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"Reflexiones sobre el trabajo", en el día internacional por los derechos del trabajador

01 mayo 2009















Tengo 30 años y hace desde los 21 que trabajo. Podría haber empezado antes, como muchos de ustedes, pero quiero contarles un poco cuál fue mi relación con el trabajo desde chica.
Mi papá detestaba trabajar, supongo que porque se fundió varias veces, siempre fue cuentapropista y habrá considerado que no valía la pena tanto esfuerzo para tener...nada. Mi mamá en cambio, estaba frustrada por no trabajar ya que, según ella, había "dedicado su vida a sus hijas". Aún así, no quería trabajar de lo que sabía: era una excelente costurera. Sin embargo, qué paradoja, trabajó gran parte de su vida: ayudando a mi papá en la carnicería y, cuando las cosas se pusieron bravas (allá por el '96) se resignó a coser y bordar, siempre con una enorme tristeza. No recuerdo que haya estado mucho en casa. Se levantaba a las 5 de la mañana a coser y bordar, lentamente fue teniendo una clientela estable y terminó armando un pequeño negocio de objetos para bebés. Pero ¿cuál era su discurso acerca del trabajo? En mi casa el trabajo era mala palabra, me acuerdo que cuando mi hermana del medio no quería estudiar ella vociferaba: "O estudiás o te saco de la escuela y te vas a trabaja a El Atleta", El Atleta era en ese tiempo "la boutique" de San Lorenzo. Lo pienso y lo pienso y no le veo nada de malo a trabajar en "El Atleta", era una tienda de ropa ¡hubiera estado buenísimo trabajar en allí! Pero no, había que estudiar. Básicamente se pasó la vida metiéndonos en la cabeza "que no se nos ocurra tocar una aguja de coser", "que hay que estudiar antes que trabajar" y que "no se casen porque a los hombres no les gusta que las mujeres trabajen".
Pero ellos murieron y yo me encontré con una carrera universitaria a mitad de camino, dos hermanas que nunca habían aportado dinero a la familia y la idea del trabajo "como un castigo". Fue muy difícil para mí salir a buscar trabajo. E increíblemente enriquecedor. Aún no olvido la esperanza de presentar el CV, la ilusión cuando te llamaban, el vértigo de presentarse a una entrevista de trabajo.
Mi primer trabajo vino de la mano de mi familia: mi primo tenía una bebé de menos de un año y se había quedado sin niñera. Acepté...y cuidar a Chiara fue uno de los trabajos más lindos que tuve, no estaba bien pago, pero yo lo disfrutaba un montón y aparte podía estudiar.
A los pocos meses, ingresé a una pasantía universitaria. Debo aclarar que no tenía nada que ver con mi carrera, nos contrataban para ser "inspectores de tránsito". Este trabajo cambió completamente mi vida. Me integré a un grupo genial, del cuál aún hoy conservo amigos. Era un trabajo duro: seis horas de pie con calor o frío en el microcentro de Rosario. Aún recuerdo esas tardes de junio en Santa Fe y Mitre...brrrrrr, qué frío por dios!!!! Del verano ni hablo: 40º grados a la sombra y los de los bares nos negaban el agua. Igual, siempre había alguien generoso que te acercaba una botella de agua...y ojo, a cambio de nada. Para colmo, te pagaban cada tres meses por problemas administrativos y yo vivía de esa plata, así que tuve que trabajar en otra cosa y mis tíos me dieron otra vez una mano: a la mañana trabajaba en su pinturería y a la tarde en tránsito. Cuando subía al colectivo a las 8pm me quedaba completamente dormida, y a las 10 de la noche me sentaba a estudiar. Fueron épocas duras, no recuerdo haber vuelto a estar tan cansada. Durante el transcurso de la pasantía vendimos la casa de mis padres, murió mi abuela, yo me mudé a mi propio departamento en Rosario, me recibí de profesora y me hice amiga de David.
Pero la pasantía terminó y tenía que mantener mi casa. No hacía ni un año que me había recibido cuando empecé a trabajar de profesora. Tengo que reconocer que, en cierta medida, fue mi única chance. No puedo decir "que siempre quise ser profesora", en la facultad te forman para investigar, escribir, presentarte en congresos, irte a estudiar a Francia...cosas bastante incompatibles con la vida cotidiana. De hecho, casi ninguno de mis compañeros de la facu trabajan como profesores: algunos ingresaron al circuito académico y otros decidieron que hacían cualquier otra cosa antes de "terminar dando clases".
Salís del mundo intelectual y chocás con el mundo escolar, y les puedo asegurar que ambos mundos no se tocan nunca. Y te desilusionás. Hasta que caés en la cuenta de que eso poquitito que podés hacer desde tu lugar, contribuye a pequeños cambios en la sociedad. Con que uno solo de mis "aprendices" (no me gusta la palabra alumno) entre en contacto con lo literario: se embellece el mundo. No niego que hay momentos de bronca, de desilusión, de ganas de renunciar. Pero también tengo que decir que con los años he aprendido muchísimo de mi profesión. Y he aprendido muchísimo del trabajo y sus satisfacciones.
Y un día del año pasado nació Guille. Y tuve que volver a pensar en el trabajo desde la maternidad. No fue fácil reintegrarme, pero la docencia es bastante compatible con la maternidad. Tenés acceso a una licencia "decente" (aunque no ideal), la posibilidad de tomarte días sin sueldo, licencias si tu hijo se enferma y otros tantos beneficios. Claro, son beneficios conseguidos por el gremio docente después de muchos años de lucha, un gremio compuesto mayoritariamente de mujeres. Tengo vacaciones de verano (que duran sólo 1 mes...no tres meses como escucho decir a la gente), de invierno, fines de semana comunes y de los largos. También tengo la posibilidad de trabajar el tiempo que pueda o que quiera (obvio que el sueldo depende de las horas que uno trabaje). El límite de horas cátedras en Santa Fe es de 44 hs. semanales, yo tengo solo 19. Esas 19 horas las tengo bien acomodadas, lo que me permite disfrutar de 4 tardes completas con mi hija y todos los fines de semana. Por ahora no pienso tomar nada más. Porque tengo 19 frente al curso, pero los que somos docentes sabemos que siempre hay que traerse una parte del trabajo a casa: preparar clases, trabajos prácticos, evaluaciones, corregir pruebas, etc.
Claro que tengo sueños relacionados con otros trabajos: poder ejercer como crítica literaria (de manera rentada), abrir un taller de literatura para niños, también sueño con tener mi propia librería...y más: mi propia editorial. Tal vez algunos de estos proyectos son más viables que otros, tal vez pueda llevar a cabo alguno.
¿No trabajar? Por ahora no puedo ni pensarlo: sería darle la razón a mi mamá. Y mi psique lleva años tratando de apartarse de su legado.

3 comentarios

  1. que lindo post! bueno en mi caso todo lo contrario.
    para ir contra de mi legado, mi psique estuvo años preparandose para dejar de trabajar el dia que fuera madre...y aca estoy en casa, sin trabajar como dice la gente.....
    es increible como nuestros padres marcan nuestra vida en menor o mayor medida.....
    besos

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  2. Yo igual al igual que Gisela tuve una experiencia opuesta. El quedarse en casa era un desperdicio...y aqui estoy feliz, gracias a Dios en casa.

    Gracias mujer, por compartir toda tu historia.

    Como es dificil no caer en los extremos. Tanto el trabajo como el estar en casa son cosas buenas. Lo importante (y dificil) es balancear ambas y darle a cada una su lugar.

    Un abrazo a las dos.

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  3. Cada uno tiene su historia y eso cuenta mucho...igual quiero aclarar que esto es más bien la relación que yo tuve con el trabajo...no es una reflexión acerca del tema del trabajo y la maternidad. Eso da para otros post...mucho más largos!!!Sí es cierto que hoy por hoy elijo trabajra...poco...pero es trabajo de todos modos. Ahora, si yo trabajara en una oficina 8 horas diarias...estoy totalmente segura de que hubiera renunciado!!! Si sigo trabajando es porque puedo acomodar mis horarios y porque el tiempo que yo no estoy a Guille la cuida su papá (solamente una tarde en la semana...por 3 horas la ciuda la abuela). Como les digo...esto da para otro post...

    Besos chicas!!! Y gracias por sus aportes :)

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Feliz de leerte :)

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