Lecturas
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Eres responsable para siempre de aquello que has domesticado
23 septiembre 2014
Lo iba a programar para mañana porque parece muy de chiflada no escribir nunca y de golpe un día mandar dos posts juntos, pero no tendría sentido mezclar lo de mañana con hoy...y de todas formas, muchas cosas no tienen sentido.
Hace un par de meses D incorporó la rutina de leerles algo cada noche, cuando él no está, les leo yo. Me encanta esta rutina. Llegaba muy cansada a la noche y siempre pensaba que alcanzaba con leerles de día, ahora me doy cuenta de que ese rato nos relaja a todos. Guille eligió que le volviéramos a leer "El principito", ya se lo había leído yo durante algunas siestas del verano en el que tenía 4 años. D nunca lo había leído.
Anoche D no estaba y me tocaba a mí, justo era el capítulo del encuentro con el zorro. Es un libro que me encanta, pero que me da cierta pereza porque mi parte preferida -y supongo que la de muchos otros- es justamente ESE encuentro. Y cada vez que lo leo le encuentro un sentido nuevo, algo así como "de esto no me había dado cuenta antes". Ayer presté atención especialmente al tema de generar lazos y a la responsabilidad que conllevan las relaciones humanas, desde la más pequeña y efímera hasta la más profunda. Terminé el capítulo a duras penas, lagrimeando.
Hoy hicimos esta foto, para no olvidarnos de anoche <3

...
Fue entonces que apareció el zorro:
- Buen día - dijo el zorro.
- Buen día – respondió cortésmente el principito, que se dio vuelta pero no vio a nadie.
- Estoy aquí – dijo la voz –, bajo el manzano...
- Quién eres ? – dijo el principito. – Eres muy bonito...
- Soy un zorro – dijo el zorro.
- Ven a jugar conmigo – le propuso el principito. – Estoy tan triste...
- No puedo jugar contigo – dijo el zorro. – No estoy domesticado.
- Ah! perdón – dijo el principito.
Pero, después de reflexionar, agregó:
- Qué significa "domesticar" ?
- No eres de aquí – dijo el zorro –, qué buscas ?
- Busco a los hombres – dijo el principito. – Qué significa "domesticar" ?
- Los hombres – dijo el zorro – tienen fusiles y cazan. Es bien molesto ! También crían gallinas. Es su único interés. Buscas gallinas ?
- No – dijo el principito. – Busco amigos. Qué significa "domesticar" ?
- Es algo demasiado olvidado – dijo el zorro. – Significa "crear lazos..."
- Crear lazos ?
- Claro – dijo el zorro. – Todavía no eres para mí más que un niño parecido a otros cien mil niños. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro parecido a otros cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo. Yo seré para ti único en el mundo...
- Comienzo a entender - dijo el principito. – Hay una flor... creo que me ha domesticado...
- Es posible – dijo el zorro. – En la Tierra se ven todo tipo de cosas...
- Oh! no es en la Tierra – dijo el principito.
El zorro pareció muy intrigado:
- En otro planeta ?
- Sí.
- Hay cazadores en aquel planeta ?
- No.
- Eso es interesante ! Y gallinas ?
- No.
- Nada es perfecto – suspiró el zorro.
Pero el zorro volvió a su idea:
- Mi vida es monótona. Yo cazo gallinas, los hombres me cazan. Todas las gallinas se parecen, y todos los hombres se parecen. Me aburro, pues, un poco. Pero, si me domesticas, mi vida resultará como iluminada. Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los demás. Los otros pasos me hacen volver bajo tierra. Los tuyos me llamarán fuera de la madriguera, como una música. Y además, mira ! Ves, allá lejos, los campos de trigo ? Yo no como pan. El trigo para mí es inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada. Y eso es triste ! Pero tú tienes cabellos color de oro. Entonces será maravilloso cuando me hayas domesticado ! El trigo, que es dorado, me hará recordarte. Y me agradará el ruido del viento en el trigo...
El zorro se calló y miró largamente al principito:
- Por favor... domestícame ! – dijo.
- Me parece bien – respondió el principito -, pero no tengo mucho tiempo. Tengo que encontrar amigos y conocer muchas cosas.
- Sólo se conoce lo que uno domestica – dijo el zorro. – Los hombres ya no tienen más tiempo de conocer nada. Compran cosas ya hechas a los comerciantes. Pero como no existen comerciantes de amigos, los hombres no tienen más amigos. Si quieres un amigo, domestícame !
- Qué hay que hacer ? – dijo el principito.
- Hay que ser muy paciente – respondió el zorro. – Te sentarás al principio más bien lejos de mí, así, en la hierba. Yo te miraré de reojo y no dirás nada. El lenguaje es fuente de malentendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca...
Al día siguiente el principito regresó.
- Hubiese sido mejor regresar a la misma hora – dijo el zorro. – Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, ya desde las tres comenzaré a estar feliz. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. Al llegar las cuatro, me agitaré y me inquietaré; descubriré el precio de la felicidad ! Pero si vienes en cualquier momento, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón... Es bueno que haya ritos.
- Qué es un rito ? – dijo el principito.
- Es algo también demasiado olvidado – dijo el zorro. – Es lo que hace que un día sea diferente de los otros días, una hora de las otras horas. Mis cazadores, por ejemplo, tienen un rito. El jueves bailan con las jóvenes del pueblo. Entonces el jueves es un día maravilloso ! Me voy a pasear hasta la viña. Si los cazadores bailaran en cualquier momento, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.
Así el principito domesticó al zorro. Y cuando se aproximó la hora de la partida:
- Ah! - dijo el zorro... - Voy a llorar.
- Es tu culpa – dijo el principito -, yo no te deseaba ningún mal pero tú quisiste que te domesticara.
- Claro – dijo el zorro.
- Pero vas a llorar ! – dijo el principito.
- Claro – dijo el zorro.
- Entonces no ganas nada !
- Sí gano –dijo el zorro – a causa del color del trigo.
Luego agregó:
- Ve y visita nuevamente a las rosas. Comprenderás que la tuya es única en el mundo. Y cuando regreses a decirme adiós, te regalaré un secreto.
El principito fue a ver nuevamente a las rosas:
- Ustedes no son de ningún modo parecidas a mi rosa, ustedes no son nada aún – les dijo. – Nadie las ha domesticado y ustedes no han domesticado a nadie. Ustedes son como era mi zorro. No era más que un zorro parecido a cien mil otros. Pero me hice amigo de él, y ahora es único en el mundo.
Y las rosas estaban muy incómodas.
- Ustedes son bellas, pero están vacías – agregó. – No se puede morir por ustedes. Seguramente, cualquiera que pase creería que mi rosa se les parece. Pero ella sola es más importante que todas ustedes, puesto que es ella a quien he regado. Puesto que es ella a quien abrigué bajo el globo. Puesto que es ella a quien protegí con la pantalla. Puesto que es ella la rosa cuyas orugas maté (salvo las dos o tres para las mariposas). Puesto que es ella a quien escuché quejarse, o alabarse, o incluso a veces callarse. Puesto que es mi rosa.
Y volvió con el zorro:
- Adiós – dijo...
- Adiós – dijo el zorro. – Aquí está mi secreto. Es muy simple: sólo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.
- Lo esencial es invisible a los ojos – repitió el principito a fin de recordarlo.
- Es el tiempo que has perdido en tu rosa lo que hace a tu rosa tan importante.
- Es el tiempo que he perdido en mi rosa... – dijo el principito a fin de recordarlo.
- Los hombres han olvidado esta verdad – dijo el zorro. – Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa...
- Soy responsable de mi rosa... - repitió el principito a fin de recordarlo.
Cap. XXI, El principito, Antoine de Saint-Exupéry
A la hora de leer
22 abril 2013
En general, los mismos niños marcan el camino hacia las historias que más les interesan. Los cuentos tradicionales son bellos y hasta han sido tema de sendos libros -desde el clásico de Bruno Bettelheim hasta el maravilloso Mujeres que corren con los lobos, que hace un análisis de los cuentos populares desde la psicología jünguiana, escrito por Pinkola Estés-, y en sus historias vemos arquetipos sociales que ayudarán a los niños a diferenciar lo bueno de lo malo. Por eso en los cuentos populares los buenos son buenísimos y los malos, malísimos.
Claro que tienen cuestiones que pueden no gustarnos, en mi caso, me molesta el sexismo de algunos cuentos tradicionales. Pero también lo veo como una gran oportunidad para explicar cómo las sociedades han cambiado y por qué hoy en día el rol de la mujer es distinto.
Es cierto que hoy por hoy hay una gran diversificación del material editorial para niños. Personalmente, me gustan los libros bellos, con historias que abran el juego de la imaginación. Pero también historias que le muestren al niño mundos distintos al propio, como manera de abordar la cuestión de la otredad y el extrañamiento que nos producen las diferencias culturales.
La nota completa, en el Número 1 de Mots Revista Digital. Podés leerla acá.
A mi "me copa" Inés
23 octubre 2009
Todos los días reviso los blogs de la revista Ohlalá, me parecen triviales pero divertidos. Disfruto de pasar a ver de qué se habla, leer algunos comentarios, etc. Confieso que antes leía el blog de la mamá primeriza y no me gustaba para nada, casi siempre salía de ahí con una mueca de disgusto. Pero esta chica dejó de escribir de un día para el otro.
Y al poco tiempo apareció Inés. Al principio seguía leyendo -más bien revisando- en el mismo código que antes. Pero a casi 2 meses de que Inés y China (su primera hija, ahora está embarazada de nuevo) aparecieran en el Blog de la mamá embarazada, debo admitir que esta chica "me copa". Tal vez seamos diferentes en muchas cosas, pero me encanta cómo plantea los temas. Un día aparece con que si debe destetar a China o si el tándem es válido, al poco tiempo habla de colecho, se plantea la posibilidad de un parto vaginal después de cesárea, discute acerca de si los lácteos traen mocos o no y habla de la socialización de su hija. Me encanta, le da otro aire a esos blogs: aire fresco. Y desliza temas de los cuales seguramente muchas de las lectoras de Ohlalá no han oído hablar en su vida -no, no es por ser prejuiciosa que saco esta conclusión ya que yo misma leo esos blogs y escuché de estos temas, sino por los comentarios que leo- y me parece que por ahí puede prender el "fueguito" de querer saber más, de entender que otra crianza es posible.
Me encanta el blog de Inés y China, si tienen un tiempito, pasen a conocerlas.
Lecturas con apego
09 marzo 2009
Este cuento lo leí cuando tenía unos 10 años, pertenece al libro "Chico Carlo" de la escritora uruguaya Juana de Ibarbourou. En el libro recopila anécdotas de su propia infancia, contadas con bellísimas palabras. El texto que sigue es un clásico. Cuando lo leí por primera vez odié al pintor Yango tanto como la protagonista del relato. Cada vez que lo leo me inspira una ternura indescriptible. Lo leo como una defensa a la imaginación, a la creatividad, a las cosas que sólo podemos ver de niños...o de adultos si nos han dejado entrenarnos para verlas.
Yango también es una gran metáfora de algunos sistemas educativos cerrados, donde no hay lugar para la imaginación.
Disfrutemos y protejamos el mundo de los más chicos. Ojalá les guste el texto.
La mancha de humedad
"Hace algunos años, en los pueblos del interior del país no se conocía el empapelado de las paredes. Era éste un lujo reservado apenas para alguna casa importante, como el despacho del Jefe de Policía o la sala de alguna vieja y rica dama de campanillas. No existía el empapelado, pero si la humedad sobre los muros pintados a la cal. Para descubrir cosas y soñar con ellas, da lo mismo. Frente a mi vieja camita de jacarandá, con un deforme manojo de rosas talladas a cuchillo en el remate del respaldo, las lluvias fueron filtrando, para mi regalo, una gran mancha de diversos tonos amarillentos, rodeada de salpicaduras irregulares capaces de suplir las flores y los paisajes del papel más abigarrado. En esa mancha yo tuve todo cuanto quise: descubrí las Islas de Coral, encontré el perfil de Barba Azul y el rostro anguloso de Abraham Lincoln, libertador de esclavos, que reverenciaba mi abuelo; tuve el collar de lágrimas de Arminda, el caballo de Blanca Flor y la gallina que pone los huevos de oro; vi el tricornio de Napoleón, la cabra que amamantó a Desdichado de Brabante y montañas echando humo, de las pipas de cristal que fuman sus gigantes o sus enanos. Todo lo que oía o adivinaba, cobraba vida en mi mancha de humedad y me daba su tumulto o sus líneas. Cuando mi madre venía a despertarme todas la mañanas generalmente ya me encontraba con los ojos abiertos, haciendo mis descubrimientos maravillosos. Yo le decía con las pupilas brillantes, tomándole las manos:
-Mamita, mira aquel gran río que baja por la pared. ¡Cuantos árboles en sus orillas! Tal vez sea el Amazonas. Escucha, mamita, cómo chillan los monos y cómo gritan los guacamayos.
Ella me miraba espantada:
-¿Pero es que estás dormida con los ojos abiertos, mi tesoro? Oh, Dios mio, esta criatura no tiene bien su cabeza, Juan Luis.
Pero mi padre movía la suya entre dubitativo y sonriente, y contestaba posando sobre mi corona de trenzas su ancha mano protectora:
-No te preocupes, Isabel. Tiene mucha imaginación, eso es todo.
Y yo seguía viendo en la pared manchada por la humedad del invierno, cuanto apetecía mi imaginación: duendes y rosas, ríos y negros, mundos y cielos. Una tarde, sin embargo, me encontré dentro de mi cuarto a Yango, el pintor. Tenía un gran balde lleno de cal y un pincel grueso como un puño de hombre, que introducía en el balde y pasaba luego concienzudamente por la pared dejándola inmaculada. Fue esto en los primeros días de mi iniciación escolar. Regresaba del colegio, con mi cartera de charol llena de migajas de biscochos y lápices despuntados. De pie en el umbral del cuarto, contemplé un instante, atónita, casi sin respirar, la obra de Yango que para mí tenía toda la magnitud de un desastre. Mi mancha de humedad había desaparecido, y con ella mi universo. Ya no tendría más ríos ni selvas. Inflexible como la fatalidad, Yango me había desposeído de mi mundo. Algo, una sorda rebelión, empezó a fermentar en mi pecho como burbuja que, creciendo, iba a ahogarme. Fue de incubación rápida cual las tormentas del trópico. Tirando al suelo mi cartera de escolar, me abalancé frenética hasta donde me alcanzaban los brazos, con los puños cerrados. Yango abrió una bocaza redonda como una O de gigantes, se quedó unos minutos enarbolando en el vacío su pincel que chorreaba líquida cal y pudo preguntar por fin lleno de asombro:
-¿Qué le pasa a la niña? ¿Le duele un diente, tal vez?
Y yo, ciega y desesperada, gritaba como un rey que ha perdido sus estados:
-¡Ladrón! Eres un ladrón, Yango. No te lo perdonaré nunca. Ni a papá, ni a mamá que te lo mandaron. ¿Qué voy a hacer ahora cuando me despierte temprano o cuando tía Fernanda me obligue a dormir la siesta? Bruto, odioso, me has robado mis países llenos de gente y de animales. ¡Te odio, te odio; los odios a todos!
El buen hombre no podía comprender aquel chaparrón de llanto y palabras irritadas. Yo me tiré de bruces sobre la cama a sollozar tan desconsoladamente, como sólo he llorado después cuando la vida, como Yango el pintor, me ha ido robando todos mis sueños. Tan desconsolada e inútilmente. Porque ninguna lágrima rescata el mundo que se pierde ni el sueño que se desvanece... ¡Ay, yo lo sé bien!"
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Luisina Serenelli
Docente // Fotógrafa // Blogger //Feminista // Doula// Escritora // Lectora incansable // Mamá de Guille y Emi // Enamorada de David // En permanente deconstrucción y construcción
