nada—en ninguna parte resucitará. Si por lo menos hubiera enriquecido la tierra; si hubiera engendrado... ¿qué? ¿una colina? ¿una espiga? Pero no. Nada tendrá lugar. Vuelvo a ver el seto de avellanos que el viento balanceaba y las promesas con que enloquecía mi corazón cuando contemplaba esa mina de oro a mis pies, toda una vida por delante. Las he cumplido. Sin embargo, al volver una mirada incrédula a esa crédula adolescente, mido con estupor hasta qué punto he sido estafada".

 
Beauvoir, Simone (de): La fuerza de las cosas, Losada, Buenos Aires, 1963.
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Luisina Serenelli

Docente // Fotógrafa // Blogger //Feminista // Doula// Escritora // Lectora incansable // Mamá de Guille y Emi // Enamorada de David // En permanente deconstrucción y construcción

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Fotógrafa de familia, doula y profesora ❤

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